Jornada

Llegué como siempre al trabajo, pero esta vez algo pasaba. Estaba la ambulancia aparcada en la entrada del edificio. Aparqué el coche en una plaza del parking y cogí mis cosas para dirigirme a la entrada. No siempre aparcaba en la misma plaza, pero sí que lo hacía en la misma zona, eso sí dependiendo de la estación del año. Si era primavera o verano aparcaba debajo de los árboles para aprovechar la sombra. En cambio, en invierno y en otoño lo hacía en frente ya que no había árboles y por lo tanto no había peligro de que cayese alguna rama por el aire o lluvia ni que me llenase el coche de las hojas caídas.

Como todos los días entré en el edificio haciendo uso de la tarjeta de identificación y subí los dos pisos hasta llegar a mi despacho. Al principio cogía el ascensor, pero este invierno había subido el nivel del río que está al lado de las oficinas y había hecho que se inundase el sótano haciendo que el ascensor se parase con personas dentro por lo que a partir de ahora no me iba a arriesgar. Dejé las cosas rápidamente y salí del despacho a preguntar qué había pasado. A esas horas no había mucha gente porque se podía entrar de 8 a 9 de la mañana cuando se quisiese, eso sí, retrasando la salida. Como eran las 8:05 no había nadie en mi planta así que bajé una planta para ver si encontraba a mi amiga Esther. Estaba al lado de la escalera.

– Esther ¿Sabes que ha pasado que hay una ambulancia en la entrada?

– Sí, ha aparecido Tobías muerto en su despacho.

– ¿Tobías? Hay madre… buff… – No sabía que decir… de repente la boca se me había secado.

– Lo ha encontrado Luis, el conserje, hace unos minutos. Todas las mañanas abre las salas para que cuando lleguemos ya se pueda entrar. Al abrir el despacho de Tobías se lo ha encontrado allí. Rápidamente llamó a una ambulancia, pero no han podido hacer nada. Están interrogando a todo el mundo y no nos dejarán salir de aquí hasta que no se esclarezca lo sucedido.

– Pero… ¿se sabe lo que le pasó?

– No, lo único que sé es que había mucha sangre. Luis estaba manchado enterito. Además, es muy raro que nos estén interrogando si hubiera sido una muerte natural… No se… solo de pensar que puede haberle matado alguien de la empresa…

– Lo siento mucho, sé que os llevabais muy bien. – dije intentando ponerme en su lugar. No sé por qué en estos momentos no consigo ponerme seria.

– Gracias… yo estoy de los nervios. Creo que me voy a coger una tila o algo para relajarme. – Cuando estaba a punto de subir las escaleras vi una tarjeta de identificación tirada en el suelo. Me agaché a por ella. – ¡Esther, la tarjeta!

– Siempre la pierdo. Ahora ya no la llevo colgada al cuello porque se me caía, pero viendo que del bolsillo también se escapa…. Igual tengo que ponerle una correa jajajaja – Al menos la risa quitaba la tensión…

Subía a mi despacho cuando mi jefe, me paró y me dijo que fuera a la sala de formación. Los policías querían decirnos algo a todas las personas que estuviéramos trabajando en la empresa. Bajé a la sala de formación y tomé asiento.

– Buenos días a todos. Soy el inspector Juan Blanco. Como ya sabréis se ha encontrado muerto a Tobías Fernández en su despacho esta mañana. Todos los indicios nos apuntan a que no ha sido por muerte natural así que tendremos que interrogar a todo el personal. Vuestro jefe nos ha pasado una lista con vuestras identificaciones por lo que os iremos llamando para que paséis por la sala B1. Mientras tanto podréis seguir trabajando, pero no se podrá salir del recinto sin nuestro permiso. Gracias por vuestra colaboración.

Todos los allí presentes nos levantamos y nos fuimos a nuestros puestos de trabajo. Yo fui a mi despacho e intenté relajarme un poco. No podía concentrarme en el trabajo. Estaba muy nerviosa, no lo podía remediar. Cogí mis cascos y me puse música. La música me relajaba y hacía que consiguiese abstraerme. Esto ya me pasaba en mi época de estudiante ya que siempre necesitaba escuchar música, aunque fuera en bajo. El problema es que cuando conseguía por fin olvidar lo que había pasado sonaba por megafonía un nombre y una matrícula de identificación que anunciaba la siguiente persona que sería interrogada.

Al cabo de 3 horas alguien por megafonía dijo mi nombre y mi matrícula. Acto seguido me levanté de mi asiento y me dirigí a la sala B1 para el interrogatorio. Estaba de los nervios. Un sudor frío invadió todo mi cuerpo y se me nublaba hasta la vista. Tenía ganas de vomitar así que el olor a café de la primera planta donde estaba la máquina no ayudó a que me relajase.

Llegué a la puerta de la sala. Allí antes de entrar respiré hondo e intenté relajarme y no parecer nerviosa. Sabía lo que tenía que decir. Tenía el discurso preparado y había pensado en todas las posibles preguntas que me podrían hacer.

– Buenos días Ana. Siéntese por favor. – dijo un chico no mucho más mayor que yo. A su lado estaba sentado el inspector que nos había hablado en la sala de formación. La sala era blanca con cuadros puestos en las paredes que como bien sabía tapaban las manchas que se había producido por la humedad. Ya había estado allí muchas veces, pero ahora me parecía siniestra.

– ¿Dónde estaba ayer por la tarde?

– Estuve trabajando hasta las 17:30h o así y me fui a casa.

– ¿Alguien la vio salir del edificio?

– Sí, salí con una compañera.

– ¿Con quién?

– Con Esther Díaz.

– ¿La viste a ella salir con el coche?

– No, me fui antes. Ella iba de camino a su coche que estaba más lejos cuando recordó que se había dejado algo en la oficina.

– De acuerdo. Pedro, llame a la señora Díaz para asista al interrogatorio. – dijo el inspector. Hasta ahora no había hablado.

Ni el inspector ni yo nos dirigimos la palabra. Estuvo los 5 minutos que pasaron mirándome fijamente. Me estaba poniendo muy nerviosa.

– Ya estamos aquí. – Anunció la llegada el chico. Esther se sentó a mi lado y el chico al lado del inspector.

– Esther, nos ha dicho si amiga que salíais juntas cuando te acordaste de que se te había olvidado algo en la oficina.

– Sí, así es, pero al final no pude entrar. Lo que se me había olvidado era la tarjeta de identificación, pero claro sin ella no podía entrar. Cuando estaba llegando a la puerta me di cuenta, pero Ana ya se había marchado así que me monté en el coche y me fui a casa.

– Si no tenía la identificación, ¿cómo salió ayer y cómo ha entrado esta mañana?

– Pues tuve que esperar a que alguien marchase para que abriese la puerta y así pasar juntos. Y lo mismo esta mañana. Al llegar fui directamente a la oficina porque pensé que la tendría allí, pero no la encontré por ningún lado. Al final estaba en el suelo de la planta 1. La encontró Ana. – El inspector y el chico se miraron como si las piezas del rompecabezas hubieran encajado.

– Bueno, pues tenemos algo que deciros. – comenzó el inspector. – Hace unos minutos nos ha llegado una lista con las entradas y salidas del edificio. Habitualmente acercáis la tarjeta al identificador para que os lo abra, pero este sistema no solamente detecta la tarjeta que se pasa por el identificador, sino que también la detecta, aunque la tengas en el bolsillo. Eso sí, para abrir la puerta se necesita acercarla. Con esto quiero decir que sabemos quién es la asesina. – Yo ya no podía más. Estaba a punto de vomitar.

– ¿Asesina? – dijo Ana mirándome.

– Sí, su “amiga” le ha robado su tarjeta y ha entrado en ella a las 19h. En ese momento solamente estaba Tobías en el edificio. Por lo que tenemos el registro de 3 tarjetas. La de Tobías, la suya y la de Ana que, aunque no se utilizó para abrir la puerta sí la detectó. ¿Tiene algo que decir Ana? – No quería, pero las palabras salieron de mi como si estuviese vomitando.

– Sí, fui yo.

– ¿Pero por qué? – me preguntó Esther.

– Porque sé que estabais liados. Tantos años conociéndonos y nunca te diste cuenta de lo que sentía por ti. En vez de eso te lías con ese… – Esther se tapó la cara con las manos. Estaba claro que había perdido su amistad, pero ahora nuestro amor ya no tendría obstáculos y podría florecer.

– Ana Fernández queda usted detenida por el asesinato de Tobías Fernández.

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La lista

Mañana iba a ser el grande día, mañana me casaría con la mujer de mi vida. Habíamos estado juntos toda la vida, primero como amigos, después ya nos atrevimos y dimos el paso para convertirnos en novios y por fin mañana sería nuestra boda. Hoy serían nuestras fiestas de despedida. Ella iría con sus amigas de siempre a algún bar y sin embargo, yo no sabía que me habían preparado los cafres de mis amigos. Solo me dijeron que iba a flipar que lo habían estado preparando durante mucho tiempo.

– Hola, ¿Estás preparado para pasar la mejor noche de tu vida? – Cómo siempre Juan siendo el más fiestero.

– Sí… a ver que me preparasteis…

– Bueno… no nos poníamos de acuerdo así que hicimos una lista con todas las cosas que nos pareció que te gustaban y vamos a hacerlas todas.

Después de esta información, obviamente exigí que me enseñaran esa lista, ya que no me gustaban las sorpresas, pero estaba claro que no me la iban a enseñar, al fin y al cabo, para eso habían estado preparando la noche, para sorprenderme. Así que en esta ocasión confié en ellos y me dejé llevar.

Primero fuimos a un bar del centro, dijeron que no podíamos pasarlo bien sin beber, que primero teníamos que estar un poco contentos para poder hacer el resto de cosas así que fuimos a ese bar y nos tomamos unas copas mientras recordábamos nuestras aventuras de niños, los baños en el río y los juegos del escondite.

Después de unas tres horas me dijeron que ya era hora de marchar así que cogimos un par de taxis y nos dirigimos a las afueras de la ciudad. Al llegar entramos en una tienda que ponía Laser Tag… Siempre había querido ir, pero nunca había tenido tiempo. Así que hicimos dos equipos y estuvimos jugando como niños sobre una hora.

Estábamos todos agotados así que, como no, ellos ya habían pensado en todo y fuimos hacía el río. Habían recordado los buenos momentos que habíamos pasado allí así que tocaba meternos al río y darnos un chapuzón a las tantas de la mañana. Así nos despejaríamos.

– ¡Vamos, no seas gallina, métete ya!

– Voy voy… – Iba a estar helada pero la verdad que nunca me había metido al río de noche y me apetecía.

Así que me metí al agua después de sufrir por su temperatura. Fijo que iba a coger la muerte allí, cómo me pusiera malo para la boda y la luna de miel Cristina me iba a matar… Pero, una noche era una noche, habíamos venido a pasárnoslo bien y la verdad es que estábamos todos muy contentos y pasándolo como nunca.

La siguiente parada fue una nave, más concretamente la nave de Jorge. ¿Qué me habrían preparado allí dentro? Allí Jorge guardaba toda la herramienta de su negocio, pero al entrar no había ninguna herramienta ni ninguna máquina, sino que había unos paneles que tapaban el resto del lugar. Solamente había un chico sentado en una silla y el resto estaba cambiado completamente. Hasta habían puesto un candado en la puerta y habían pintado las paredes de la sala.

– ¡Bienvenido al escape room de tu despedida de soltero!

No me lo podía creer, sin duda tenía los mejores amigos del mundo ya que me habían preparado un escape room en la nave. Sabían que me encantaban, había ido por varias ciudades haciendo varios de ellos así que sabían que me chiflaban. Además, lo habían hecho temático, estaba todo ambientado en la boda. Había fotos de Cristina y mías, y hasta había una tarta de mentira… El chico del escape nos comentó las mismas reglas de siempre de los escape room y nos dijo que teníamos 60 minutos para salir de allí. Así que entramos al escape y nos pusimos a salir de allí.

Buscamos llaves, cerrojos, candados, letras…. De todo un poco ¡hasta había encontrado la lista de las cosas que íbamos a hacer en mi despedida! Bueno…. La lista estaba cortada por la mitad así que solamente aparecía:

Despedida Gabriel

  • Emborracharnos (solamente ponernos contentos)
  • Laser tag
  • Darnos un chapuzón en el río
  • Escape room temático

Qué casualidad, sólo aparecía eso… jajajaja habían pensado en todo… sin duda los mejores amigos del mundo. Nos pusimos a salir, pero a pesar de que nos el chico nos dio unas cuantas pistas no lo habíamos conseguido hacer en el tiempo. De hecho, tardamos mucho tiempo en sacar la última combinación y eso que habíamos pedido ayuda, pero… el chico quiso ponérnoslo difícil y no nos ayudó en el último paso.

Salimos del escape room y fuimos a despedirnos del chico cuando vimos que este estaba tumbado en el suelo, miramos a ver si tenía pulso y efectivamente respiraba con normalidad. No entendíamos que había pasado hasta que vimos que había un par de botellas de Tequila y Vozca encima de la mesa. Se había emborrachado… en fin… que poca profesionalidad… pero bueno, nosotros lo habíamos pasado bien así que dejamos que este durmiera la mona allí y nos pusimos a marchar para ir al siguiente punto de la lista. Cuando nos ponemos a salir descubrimos que la puerta estaba cerrada con un candado. Nos pusimos a buscar la llave, buscamos en la ropa del chico, nada, encima de la mesa, nada, en los cajones, nada, hasta buscamos por el suelo, pero no encontramos la llave. Nos empezamos a agobiar un poco y a gritarnos unos a otros, posiblemente por el alcohol que habíamos bebido horas antes.

– ¿Y si rompemos el candado?

– ¿Así? A ver listo ¿cómo pretendes romperlo?

– Yo que se… podemos hacer palanca con algo como en las películas…

Intentamos romperlo con todo lo que encontrábamos, pero nada, hasta Jorge lo había intentado con sus llaves provocando que estas se rompieran por la mitad. También probamos a romper la puerta empujándola y dándole patadas, pero nada…

Estuvimos bastante tiempo intentando salir de allí pero como no fuimos capaces ya era hora de llamar a la policía o a los bomberos para que nos viniesen a abrir. Pero cuando nos pusimos a llamar descubrimos que ninguno de nosotros teníamos cobertura. La nave estaba tan alejada y cerca del bosque que nos impedía llamar. Se nos acababan las opciones así que ya estábamos muy nerviosos. Tenía que estar a las 9 en la iglesia del pueblo y ya eran más de las 8 y tenía que ir a prepararme y todo. Así que se nos ocurrió utilizar un clip que había en la mesa para abrirlo como si fuéramos ladrones, pero estaba claro que ninguno sabía. No fuimos capaces de abrirlo hasta que Jorge con su tozudez continuaba probando y de repente el candado se abrió. ¡No me lo podía creer se había abierto!

Caminamos por la carretera hasta que tuvimos cobertura y llamamos a un par de taxis para que nos llevaran a la iglesia. No me daba tiempo cambiarme, pero por lo menos no llegaría tan tarde. Así que nos fuimos a la iglesia. Allí todos los invitados estaban intrigados al vernos entrar con esas pintas, pero no teníamos otra opción. Al llegar Cristina al altar lo primero que me preguntó fue que porqué llevaba esas pintas y solo se me ocurrió decir, luego te cuento ahora vamos a casarnos que hoy es nuestro día.

Fuera

– ¡Lárgate de mi casa!, ¡No quiero volverte a ver ni saber nada de ti!, ¡Fuera!

– Pero…

– Coge tus cosas y sal de aquí.

Waia subió las escaleras y se tropezó con el último escalón. Las lágrimas no la dejaban ver bien. No conocía a nadie más en la ciudad así que ¿cuál sería su decisión? ¿Volvería a la casa de su padre? Waia no lo pensó más y salió de casa con las pocas cosas que pudo meter en la bolsa. Había cogido algo de ropa, el bolso con su documentación y el móvil y una foto donde aparecía en brazos de su madre.

Waia caminó sin saber muy bien su destino. Ya estaba anocheciendo por lo que era el momento de ir algún lado para poder pasar la noche. No conocía mucho la ciudad y estaba claro que no se iba a ir ella sola a un parque así que comenzó a hacer una lista mental de los sitios que conocía. La mayor parte del tiempo lo pasaba en el instituto así que ¿por qué no ir allí? Había vestuarios donde se podía resguardar y en la cafetería seguramente habría algo de comida. Nadie iba a notar nada si cogía un poco de comida siempre y cuando dejase todo como se lo había encontrado.

Al cabo de un rato llegó al instituto. De noche parecía una casa de terror, pero supongo que las historias de miedo le habían influenciado esa percepción. Saltó la valla sin problema ya que esta no era muy alta y recorrió el camino hasta la puerta. Estaba cerrada, eso no lo había pensado. Decidió buscar alguna ventana abierta, pero en invierno quién se iba a dejar abierta la ventana. Había fracasado el intento, pero sin esperárselo sonó un ruido. Parecía que venía de dentro. Waia miró a través de la puerta, pero no había nada. Fue por la parte de atrás del edificio y vio una furgoneta aparcada en la puerta trasera. Alguien estaba metiendo algo en el instituto. La furgoneta era blanca sin rotular así que no sabía de qué se trataba. Pensó en que sería el panadero o alguien que estaba descargando algún tipo de mobiliario para las clases. Waia decidida y sabiendo que probablemente sería su única oportunidad para entrar en el edificio salió de su escondite y corrió a la puerta. Esperó unos segundos y entró al hall sin pensar que el dueño de la furgoneta podría estar allí.

No había nadie. O al menos eso creía. Estaba todo a oscuras, iluminado únicamente en algunas zonas por las luces de emergencia. Decidió ir al gimnasio para dormir un poco. Con suerte encontraría una colchoneta.

Waia ya llevaba dos días viviendo en el instituto. Nadie se había dado cuenta. A la hora de la comida aprovechaba para llenarse con la comida del comedor y para el resto de comidas cogía algo de la cafetería, pero siempre lo justo y necesario. Se levantaba una hora antes para recoger el gimnasio, darse una ducha y dejar todo como estaba en la cafetería.

La tercera noche podía haber sido como cualquiera de las otras dos salvo que se escuchó un ruido. Waia primero pensó que sería otra vez el dueño de la furgoneta. Ahora ya sabía que era un señor que se encargaba de pintar las paredes del laboratorio de química.  Volvió a sonar el ruido y Waia rápidamente descartó esta opción. No había sido en el piso del laboratorio y desde la ventana tampoco se veía la furgoneta así que debía de ser otra cosa.

– ¿Qué haces aquí? – dijo alguien detrás suyo. Waia se asustó mucho. No se lo esperaba. Ni siquiera sabía cómo podía haber entrado al gimnasio sí estuvo vigilando en todo momento la puerta. Waia se giró y le miró. Era un chico de edad similar a la de Waia aunque ella no lo había visto por allí. Estaba claro que no iba bachiller, sino lo hubiera visto alguna vez.

– ¿Y tú? – se atrevió a contestar.

– Pues pasando el rato. ¿Vives aquí? – Se había dado cuenta que tenía sus cosas allí.

– Puede… Nadie viene a pasar el rato al instituto por la noche. ¿Cómo has entrado?

– Tengo la llave. Se la robé hace tiempo al director.

– No, me refería al gimnasio. No te vi pasar, estoy segura.

– Jajaja vale. Ven que te lo enseño. – El chico le agarró del brazo y tiró de ella para que la acompañase.

Fueron al final del gimnasio donde estaban los materiales que se utilizaban en las clases. Allí apartaron una caja y Waia vio como aparecía un agujero en la pared. Antes estaba oculto, pero ahora se veía perfectamente. Tenían que pasarlo a gatas, pero se pasa sin problema.

– Mira esto es un cuarto que está tapiado. Solamente hay esta entrada y nadie la conoce así que no necesito recoger mis cosas. – Waia vio que también había cosas el chico puestas en una especie de lo que intentaba ser un colchón.

– Pero… ¿Vives aquí también? ¿Desde cuándo? Este es mi tercer día.

– Sí, vivo aquí. Llevo dos meses. Al principio pensé que sería cuestión de días que me pillasen o que mi padre me buscase, pero estaba claro que me equivocaba.

– A mí también me echaron de casa. Mi madre seguramente pensará que me he ido con mi padre, pero ni muerta voy allí. Llevan años sin hablarse así que no se dará ni cuenta.

– No me echaron de casa. Me fui yo. No soportaba a la nueva novia de mi padre. Le dije “O Estela o yo” y el muy cabrón me dijo que obviamente el sexo con Estela tiraba más de la balanza que mis rabietas de mocoso.

Waia y el chico, el que por cierto se llamaba Joan, estuvieron hablando toda la noche. Joan le había explicado trucos para vivir allí y zonas que ni siquiera sabía que existían.

Pasaron los días y cada vez se llevaban mejor. Waia ya vivía en el mismo cuarto oculto que Joan. Era cuestión de tiempo que se acostasen, pero ni eso les hizo falta. A la semana ya habían pasado la noche juntos. También habían hecho planes de futuro. Waia por las mañanas iba al instituto y Joan a su trabajo de repartidor de Pizzas. Los dos ahorrarían y así podrían alquilar algún piso juntos.

Un mes después Waia tenía algo que contarle a Joan.

– Joan tengo que decirte una cosa.

– Estoy embarazada.

– ¿Cómo? Pero… eso es imposible. ¿Estás segura?

– Bueno, imposible… ¿Te tengo que explicar la reproducción humana a estas alturas? Jajaja

– Yo no me río. Te has acostado con alguien más. ¿Quién es? ¿Le conozco?

– Pero… ¿qué dices? No hay nadie más.

– No me mientas. ¿Cómo puedes mirarme a la cara y mentirme de esta manera? ¿Te crees que soy un muñeco al que puedes utilizar?

– No no. Pero es tuyo. De verdad…

– Estoy seguro de que no es mío. Todavía hay muchas cosas que no sabes de mí y una de ellas es que de pequeño mi padre me pegó tal paliza me es imposible dejar embarazada a ninguna chica. ¿Cómo has podido engañarme? ¿Qué asco me das?

– Bueno, no lo sabía. Pero así mejor ¿no? Osea, ya que no puedes tener hijos… pues este sería tuyo.

– ¿Pero qué dices? No pienso perdonarte. Encima que me has engañado…

– No te he engañado. Bueno sí, pero no en nuestra relación. Ya estaba embarazada de antes por eso me echó mi madre. Ni siquiera sé quién era el chico. Me lie con él en el baño de la biblioteca del centro.

– Todo esto lo has hecho a posta. Qué bien te vine ¿no? Te has acostado conmigo para encasquetarme al niño. Todo ha sido mentira.

– No, no sabía que estabas aquí. Pero al ver que el tiempo pasaba y que las fechas podían coincidir… De verdad que me gustaría que fueras el padre de mi hijo. Al menos eres más guapo que su verdadero padre jajaja.

– ¡Lárgate de mi casa!, ¡No quiero volverte a ver ni saber nada de ti!, ¡Fuera!

– Pero…

– Coge tus cosas y sal de aquí.

La historia se repetía de nuevo.

La casa de mi vecino

– Por favor venid rápido, está en el suelo, no se mueve… No sé qué hacer…

– A ver… cálmese, ya vamos para allí, no se preocupe.

Qué no me preocupe, cómo no me iba a preocupar, si voy a pedir a mi vecino algo de sal y resulta que está la puerta abierta y él tendido en el suelo con varias puñaladas en el costado… Todavía no me lo puedo creer, ¿quién iba a querer hacerle algo así? Esto solo ocurre en las películas o en las series de televisión. Yo nunca había estado en una situación de emergencia. Al principio me quedé en estado de shock y tardé en reaccionar, menos mal que el gato de mi vecino apareció y me despertó del trance inútil en el que había entrado pudiendo así llamar a emergencias.

No tardaron mucho en llegar, pero a mí me parecieron horas, estaba de los nervios. Menos mal que ellos son unos profesionales y me ayudaron en todo intentando que me relajara después del suceso.

No me quisieron decir mucho, solo que mi vecino había muerto y que tenía que acompañar a los agentes para prestar declaración. Estuve un par de horas contando lo ocurrido y la relación que tenía con mi vecino. Estaban buscando a su familia, pero no eran capaces de contactar ni con su mujer ni con sus hijos. Su mujer no estaba en el trabajo y sus hijos no habían ido al colegio hoy, pero yo juraría que los había visto marcharse por la mañana como si de un día normal se tratase. O igual eso había sido el día anterior… ya mezclaba todo. Todo esto se lo dije a los policías que me interrogaron y se pusieron manos a la obra para ver si estaban secuestrados o mucho peor si ellos también estaban muertos.

Después de estar el resto del día en comisaría volví a mi casa, necesitaba descansar, aunque no iba a poder pegar ojo después de lo que había pasado. Así que fui a prepararme un vaso de leche caliente. Se que parece una tontería, pero un vaso de leche antes de irme a la cama me ayudaba a dormir. De la que volvía de la cocina oí un ruido en el sótano. Seguramente eran las tuberías de la casa, ya eran bastante antiguas por lo que sonaban cada poco pero después de lo que había pasado en la casa de al lado mejor era prevenir que curar. Así que bajé al sótano ataviado con un bate de béisbol como si fuera una película americana. De la que estaba bajando volví a sentir el mismo ruido y estaba claro que esta vez no habían sido las tuberías, había algo o alguien que estaba dando golpes. Encendí la luz y vi a un chico no muy mayor lleno de sangre intentando levantar la estantería que se le había caído encima. Estaba atrapado por lo que no se podía mover. No sabía qué hacer, podía ayudarle a levantar la estantería de encima suyo, pero ¿y si me atacaba? ¿y si ese intruso era el asesino de mi vecino? No me podía arriesgar así que subí las escaleras hacia el hall de mi casa, cerrando por su puesto la puerta del sótano con llave para que no pudiera escapar y llamé a la policía.

Esta vez tampoco tardaron, les había comentado todo lo que había pasado y me dijeron que en este caso había tomado la decisión correcta, no tenía porqué arriesgarme inútilmente. Me llevaron fuera de la casa para que ellos pudieran hacer su trabajo, pero cuál fue mi sorpresa cuando uno de los policías me comentó que no había nadie en el sótano, que sí que estaba caída la estantería pero que no había nadie atrapado debajo… ¡¿QUÉ?! Les intenté explicar todo otra vez que yo sabía lo que había visto pero me dijeron que descansara que habían inspeccionado todos los rincones de la casa y alrededores y no había nadie. Después de esto volví a mi casa pero seguí sin entender nada.

Me habían tomado por un loco, menos mal que al final había podido convencerlos de que pusieran vigilancia fuera. No obstante, yo no quería quedarme solo en esa casa toda la noche, pero ¿qué podía hacer? Mi familia estaba muy lejos, yo vivía solo en la ciudad y tampoco conocía a nadie tanto como para poder quedarme en su casa, la verdad que con el que más me había relacionado había sido mi vecino, pero ahora ya… Así que volví a mi habitación como si no hubiera pasado nada y me metí en la cama.

-Boom, Boom- ¿Qué era eso? Eso no eran imaginaciones mías, así que estaba vez ni bate de béisbol ni nada, bajé corriendo al sótano y volví a ver al mismo chico saliendo de detrás de la caldera. Pero… ¿cómo era posible que no lo hubieran visto los policías cuando registraron la casa? Entonces me di cuenta de algo, el chico no había salido de detrás de la caldera, …bueno sí…, pero él no estaba escondido ahí, sino que detrás había un hueco. Yo jamás había visto ese hueco, aunque nunca me había acercado tanto a la caldera. Ese hueco era muy grande, cabía una persona completamente de pie así que lo hubiera visto si hubiera estado al descubierto. Al menos, que… ¡claro!, por eso la estantería estaba tirada en el suelo… La estantería estaba tapando ese hueco.

El chico no se movió solamente se quedó ahí, mirándome fijamente. Parecía que estaba asustado, pero obviamente no más que yo, le dije que había policías fuera y que en cuanto gritase iban a venir a ver que me pasaba y le pillarían sin dudarlo. Parece ser que el chico al oír esto se armó de valor y me cogió del cuello amenazándome con el cuchillo haciendo que subiera a la planta baja de mi casa. Estaba claro que él era el asesino de mi vecino, la sangre, esa afición por los cuchillos…Todo encajaba, ¿qué podía hacer?… No sabía cómo avisar a los policías de afuera ni como alejarme de él. Por suerte, mi gata lo asustó y lo despistó un momento. En ese instante breve de tiempo pude alejarme de él y tirar el cuchillo a un lado. ¡Benditos gatos!

El chico era más rápido que yo y corrió hacia mí, forcejeamos un rato hasta que me agarró del cuello, pero esta vez con las dos manos, me estaba asfixiando. Ya no podía aguantar más, intentaba coger cualquier cosa para golpearlo, pero nada, me caí al suelo y él seguía sin soltarme, pero justo cuando ya apenas veía nada, llamó al timbre uno de los policías de afuera. Llamó varias veces y al ver que no contestaba miró por la ventana del salón y nos debió de ver porque rompió la puerta de una patada y apuntó al chico con su arma… El chico al ver el arma por fin me soltó…. Buff… que mal trago pasé, no me podía creer lo que había pasado,… casi muero… Sin duda el peor día de mi vida.

En los días siguientes me enteré del desenlace de todo esto, el chico había confesado todo. Dijo dónde tenía retenida la familia del vecino y el motivo de tal crimen: Los celos. Mi vecino tenía de amante a la novia del chico y este cuando se enteró de forma fortuita se puso a investigar y descubrió el domicilio de mi vecino. Dijo que solamente quería conocerlo pero mientras esperaba a que estuviera solo le entró un arrebato de celos y entró a su casa sin importarle que su familia estuviese allí presente y lo mato a cuchillazos. Luego se llevó retenida al resto de la familia metiéndolos en una furgoneta que estaba 2 calles más abajo. Luego volvió a la escena del crimen a por el cuchillo ya que se lo había olvidado en la casa. Con tan mala suerte que cuando se ponía a salir de allí, aparecí yo. Esto hizo que tuviera que salir por la puerta de atrás y esconderse en mi sótano. Una vez allí algo fue mal y se le cayó la estantería encima descubriendo el agujero donde se escondería más tarde. En resumen, una historia que bien podría ser de película pero que por desgracia fue muy pero que muy real.

Niño oculto

Eran las 8 de la mañana e iba al trabajo. Era mi primer trabajo y estaba emocionado por ello. No es que fuera el trabajo soñado, pero conocería a gente nueva, tendría ya algo para incluir en mi currículum y me ganaría algo de dinero mientras acababa los estudios.
Todos los días cogía el bus ya que la tienda estaba en el centro. Ese día no iba a ser diferente así que fui a la parada del bus. Después de 5 minutos llegó mi transporte. El recorrido no era muy largo, aunque el bus al hacer las paradas y al dar vueltas tardaba 45 minutos, de hecho, había pensado en ir  en bicicleta que era una de las cosas que más me gustaba hacer, pero en invierno siempre llovía y no iba a aparecer en el trabajo con la ropa toda mojada.

A las 9 entré en la tienda. Ya estaba allí mi jefa, aunque esta vez no llegaba tarde, al menos no tan tarde como el primer día. Ese día fue horrible, era la primera vez que iba a la tienda por lo que me equivoqué de bus y no paró en la parada que necesitaba. Cuando me di cuenta salí y fui caminando a la tienda. Al final conseguí llegar, pero media hora tarde. ¡Qué vergüenza!

La mañana transcurrió con normalidad. Ya era hora de comer así que iba a cerrar cuando entraron dos señores.

– Buenos días, querría hablar con Sven -Dijo uno de ellos sin quitarse las gafas negras de sol que llevaban. Sin duda era lo primero que me había sorprendido ya que estaba oscuro fuera.

– Buenos días, yo soy Sven.

– Necesitamos que vengas con nosotros. – me dice el otro señor. ¿Cómo me iba a ir con ellos sin darme explicación alguna?

– Pero… ¿para qué? Ahora mismo estoy trabajando.

– Es sobre RETRAIN y su posible continuación en la empresa. -¡¡¡¿¿¿¿¿PERDONA?????!!!

– Creo que os estáis equivocando de persona. No sé siquiera que es RETRAIN.

– No, eres tú el indicado. Nuestro sensor te ha encontrado y por eso hemos venido. Si no sabes nada es aún más necesario que vengas con nosotros para hablar de ello y ponerte al día sobre el tema.

– Mira, yo ahora no puedo irme y menos para que dos señores me cuenten cuentos. Si queréis decirme algo lo decís aquí y ahora.

– Como quiera… Hemos venido de RETRAIN a por usted. Su padre ha muerto y él quería que ahora uno de sus hijos asumiera su puesto.

– Pero… ¿Cómo que mi padre a muerto? – dije con un hilillo de voz…

– Sven, llama a tu madre a ver… – dijo mi jefa cogiéndome por el brazo para que reaccionase. – Cogí el móvil y marqué el número de mi padre. Estaba apagado. Probé con el de mi madre, pero no me lo cogía…

– No puedo contactar con ellos… Me tengo que ir a casa – le dije a mi jefa.

Corrí como si no hubiera un mañana, de hecho, ni siquiera recuerdo esforzarme en correr, ni fatigarme. Seguramente era por la adrenalina, pero en 10 minutos ya estaba en casa. Entré al salón, pero nadie respondía. Miré en la planta de arriba y nada, no había nadie. Subí al desván y tampoco, solamente me faltaba mirar en el jardín. Salí a él y allí vi a mi madre sentada leyendo un libro.

– Mamá por fin te encuentro, ¿Qué le ha pasado a papá? ¿Está bien?

– Tranquilo, ¿Qué pasa? Tú padre está allí – Me dijo señalando hacia el jardín del vecino de enfrente. Está ayudando a Jasper a colocar la nueva parrilla.

– Pero… – Me senté en el suelo y me puse a llorar.

– A ver… cuéntame que te pasa. ¿Por qué estás tan disgustado?

– Han venido dos señores de RETRAIN y me han dicho que mi padre había muerto… – Realmente es lo que intenté decir, pero a saber lo que entendió mi madre. Había demasiados sollozos…

– ¿Tú padre? Vaya… creo que se a lo que se refieren. Hay cosas que no te hemos contado porque te veíamos tan feliz que no queríamos que te preocupases por nada.

– ¿De qué hablas? – me levanté como un resorte.

– Entra en casa y te contaremos lo que tienes que saber.

Entré en casa y mis padres se sentaron conmigo en el salón. Estaban los dos nerviosos y ni siquiera sabían por dónde empezar. Mi padre tomó las riendas de la conversación y me contó que ellos no eran mis verdaderos padres. Era de RETRAIN un barrio aislado al norte de la ciudad. Ni siquiera sabía que existía… También me contaron que mis verdaderos padres habían tenido muchos hijos y que los que salían un poco “raros” los mandaban con otras familias para que los cuidasen. En fin… ahora era raro… Debieron de ver mi cara de incredibilidad porque decidieron dejar el tema para otro momento y así comer algo que ya era muy tarde. Comí lo más rápido que pude sin articular palabra y subí a mi habitación a echarme en la cama.

Me debí de quedar dormido porque mi madre entró en la habitación y me despertó.

– Sven va siendo hora de levantarte. Llevas en la cama horas. – mientras me estaba incorporando entró también mi padre en mi habitación y se sentaron en la cama.

– Hay otra cosa que no te hemos dicho. El resto de niños como tú lo saben desde que descubren que son diferentes. Suele ser cuando son pequeños, pero tú nunca te has dado cuenta y no has notado nada así que decidimos que lo mejor sería no contarte nada, pero… – mi madre no paraba de hablar y de darle vueltas, pero no iba al grano.

– ¿Qué tengo que saber? – dije cortándola.

– Pues que los niños que estáis en RETRAIN tenéis habilidades especiales. RETRAIN es una empresa que se dedica a investigar modificando genéticamente el ADN. Realmente lo que hacen es mezclar algunos genes de animales con el ADN de los fundadores de la empresa, de ahí que os llamen “hermanos”. Cada uno de vosotros tiene una habilidad diferente y hasta que no se descubre no se sabe cuál puede ser. Lo que sí se puede detectar cuando nacéis es la cantidad que tenéis de ADN del animal con el que han mezclado el ADN humano. Los bebés que tienen poca carga animal se les envían con las familias de acogida ya que no serían activos válidos para el estudio.

– Ese fue tu caso – añadió mi padre. – Trabajo allí desde hace 30 años. Me encargo de analizar las muestras de ADN para determinar si son adoptados o se quedan en RETRAIN para su estudio. Queríamos tener niños así que lo mejor sería adoptar a alguno de esos niños y criarlo como si fuera nuestro hijo hasta que descubriéramos su habilidad especial. El problema es que esto nunca ocurrió. Llevamos toda la vida observándote y no tiene sentido que no tengas ninguna habilidad. Puede ser que no te hayas dado cuenta y que pienses que es normal en los humanos, pero no sería así… ¿Alguna vez has sentido algo parecido?

– No que yo sepa. Soy un chico de lo más normal… no se…

– No se… suele desbloquearse la habilidad en situaciones de gran estrés. Una vez que se desbloquean ya podrías utilizar la habilidad sin problema. ¿Has tenido alguna situación así?

– La más reciente sin duda ha sido esta mañana cuando me dijeron que mi padre había muerto. Pensé que eras tú, os llamé por teléfono, pero ninguno me lo cogía. Por eso vine corriendo a casa y en 10 minutos estaba aquí. Al llegar fue cuando os encontré como si no hubiese ocurrido nada. No sentí nada raro, bueno nada raro en esa situación… Se me olvidó coger todas mis cosas de la tienda y…

– ¿Llegaste en 10 minutos desde la tienda? Umm igual es algo de eso. Tu ADN fue mezclado con un felino por lo que puede ser que hayas ganado su velocidad.

– Pero si ni siquiera me gusta correr. – Genial, mi super poder tenía que ser correr… no podía ser teletransportarme…

– Pues por eso mismo no lo has descubierto hasta ahora. Si te gustase correr o si lo hicieras a menudo ya lo hubieras descubierto. Vamos al parque para que corras.

El parque estaba al lado de casa así que en nada llegamos a él. Allí mi madre me dijo que diese una vuelta al parque. Comencé a correr y no sentía nada, de hecho, iba bastante lento hasta para un chaval de mi edad. Cuando ya estaba por la mitad de la vuelta empecé a ganar velocidad. Cada vez iba más rápido. Estaba claro que esa era mi habilidad oculta. Si lo hubiera sabido hubiera conseguido ganar muchas competiciones de atletismo, pero no, tenía que permanecer oculta y desperdiciar esta habilidad durante años.

Día invernal

Estaba vez sí que no me lo esperaba. Habían dado nieve, pero yo ya estaba acostumbrada a ir a casa por esa montaña, al fin y al cabo tenía que ir de un lado a otro cada día al ir y al volver de la comisaria. Había atravesado la montaña con sol, lluvia, nieve y con cualquier fenómeno meteorológico así que esta vez me extrañó que por un poco de nieve lleváramos más de 15 minutos en un atasco. Ni siquiera nos movíamos un poco, por lo que estábamos todo el rato en el mismo sitio. Igual es que había ocurrido algún accidente o avería. Solo me quedaba esperar.

Ya llevábamos más de 2 horas esperando en el coche, así que la gente ya se había impacientado y habían salido del coche a preguntar al resto por si sabían que era lo que pasaba. Algunos habían ido a preguntar a los coches de delante que era lo que había pasado. Por lo visto habían caído unas rocas en la mitad de la carretera a unos 5 coches del mío. Yo ya me había cansado de estar en el coche, necesitaba estirar las piernas, pero la verdad es que estar como la gente estaba fuera del coche con el frío que hacía no me parecía lo más normal. Así que cada 15 minutos o así salía del coche para despejarme y para saber si alguien había descubierto algo.

Muchos habíamos llamado a la policía para avisar sobre lo que estaba ocurriendo, pero estaba claro que entre montañas no íbamos a tener cobertura así que estábamos incomunicados. Tampoco podíamos dar la vuelta ya que el coche no giraba por esa carretera, por llamarla de alguna forma. También se nos ocurrió poner la radio para ver si alguna emisora decía algo de lo que estaba ocurriendo y así tranquilizarnos sabiendo que la gente iba a venir a buscarnos, pero tampoco decían nada. Otros habían pensado ir andando a algún pueblo, pero el más cercano seguramente estaba a más de 10 kilómetros y con el tiempo que hacía no era la mejor opción. Aunque seguramente si esto siguiese así tendríamos que hacerlo.

Tenía que hacer algo, no podíamos estar todo el rato esperando en esas condiciones, había niños y mayores entre la gente que no podían estar esperando todo el tiempo. Algunos niños estaban aprovechando a que estábamos parados para jugar con la nieve, pero estaba claro que no iban a poder seguir mucho más tiempo. Ya estaba empezando a anochecer y por lo tanto ya estaba refrescando. Algunos empezaban a notar como los estómagos se empezaban a quejar porque no había nada para llevarse a la boca. Por eso, la pareja hippie joven del coche de delante y yo decidimos ir a preguntar a todos los coches sobre si tenían comida o mantas para pasar la noche. En estas circunstancias teníamos que poner todo de nuestra parte y ayudarnos unos a otros. Para no liarnos decidimos empezar a preguntar por el coche que estaba más cerca de las rocas. En total seríamos unos 10 coches por lo que era bastante probable que alguno llevara agua o comida entre sus pertenencias. Al ir preguntando por los coches todos nos decían lo mismo que no se fiaban de nosotros por si nos quedábamos todos los víveres para nosotros por eso al final cambiamos de plan y decidimos juntarnos todos o por lo menos un representante de cada coche y hablarlo todos juntos.

Cuando íbamos a comentar lo de la reunión grupal al último de los coches nos encontramos que el conductor no estaba allí, solamente había un chico de copiloto. Estaba dormido, así que golpeamos el cristal de la ventanilla para despertarle. ¿Cómo alguien podía dormir con esta incertidumbre? Golpeamos el cristal varias veces, pero nada, así que abrimos la puerta para moverle. Pero justo cuando el chico hippie movió al copiloto, a éste último se le cayó la cabeza. Los 3 nos quedamos en estado de shock, el chico estaba muerto, MUERTO. Era imposible, ¿qué había pasado?, ¿quién lo había matado? ¿estaba entre nosotros un asesino? ¿volvería a matar? No nos podíamos quedar a esperar, así que decidimos volver a la zona de la reunión para comentar lo ocurrido.

Nunca se me había dado bien hablar en público, pero ya que había tomado la iniciativa de ir coche por coche y que yo era policía me sentía responsable por lo que no me quedó más remedio que hablar directamente.

– Buenas, ha ocurrido algo muy grave, algo que ninguno nos esperábamos. Cuando íbamos a informar al último coche nos encontramos que el copiloto estaba muerto.

– ¿Qué? ¿pero que dices? ¿Es una broma? – Dijo una señora con un niño entre los brazos.

– No, claro que no es una broma ¿cómo alguien iba a bromear sobre eso? Soy policía, por lo que sé que las primeras horas después de un asesinato son cruciales. Necesito vuestra ayuda, tenemos que descubrir quién es el dueño del coche y por lo tanto el asesino. Por eso, voy a volver al coche para coger todas las cosas que nos puedan ayudar a descubrirlo. Por supuesto nadie puede abandonar esta zona por eso necesito que estéis atentos al resto para que ninguno se vaya de aquí.

Volví al coche, el muerto era un chico joven, blanco, con cabello oscuro y con ojos verdes. Tenía una puñalada en el costado posiblemente de un cuchillo. Busqué en los bolsillos del pantalón, ya que tenía que descubrir la identidad del fallecido. No encontré ni un móvil, ni una cartera entre sus pertenencias. Así que abrí la puerta del conductor y busqué en la guantera. Allí  encontré un pintalabios, una linterna y los papeles del coche. Cogí los papeles del coche y averigüé el nombre del dueño, Manuel González Esmeralda. Sabiendo que el dueño del coche es un chico y que se llama Manuel tenía la información necesaria para averiguar quién había sido el asesino por eso volví a donde se encontraban el resto.

– Tengo nueva información, ya se quién es el dueño del coche. Así que por favor que todas las personas me den sus DNI o algún documento con foto para identificarlo.

Uno a uno fueron dándome sus DNI, salvo los niños que no tenían DNI, un anciano que apenas podía moverse por lo que quedaba descartado y una chica rubia que dijo que no lo había traído. Estaba claro que Manuel era un chico por lo que presté especial atención a los chicos, cuáles eran sus reacciones y si iban solos o tenían familia. Después de más de 30 minutos hablando con todos ellos y mostrándome sus identidades no había ningún Manuel entre nosotros. Quizá el asesino había escapado antes de que encontrásemos a la víctima por lo que el siguiente paso fue saber dónde se encontraba cada persona, es decir, en qué vehículo viajaban. También, uno a uno, fueron diciéndome donde estaban. Todos los chicos tenían coartada, o viajaban con familia o si viajaban solos pero babía el mismo número de hombres solos que coches sin conductor. Por eso, el asesino tenía que haber escapado. Pero… ¿y a dónde? Estábamos todos unos cerca de otros por lo que habría sido muy difícil escapar. Había mirado alrededor del coche cuando me dirigí a por las pruebas por si estaba el arma homicida por ahí, pero no había encontrado ninguna huella en la nieve, y por la carretera no hubiera podido caminar ya que lo hubiéramos visto. Algo no cuadraba y tenía que resolverlo.

Estuve dándole vueltas durante más de media hora hasta que me acordé de un detalle que al principio no me había parecido relevante: EL PINTALABIOS. ¿Y si el conductor era una conductora? ¿Y si la víctima era el dueño del coche y por lo tanto ese era Manuel? Entonces el asesino era una chica: la chica que no me había dado el DNI. Pero antes tenía que asegurarme por eso pregunté a las mujeres que me dijesen cuál era su coche, dejando para el final la chica rubia. Efectivamente el resto de mujeres tenían coartada, solo me faltaba preguntárselo a la chica rubia.

– ¿En qué coche estabas tú?

– En el sexto… o séptimo.

– En esos dos coches van familias que en ningún momento me han dicho que tú fueras con ellos… a ver… ¿cómo es tu coche?

– Es rojo… y viejo…

– Ya… – Estaba claro que estaba nerviosa, no paraba de jugar con su pulsera. La tenía, ella era la asesina. – Tú eres la asesina, no tienes DNI, no puedes decirme cuál es tu coche, confiésalo. Tú lo mataste.

– Eeeh no… – dijo tapándose la cara-  Bueno sí, siempre tenía que tener razón, me hacía de tonta y no pude soportarlo más así que le clavé un cuchillo.

– Queda arrestada por el crimen de Manuel González.

Ella se había derrumbado y no paraba de llorar. Entonces le puse las esposas. Justo cuando se las había acabado de poner, pasó un helicóptero por encima nuestro diciéndonos que iban a proceder al rescate.

Un día especial

Como todos los años me tocaba ayudar a mi padre en el trabajo. Era un rollo. Todos mis amigos decían que el trabajo de mi padre estaba muy bien, que al fin y al cabo solo era 1 mes de preparativos y solo una noche la que había que trabajar sin parar. Pero a mí nunca me habían gustado los niños, la verdad es que tampoco había que hablar o tratar con niños, pero había que entenderse para saber que regalo era mejor para cada uno de ellos.

– Hola papá. Ya estoy aquí como siempre.

– Hola, hijo… No te quejes, solo te pido ayuda durante tus vacaciones de navidad. Piensa que así te sirve para desconectar de los estudios.

– Ya ya, claro. Porque el resto del año no trabajas…

– Deja de protestar y vete a buscar a Melchor y Gaspar que están en la cafetería.

Además de tener que ayudarlos a planificar sus horarios y decidir a qué casa había que ir primero también me encasquetaba ser el mensajero. Siempre estaba diciéndome: Alín vete a por comida, Alín tráenos café, Alín vete a avisar a tus hermanas. En fin, solo estaba deseando poder acabar las navidades y que pasase el día 6 para así poder descansar el resto de vacaciones, aunque fuesen solo 2 o 3 días más.

Después se haber avisado a Melchor y Gaspar volvimos los 3 juntos discutiendo, como no, sobre si era mejor empezar por las casas de los niños buenos o si por el contrario era mejor hacerlo por zonas. Mientras estábamos entrando por la puerta oímos un estruendo que retumbó en todo el edificio. Fuimos corriendo los 3 para ver qué era lo que había pasado.

– ¡¿Qué fue eso?! – Dijo Melchor preocupado…

– No sé, pero espero que no haya sido mi padre….

Nada más voltear la esquina vimos que había muchas cajas por el suelo, la mitad de ellas rotas y la otra mitad aplastadas… ¿Cómo se habían caído esos juguetes? No lo sabía, pero seguramente esos regalos no valdrían y habría que volver a repetirlos además de comprobar si el resto de juguetes estaban asignados bien al niño correspondiente… Buff, que jaleo… Seguí mirando para ver qué era lo que había pasado cuando de repente descubrí entre la multitud de cajas la parte de arriba de una escalera. ¡Alguien se había caído!

– ¡Papá, papá… ¿estás bien?!- Mientras estaba preguntando si era mi padre el que estaba debajo de todas las cajas vi salir una mano entre la montaña de regalos.

– Sí… sí, hijo, no te preocupes. Me di un golpe en la cabeza… con tantas cajas, pero ya estoy bien, bueno… un poco mareado. Solo fue que me resbalé mientras estaba en la escalera.

– Joder, Bal siempre igual. Te hemos dicho mil veces que no te subas tú solo en esta escalera tan grande…- Quizá no era muy oportuno ese comentario porque mi padre se había hecho daño, pero Melchor tenía razón, no era la primera vez que se caía de la escalera y como siguiese así un día iba a caer mal y se iba a desnucar.

– Ya bueno, no pasa nada. Ayudadme a levantarme. – Lo intentamos levantar entre los 3 pero nada. Estaba claro que se había roto algún hueso.

– De cabeza al hospital. Y a recuperarte.

– ¿Cómo me voy a ir al hospital con todo lo que hay que hacer aquí hasta el día 6?

– Bueno… no te preocupes papá. Nosotros nos encargamos de todo. –  No me apetecía nada darme ahora un atragantón preparando todo, pero no le podía decir otra cosa a mi padre. Siempre se preocupa por todo como para no agobiarse con esto.

Las siguientes 3 semanas estuvimos preparando los regalos a contrarreloj para que estuviera todo listo para la fecha señalada. Repasamos la lista de niños, los ordenamos, empaquetamos los regalos, almacenamos los regalos de forma ordenada para que no hubiera una confusión a la hora de repartirlos y planificamos la lista de las casas que iba a hacer cada uno. Estábamos ya casi acabando con todos los preparativos cuando recibimos una noticia de mi padre:

– He hablado con el médico y me dijo que me van a tener que operar de la pierna que no había quedado del todo bien después de la caída así que no voy a poder salir a tiempo del hospital para realizar la entrega de los regalos.

– ¿¡Qué!?- Lo que nos faltaba, además de haber trabajado sin parar durante un mes ahora no teníamos suficientes recursos para repartir todos los regalos a tiempo.

– Pero Bal y ¿ahora qué hacemos? ¿Quién va a ayudarnos a entregar los regalos? Nosotros 2 solos no podemos con todo. Hemos hecho la planificación para dividirnos el trabajo entre 3 personas.

– Ya bueno… había pensado que Alín os ayudase. – dijo mientras me miraba de reojo. – Se que no te gusta mucho la idea, pero no tenemos otra opción. Eres el único que conoce perfectamente la planificación y siempre te hemos contado nuestras batallitas sobre esas noches especiales así que estás más que preparado para tomar el relevo y dedicarte a ser un rey mago por un día.

– Bufff, pero… yo…. no sé…- No quería, rotundamente no. Pero ¿cómo le iba a decir que no? Tenía razón, no había nadie más que se supiese los horarios y las casas como yo. Pero no me gustaban nada los niños.

– ¡Muy buena idea! No te preocupes Alín, Mel y yo vamos a ayudarte en lo que podamos. Fijo que va a salir todo de rechupete. – Madre mía, iba a ser un desastre, pero habría que intentarlo.

Y llegó el gran día, bueno más bien la gran noche. Primero tuvimos que pasearnos por algunas ciudades saludando a los niños. Me dolía la cara de tanto sonreír… ya estaba agotado y todavía me quedaba lo peor: la noche en la que se reparten los regalos.

Cada uno de nosotros cogimos la lista de las casas a las que teníamos que ir. Era una lista interminable, pero yo haría lo que pudiese. Habíamos decidido cambiar este año las normas y aunque seguimos repartiendo los regalos por zonas, en una misma zona repartiríamos primero a los niños buenos que a los malos por si no nos daba tiempo acabar para que estos no se quedasen sin el merecido regalo.

Pasaron las horas yendo de una casa a otra, leyendo los nombres de los niños y dejando los regalos con sumo cuidado para que estos no se despertasen. Por fin, NO TENIA MAS REGALOS. Así que mi labor ya había acabado.

Cuando terminamos la gran noche nos dirigimos los tres al hospital a ver a mi padre para comentarle que al final todo había salido bien.

– Hola. ¿Qué tal todo? ¿Qué tal el reparto?

– Pues muy bien. Al principio estaba muy nervioso, no sabía cómo íbamos a poder repartir los regalos, pero al final salió todo bien, los regalos estaban bien organizados y solo tuvimos que ir visitando las casas para repartirlos. Pudimos acabar a tiempo, así que ha sido una gran noche.

– Claro que sí, no lo dudaba, sabía que ibas a ser capaz de hacer eso y mucho más.

– Ya… bueno, no estuvo mal.

– Ves, ya sabía yo que te iba a gustar. Si lo llego a saber me rompo antes una pierna.

– Si jajaja claro. Va a ser que no, de repartir los regalos te encargas tú, yo como mucho te ayudo en los preparativos.

– Jajaja ¡Te acabas de ofrecer!, así que el año que viene nada de protestar.

– Bueeeno.

Navidad agridulce

Era ya la hora de salir de la oficina, por fin me iba de vacaciones de Navidad. La verdad que ya las necesitaba, quería llegar a casa y tirarme en el sofá a descansar y dormir todo lo que no había dormido en los meses anteriores. Pero antes tenía que ir a recoger a mi hermano. Él trabajaba en una empresa de informática a unos 10km de donde trabajaba yo. Normalmente él iba a su casa utilizando su coche, pero en esta ocasión pudimos coger las vacaciones las mismas semanas por lo que quedamos en ir en el mismo coche a visitar a nuestros padres al pueblo. Llevábamos ya bastante tiempo sin ir y queríamos darles una sorpresa.

Condujimos durante 3 horas, pero queríamos descansar un poco y estirar las piernas así que paramos en un mirador que hay a la entrada del pueblo. Desde ahí normalmente se podía ver el pueblo. En esa ocasión no vimos nada porque ya estaba oscureciendo y el sol nos daba directamente en los ojos. Seguramente si hubiera sido un poco más de día o un poco más de noche nos hubiéramos dado cuenta de que algo estaba ocurriendo, pero como nos cegaba el sol seguimos con nuestro camino después de esta breve parada. Teníamos dos formas diferentes de ir a la casa de nuestros padres. Podíamos atravesar el pueblo o recorrerlo por las afueras. Decidimos lo segundo, de esta forma no nos tendríamos que parar a saludar a todo el mundo. Ya podríamos saludarlos al día siguiente, ahora solo queríamos llegar y descansar, aunque bueno… conociendo a nuestra madre fijo que quería que adornásemos la casa con luces y que le contásemos todo lo que nos había pasado en estos últimos meses.

Aparcamos el coche a la entrada, habíamos pensado aparcar más lejos para que no nos sintieran llegar y así que fuera una sorpresa de verdad, pero no tenía sentido porque para llegar a la casa teníamos que ir por un camino que está justo en frente de esta y nos hubieran escuchado o visto de todas formas, así que aparcamos en la entrada y nos bajamos del coche. Nada más salir de él nos llamó la atención que ninguno de los dos estuviera en la puerta esperándonos con una sonrisa. Quizá estaban en la casa de algún vecino, pero ellos no suelen ir a esas horas. No tienen coche y van a todos los lados caminando y ya era un poco tarde como para ir por ese camino sin apenas luces. Pero bueno, igual estaban con gente dentro y no nos habían visto. Así que llamamos al timbre esperando a que nos abriesen. Llamamos más de tres veces, pero no nos abrían y eso que hubiera jurado que había oído a alguien dentro. Por eso tomé la peor decisión de mi vida, corrí la cortina que tapaba la ventana de la entrada y entonces lo vi, vi a dos seres comiéndose la pierna de mi madre. No sabía que hacer… no me lo podía creer, ¿qué era eso?

– Dylan… Dylan…. Vayámonos de aquí ya.

– ¿Por? ¿Qué pasa?

– Luego te lo explico, tú corre. – No quería que viese eso, esa imagen no me la podría quitar nunca de la cabeza.

– ¿Qué dices? Aparta de la puerta. – Me dio un empujón que casi me tira y miró por la ventana.

Entonces lo vio y empezó a gritar. Yo apenas había hecho ruido pero Dylan… los dos seres que estaban en el interior giraron sus cabezas hacía nosotros y nos vieron. Se dirigieron hacía nosotros por lo que cogimos las cajas que había fuera, seguramente llenas de adornos de navidad, y atrancamos la puerta para que no pudieran salir o por lo menos para ralentizarlos. Corrimos como si no hubiera un mañana, que quizá era lo que iba a pasar, así que nos fuimos en dirección al bosque. Quizá el bosque no es la opción más segura para la mayoría de la gente hubiera escogido porque al fin y al cabo en un bosque es muy fácil perderse, pero por lo menos allí nos podíamos ocultar. Habíamos pensado, o yo por lo menos, correr hacía el bosque, llamar a la policía y ocultarme allí hasta que fuese seguro salir, pero justo cuando estábamos a la entrada del bosque Dylan se giró y corrió por el camino de entrada de la finca.

 -¿Qué haces? ¿Estás loco?

– No podemos ir al bosque allí fijo que nos pillan tenemos que ir a algún sitio seguro.

– ¿Sí? ¿A cuál?… La casa más cercana está a más de 10 minutos corriendo, así que fijo que nos ven por el camino. Además, si no han llegado hasta allí quizá los llevamos a las demás casas y ponemos en peligro al resto de la gente del pueblo.

– Bueno… y ¿a dónde quieres ir?

– Había pensado ir a la cueva a la que íbamos cuando éramos pequeños a jugar a los exploradores.

– Vale, pues vamos, no podemos estar más tiempo parados aquí, van a conseguir salir de la casa si es que todavía no lo han hecho.

Caminamos, bueno… más bien, corrimos unos 5 minutos y llegamos a la cueva que decía Dylan. Estaba tapada con arbustos, estaba claro que hacía muchos años que no entrábamos allí y la maleza había crecido alrededor. Al menos esa maleza sería una ayuda para que no nos descubrieran dentro. Así que entramos, justo cuando entramos, escuchamos ruido fuera, más bien gemidos, seguramente eran esos seres. Esperamos sin movernos, sin apenas respirar y después de una hora dejamos de escuchar esos ruidos… En principio estábamos en un lugar seguro y ya no estaban fuera porque no les escuchábamos así que ya era la hora de llamar a la policía. Cogí mi móvil para llamar, pero no tenía cobertura… Dylan tampoco, por lo que no teníamos más remedio que o seguir ocultos en la cueva hasta que a alguien le diera por pasar por la cueva o salir para poder llamar. Ninguno de los dos queríamos salir así que esperamos a que alguien pasara por delante. Normalmente ese camino está bastante transitado por la gente del pueblo ya que es el camino más corto para ir al ayuntamiento por lo que seguramente alguien pasaría sobretodo si es navidad. Por estas fechas siempre había más gente en el pueblo, un grupo de amigos celebrando estas fiestas en alguna casa rural o en el camping de las afueras, o como nosotros familiares de la gente local del pueblo que vienen de visita para pasar las navidades con sus seres queridos.

Pasaron las horas, incluso un par de días y la gente no aparecía por ahí… Así que decidimos salir para buscar la cobertura. Por suerte de pequeños habíamos pasado largas temporadas en el camping por lo que sabíamos que si no tienes cobertura el móvil no te sirve para anda por lo que decidimos apagarlo para ahorrar batería hasta que saliésemos de ahí si es que no nos venían a buscar.

Salimos, como pudimos, de ahí. Estábamos bastantes débiles sin haber bebido, ni comido durante días pero seguimos el camino, eso sí, con mucho cuidado. Encendí el móvil y mientras estábamos yendo por el camino parecía que tenía señal por lo que me dispuse a llamar a la policía. El policía ya estaba enterado de lo que había pasado en el pueblo. Por lo visto había aparecido en todas las noticias. 4 pueblos y 2 ciudades habían sido atacados por esos seres por lo que se había elaborado un plan de emergencia para evacuar a todo el mundo que todavía estuviera vivo. Nosotros como habíamos estado en la cueva todos esos días no nos habíamos enterado de nada. Nos comentaron que pasaría un helicóptero a por nosotros en las siguientes dos horas a la ubicación que les mandásemos y que esperásemos ocultos en la cueva hasta que vinieran a por nosotros.

Volvimos a la cueva y como nos dijeron esperamos allí hasta que oímos ruido el helicóptero. Ese helicóptero nos llevó a una ciudad que estaba entera rodeada de vallas electrificadas. Era el nuevo campamento o, como nos habían dicho, ese sería nuestro nuevo hogar hasta que el ejército pudiera acabar con todos esos seres y se asegurasen que no había ninguno más oculto por ahí.

Vacaciones navideñas

Después de 3 años sin poder volver a casa por fin lo haría. Estaba nerviosa, pero a la vez contenta. Los últimos 3 años habían sido muy agobiantes. En las vacaciones de navidad, verano o Semana Santa siempre tenía que trabajar. Al fin y al cabo, los hoteles no cierran en estas fechas. Esta vez se iba a aprovechar los meses de octubre y noviembre para reformar el hotel, pero al final por una cosa u otra se retrasó la nueva apertura por lo que no les quedó más remedio que cerrar durante las navidades.

Mi familia estaba muy contenta con que pasase las fiestas en casa porque, aunque hablásemos todas las semanas y nos viésemos en las videoconferencias no era lo mismo. Necesitábamos un abrazo conjunto.

Por fin se había abierto la puerta de embarque y solamente con 20 minutos de retraso. El avión iba lleno, pero como la experiencia es mi mejor aliada había cogido el asiento en las filas de delante. De esta manera podía entrar y salir del avión más rápidamente sin tener que esperar a que otros pasajeros se acomodasen. Recuerdo que cuando era pequeña quería estar en la ventanilla para ver el paisaje, pero ahora siempre escogía ir en el pasillo ya que podía estirar las piernas y levantarme tantas veces como quisiera sin molestar a mis compañeros de asiento.

El vuelo se me hizo largo pero bueno, la espera merecía la pena. Al llegar me dirigí a las cintas para coger mi maleta. Mi madre me había dicho que no facturara porque ya tenía todo lo que necesitaba allí, pero al final decidí traerme unos cuantos vestidos con sus zapatos y complementos para ponérmelos en Nochebuena y Nochevieja. Obviamente todo no me entraba en la maleta de mano así que no me quedó más remedio que facturar.

Ahí estaba mi maleta. Era roja como muchas otras, pero para diferenciarla le había atado al asa un pañuelo azul marino.

Nada más recogerla salí y me subí en un taxi. Había buses, pero sinceramente con tal de llegar a casa lo que sea. Parece que no, pero viajar cansa mucho y eso que vas sentada todo el rato.

El taxista, a partir de ahora el Cotilla, me había interrogado sobre lo que iba a hacer en las fiestas, en donde trabajaba e incluso sobre los propósitos de año nuevo. Al cabo de 30 minutos llegué a casa. Mis padres se habían mudado al pueblo cuando yo me independicé, aunque no tuviese mucho sentido. Esa casa era enorme de hecho toda la familia cogíamos en ella. Tenía 4 habitaciones y 3 baños. El resto del año vivían solamente dos personas así que mis padres la semana anterior seguramente estuvieron limpiando y arreglando el resto de habitaciones para los invitados.

Llamé a la puerta, aunque tuviese llaves. Siempre me había molestado que entrasen en la casa sin llamar antes. Era un gesto de cortesía.

– Holaaaa – me saludó mi madre dándome un abrazo enorme.
– Bienvenida – dijo mi padre abrazándome tan fuerte que casi me deja sin respiración.
– ¿Qué tal? Ya tenía ganas de llegar. – mientras yo seguía intentando zafarme de los brazos de mi padre.
– Y nosotros de que llegases. ¿Qué tal el vuelo?
– Un poco largo, pero todo bien.
– Estarás cansada… sube a tu habitación y ponte cómoda. Mientras terminaré de preparar la cena.
– Vale. ¿Soy la primera? – Eso esperaba porque si hubiese llegado alguien antes y no hubiese salido a saludarme…
– Sí sí, vienen mañana.

Subí a mi habitación a cambiarme. Allí puse la maleta en el suelo para no manchar la ropa de cama y la abrí. Lo primero que encontré fue una chaqueta… Siempre me pasaba lo mismo. Cuando iba a hacer la maleta lo primero que metía en la maleta era el pijama para que no se me olvidase, pero claro, ahora que quería cogerlo estaba en el fondo. No me quedaba más remedio que sacar todo. Saqué la chaqueta marrón y la lancé encima de la cama con desgana. Al quitarla de arriba vi lo que había dentro. Primero me sentí muy confusa y aturdida, pero después sentí nervios al comprender lo que me había pasado. La maleta que estaba abierta en el suelo no era mi maleta. No sabía de quien podía ser, y lo más importante, no sabía que había sido de mi maleta. Comencé a sentir un sudor frío recorriéndome todo el cuerpo. No sabía qué hacer, así que me senté en la cama para poder tranquilizarme.

Unos segundos más tarde y algo más tranquila, aunque no mucho más, me puse manos a la obra. Cogí el móvil y busqué el teléfono de atención al cliente del aeropuerto donde había perdido mi maleta. Llamé para allí pero no sabían nada de mi maleta. Les describí como era y el pañuelo que llevaba. La maleta que tenía yo también tenía un pañuelo de ese azul marino…

No sabía que más hacer así que me puse a rebuscar en la maleta para ver si encontraba algún dato de la persona propietaria ya que la típica etiqueta de maleta donde se ponen los datos no estaba rellenada. Si yo tenía su maleta la otra persona tendría la mía, si no fuera así hubieran puesto alguna queja en el aeropuerto y según la chica que me atendió no había habido así que estaba claro que si devolvía esta maleta conseguiría encontrar la mía.

Cuando estaba rebuscando vi una especie de libreta de cuero. La abrí y era una agenda. En la primera hoja ponía un nombre y un número de teléfono. Sin pensármelo dos veces llamé para allí.

– ¿Diga?

– Hola, buenas. ¿Con quién hablo? – Mejor preguntar primero no vaya a ser que cuente todo el rollo para que luego me diga que no es la persona con la que tengo que hablar.

– Con Juan González.

– Mire es que resulta que tengo su maleta. Es roja con un pañuelo azul marino. La mía también es roja y tiene el mismo pañuelo por lo que las confundimos en la cinta transportadora.

– ¿Ah sí? Espera que lo compruebo. – Dos minutos más tarde- Si, está claro que esta no es mi maleta. Vaya jaleo. ¿Dónde está? Podemos quedar para hacer el trueque.

– Mire pues estoy a una media hora del aeropuerto. Si te viene bien podemos quedar allí.

– Pues perfecto. Yo estoy a media hora también. Salgo ahora y nos vemos en la cafetería de la esquina. ¿Te parece bien?

– Sí, genial. Salgo ahora mismo.

Cogí el bolso, la maleta y después de contar una versión resumida a mis padres de todo lo que había pasado entré en el coche de mi padre. Al cabo de media hora llegué al aeropuerto. Al poco llegó Juan.

– Hola, siento el retraso. Resulta que tenía las llaves del coche en la maleta y claro no encontraba las otras.

– Jajaja no te preocupes. Aquí tienes. – le dije dándole la maleta.

– Aquí la tuya. La próxima vez cambiaré de pañuelo para no volver a confundirla.

– Ya jajaja yo igual. Eso sí, te vendría bien escribir los datos en la maleta porque tuve que mirar en una agenda que tenías dentro.

– Pues sí, gracias. Lo tendré en cuenta.

Poco tiempo después nos despedimos y ambos tomamos rumbo a nuestras casas. Cuando llegué solo tenía ganas de ponerme el pijama y descansar de una vez por todas. Subí la maleta a mi cuarto y la abrí como la otra vez. Empecé a sacar las cosas y entonces fue cuando lo vi. No había vuelto a guardar la chaqueta marrón así que no se la había devuelto a Juan. Tendría que volver a llamarle…

– Hola Juan. Soy la pesada de antes. Resulta que cuando estaba mirando si era mi maleta saqué una chaqueta marrón y no la volví a meter así que la tengo aquí.

– Jajaja madre mía. Vaya día. No te preocupes ya quedaremos otro día para que me la devuelvas, no vas a salir ahora que ya está anocheciendo y hace frío.

– No no, era lo que faltaba voy ahora mismo. Dime dónde vives. – No me apetecía nada, pero quería zanjar ya el asunto.

– Vivo en Tresvi en la Calle Ramón Fernández.

– ¿En serio?

– Si, claro. ¿Por?

– Porque yo también estoy en esa calle. Jajaja no me lo puedo creer. ¿En qué número estás?

– Jajaja en el 20 ¿y tú?

– En el 22. ¡Encima vecinos! Voy para allí.

Esa noche su familia nos invitó a cenar y pasamos el rato recordando nuestro día. Y bueno, eso fue todo. Así nos conocimos tu padre y yo. Toda una anécdota que seguro que no se nos olvidará.

Cumpleaños

Todo el mundo dice que ser diferente está bien, que te hace más interesante o incluso que si fuésemos todos iguales el mundo sería mucho más aburrido. Pero claro, eso es porque no han tenido ningún problema en su vida por no ser como los demás. Yo hasta que llegó mi 16 cumpleaños había sido una chica normal. Me gustaba salir de fiesta con mis amigos, ir al cine, pasear a mi perro e incluso leer, pero cuando cumplí los 16 mi vida dio un vuelco.

– Felicidades Ve, ¿ya sabes cómo vas a celebrar tú cumple con los amigos? – Mi madre siempre preguntando…

– Sí, vamos a ir a patinar sobre hielo y después al cine.

– Genial, no llegues muy tarde que mañana hay cole, ¿vale?

– Sí, tranqui.

Bueno, pues como le dije a mi madre el cumpleaños lo celebré con mis amigos, pero después del cine nos fuimos a cenar y entre una cosa y otra cuando nos quisimos dar cuenta eran más de las 2 de la noche y yo al día siguiente me tenía que levantar temprano. Buff, cuando llegara a mi casa y mi madre me oyera entrar a esas horas le iba a dar algo… Estaba claro que se iba a enfadar. Estaba absorta en mis pensamientos sobre qué excusa ponerle a mi madre cuando de repente oí a alguien detrás mío. No me lo podía creer, era mi madre.

– ¡Ve!, ¿dónde estabas?, ¿sabes que susto me has dado? Llevo buscándote dos horas, ¿te parece normal estar por la calle a estas horas cuando mañana tienes que madrugar? Además, no me llamas, no me coges ni el móvil. Estaba muy preocupada.

– Lo sé, mamá, lo siento… vamos para casa, mañana hablamos.

– Ósea que ahora tienes prisa para ir a la cama, ¿no? Pues no señorita, vamos a hablar ahora.

Estuvimos todo el camino a casa discutiendo, bueno, más bien estuvo mi madre hablando durante todo el trayecto. Pero es que esta vez me había pasado, tenía toda la razón del mundo, pero es que se me había pasado el tiempo volando y no me había acordado de poner el sonido al móvil. Estaba claro que iba a estar castigada durante una buena temporada. Al llegar a casa me dijo que me fuese a mi habitación, que por supuesto estaba castigada y que no volviese hacer algo así nunca más.

La verdad es que, aunque estaba muy cansada, no fui capaz de pegar ojo en toda la noche, estaba dándole vueltas a lo que me había dicho mi madre y a lo enfadada que estaba. Ella era muy pesada, pero siempre se había portado muy bien conmigo y teníamos bastante buena relación. Espero que se le pasase el enfado pronto…

– Hola, ¿qué tal? – Normalmente no me apetece habla por la mañana, pero estaba intentando ser amable.

– Hola – No había ni acabado de saludar cuando apareció una especie de humo alrededor suyo de color gris.

– Mamá, cuidado, que hay fuego.

– ¿Qué?, ¿dónde?

– Pues… – estaba buscándolo detrás suyo, pero era como si el humo estuviera pegado a su cuerpo. ¿Qué era eso?, ¿Por qué estaba alrededor suyo? No entendía nada. – Nada, nada, que pensé que había visto humo. – ¿Cómo iba a decirle lo del humo? Claramente estaba soñando o todavía estaba un poco borracha del día anterior.

Acabé de desayunar y me preparé para ir al instituto. Mi instituto no está muy lejos de casa así que suelo ir andando. A veces mi madre me deja allí de la que va a trabajar, pero estaba claro que esta vez no me iba a llevar con lo enfadada que estaba. Así que me dirigí al instituto caminando. A esas horas de la mañana no había mucha gente por la calle, solamente los vecinos que íbamos al instituto o los que iban a trabajar. Todavía estaba pensando que era eso del humo gris cuando vi aparecer a Claudia. Ella había sido mi mejor amiga desde que coincidimos en la misma clase en el cole.

– Hola Ve, ¿Qué tal? ¿Tú madre te echó mucha bronca por llegar tan tarde?

– Hola… -Otra vez ese humo, estaba alrededor suyo, pero estaba vez no era gris, sino que era rosa. – Sí, bueno, bastante, ya sabes, estoy castigada… ¿Te puedo contar una cosa sin que te rías de mí?

– Pues claro Ve, ya sabes que puedes contarme lo que sea…

– Bueno… pues que desde esta mañana veo como una especie de humo alrededor de la gente de diferentes colores… no se… al principio pensé que era imaginación mía porque lo vi en mi madre, pero ahora está alrededor tuyo…

– ¿Qué dices? Estás bromeando, ¿no? A ver ¿de qué color es mi humo? Jajaja

– No estoy de broma, no te rías de mí, te lo estoy diciendo muy en serio, no sé qué me pasa… ¿será que tengo algo en la cabeza… o que me he vuelto loca?

– No… a ver… tranquila. Si tan preocupada estás podemos ir después del instituto al hospital para que te hagan un chequeo para ver si está todo bien.

– Ya claro… y que les digo que veo humo, ¿no?

– No se… pues diles que te duele mucho la cabeza y que te llevas mareando durante unos días para que así te miren bien todo.

– Ok, pues diré eso.

Las siguientes horas en el instituto me pasaron súper despacio, la verdad es que no atendí en ninguna clase solamente me estaba fijando en los humos de la gente. Los había de diferentes colores, rosa, gris, rojo, amarillo, verde… Y algunos hasta cambiaban de color dependiendo de con quién hablasen o lo que estuvieran haciendo en cada momento… No se… no era normal.

– Bueno, ya hemos acabado las clases… ¿sigues viendo el humo ese?

– Sí, Claudia, claro que sigo… no se… algo no va bien…

– Bueno, no te preocupes, vamos al médico ahora.

– Hola chicas, ¿qué tal?, ¿vamos juntos a casa?

– No, lo siento Julián, nosotras no vamos para casa…- Menos mal que Claudia sabía mentir y era rápida buscando excusas porque yo nunca sabía que decir o decía algo que no tenía sentido o peor me quedaba cayada y ya sabían que estaba ocultando algo. Justo cuando Claudia empezó a hablar con Julián su humo cambió de color a rojo.

– Vaya… bueno, pues quedamos esta tarde para estudiar, ¿vale?, luego te llamo Clau. Adiós.

Pasaron como 30 segundos y no pude resistirme a decirle:

– ¿Clau? ¿cómo que Clau? ¿Y esas confianzas?

– Bueeeno, déjale es muy mono… Es que ayer de la que volvíamos a casa me dijo que le gustaba que podíamos quedar un día nosotros dos solos… no se… Es muy majo, ¿no?

– ¡Por eso es rojo, ahora lo entiendo!

– ¿Qué dices? Definitivamente no estás bien…

– Que tu color de humo era rosa pero ahora al hablar con Julián se ha vuelto rojo.

– Ya… de cabeza al hospital…

– ¡Qué no! Creo que ya entiendo cómo va esto del humo. Me he estado fijando toda la mañana porque el color de humo no es siempre el mismo y a veces cambia de color… No se… por ejemplo esos dos de ahí morreándose tienen un humo rojo así que quiere decir que se gustan como Julián y tú.

– ¿Cómo si fuera lo que sentimos?

– Sí, no se… algo así… Por eso el de mi madre era gris porque estaba enfadada conmigo o porque estaba triste…

– Ya… ¿entonces quieres ir al hospital?

– Sí sí, vamos igual para ver si estoy bien o no.

Pasamos casi toda la tarde en el hospital mientras me hacían diferentes pruebas, pero al final me dijeron que estaba todo bien y me enviaron para casa. Claudia y yo no entendíamos nada, ¿por qué veía ese humo? No lo sabíamos, pero parecía que ya entendía cómo funcionaba, quizá era un don, o un superpoder como en las películas. Tampoco estábamos fijas que era eso, pero ¿qué más podía hacer?

Al llegar a casa mi madre ya no tenía el humo gris así que ya estaba de mejor humor, quizá era el momento de decirle lo del humo. Porque una cosa tenía clara y era que no quería ocultarle esto, ella era demasiado importante para mí como para tener que estar mintiéndole así que…

– Mamá te tengo que contar una cosa y no sé cómo hacerlo así que te lo voy a decir de golpe: Tengo superpoderes, veo los sentimientos de la gente.

– ¡Por fin, ya era hora que desarrollases algún don!

– ¿Qué, qué quieres decir?

– Pues que todos en nuestra familia tenemos superpoderes o algún don especial. Si quieres te cuento nuestra historia… es bastante larga, pero…

– Sí sí, claro, tengo todo el tiempo del mundo.