No todo es estudiar

Estábamos a principios de septiembre y por lo tanto las clases empezaban ya. En algunos lugares ya había comenzado y en otros todavía no, pero el estado de vuelta a la rutina ya se notaba en el ambiente.

Yo iba a empezar primero de bachillerato. Siempre se me había dado bien estudiar, aunque a diferencia de lo que pensarían muchos no vivía solo para ello. De hecho, era más bien vago y dejaba el estudiar para los últimos días. Si lo hacía antes y estudiaba todas las tardes se me acabaría olvidando cuando llegase el examen, además que tampoco tenía tiempo para hacerlo. Por ello ya llevaba años estudiando la última semana antes de un examen a “full” y los resultados habían sido siempre buenos. No tenía muchos amigos, pero no era porque no fuera sociable sino porque me iban otros rollos y pasaba de los problemas y jaleos del resto de adolescentes.

El primer día nos citaron a todos a las 10 de la mañana para decirnos quién sería nuestro tutor. Estuvimos esperando un par de minutos hasta que vimos como entraba una profesora. Nadie sabía quién era por eso nada más pasar la puerta se había quedado toda la clase en silencio. Todos miramos para ella esperando a que se presentase o al menos a que comenzase a hablar. La profesora dejó todas las cosas encima de la mesa y se sentó en ella.

– Buenos días a todos y bienvenidos al nuevo curso. Soy Margarita y seré vuestra tutora durante el año escolar además de profesora de lengua. Como ya os habréis dado cuenta este será mi primer año en este instituto, pero ya he dado clase a otros chavales como vosotros a este nivel y lo que quiero que quede claro es que no os va a ser fácil. Seguís en el mismo lugar que en cursos anteriores pero el nivel de exigencia es muy superior. Ya no os trataremos como niños ni adolescentes, sino que seréis adultos y por ello esperamos que vuestro compromiso con el curso sea mucho mayor.

Nadie sabía que decir o siquiera si debíamos decir algo así que nos quedamos cayados todos. Acto seguido comenzó a darnos los nombres de los profesores de las demás asignaturas y el horario. El resto de clases del día habían ido bastante bien, o al menos había sido divertidas ya que nadie había entrado en materia y solo se había dedicado a explicarnos los objetivos de la asignatura y como se evaluaría.

Al finalizar las clases decidí ir a hablar con la tutora para comentarle mi situación. Normalmente no lo tenía que hacer porque los profesores y la gran mayoría de alumnos lo sabían, pero al ser ella una recién llegada al instituto no sabía si alguien se lo había comentado o no.

– Hola Margarita, ¿puedes hablar un momento? – dije parándola a la salida.

– Sí, claro. Dime.

– Bueno, es que no se si te lo habrán dicho, pero yo muchas veces tengo que faltar a clase porque además de estudiar soy actor y dependo bastante de los horarios de los rodajes. De todas formas, suelo ir a clases particulares y cuando hay examen me pueden dar el día libre o al menos un par de horas para que venga a hacerlo.

– Sí, ya me lo habían comentado. No te preocupes. Mientras sigas aprobando como hasta ahora no creo que haya problema. No obstante, como ya dije este año el esfuerzo es mayor así que tendrás que optimizar bastante bien tu tiempo. – que bien, al menos tendríamos una tutora maja este año.

– Sí, claro, gracias. – dije despidiéndome con la mano.

Ya habían pasado los primeros dos meses por lo que la época de exámenes estaba al caer. Como me había dicho Margarita este año me estaba costando más que otros. No solamente era estudiar para los exámenes, sino que había que hacer muchos trabajos y la mayoría en grupo por lo que nadie quería ponerse conmigo en el equipo ya que lo más probable es que fuese el que menos trabajaría de todos y el que pondría más pegas para quedar para hacerlo. De hecho, en una de las clases de lengua la profesora nos dijo que tendríamos que hacer un trabajo de investigación en parejas. Nadie se quiso poner conmigo y éramos impares por lo que la profesora decidió en vez de añadirme a un grupo ya creado que lo podría hacer yo solo. Obviamente a mí no me gustaba esa idea porque había que buscar información de un poeta y luego hacer una presentación con un programa que se había dado en clase y que yo no tenía ni idea de cómo funcionaba ya que por supuesto no había asistido a su explicación.

Al terminar la clase hablé con Margarita para comentarle que me iba a ser casi imposible hacer bien el trabajo ya que no tenía conocimiento de la herramienta que deberíamos utilizar. Margarita se ofreció a hacerme una especie de resumen del programa para que al menos pudiese hacer algo simple.  Comprobamos nuestras agendas, pero nos era casi imposible quedar. Yo iba a empezar un rodaje y tenía que ensayar el diálogo. De hecho, sería mi primer papel como adulto ya que mi personaje tenía 25 años y por lo tanto mis expresiones y me comportamiento tendría que adecuarse a esa edad. Margarita consiguió mover una de sus citas con el dentista para poder quedar conmigo por lo que ya teníamos día y hora fijada. El lugar sería el instituto ya que lo más fácil sería utilizar los ordenadores donde ya estaba instalado y así no perder tiempo haciéndolo desde cero.

Llego el día de las clases particulares y comenzó con el resumen de la herramienta. La verdad que sí que me lo estaba resumiendo porque cuando se iba por las ramas o me daba más explicaciones de las necesarias rápidamente se daba cuenta y volvía a encauzar la explicación. Estuvimos unas dos horas con la explicación de la herramienta y otra hora más con la búsqueda de información. Por supuesto que esta parte la tenía que hacer solo ya que sino no tendría sentido hacer el trabajo. Ella de vez en cuando se me acercaba a ver cómo iba, pero ponía tal cara de póker que nunca sabía si lo tenía bien hecho o no.

Ya eran las 8 de la tarde y muy probablemente seríamos los únicos que estábamos en el instituto, pero quería aprovechar el tiempo para terminar el trabajo. Margarita mientras tanto corregía exámenes. De vez en cuando descansábamos para no saturar nuestras mentes.

– Buff que dolor de cuello. Para que luego digan que el trabajo de profesora no es cansado. – bromeó Margarita.

– Ya jajaja. A mi siempre me duele la espalda si paso tiempo sentado sin moverme. Cuando era pequeño me caí en uno de los rodajes de una tarima y me hice daño y desde entonces no aguanto mucho en la misma posición.

– Vaya… ¿qué estás rodando ahora?

– Pues voy a comenzar el rodaje de una serie en la que hago de un chico de 25 años que se va a vivir por primera vez solo y a una ciudad nueva. De hecho, tengo aquí el guion. Me lo había traído para poder echarle un ojo en el viaje de vuelta. ¿Ensayamos algo? ¿Qué tipo de escena quieres que hagamos? – dije entusiasmado.

– Pues la que veas que te cuesta más. No sé, tú dirás.

– Hombre, realmente es la escena con la vecina. Resulta que después de llevar un mes en la casa nueva y que le hayan sucedido muchas cosas y la mayoría malas, consigue ver la luz cuando una de sus vecinas se interesa por él. Quedan unas cuantas veces para tomar algo hasta que mi personaje la invita a su nueva casa. Te vas a reir pero es la escena que más me cuesta porque tengo que ligar con ella y la verdad que no es que tenga mucha experiencia en eso. Lo he visto cientos de veces en rodajes, pero no es tan fácil cuando lo llevas a la realidad.

– Bueno anda, de todo se aprende. Dame el guion y comencemos.

Estuvimos ensayando la escena durante un buen rato. La verdad que Margarita era bastante buena como actriz y se metía bastante en el papel. De hecho, en un par de ocasiones en vez de seguir con el guion improvisamos. La verdad que estábamos muy a gusto juntos. Si no hubieran seleccionado ya a la actriz que iba a hacer de mi vecina la hubiera propuesto a ella.

Ya estábamos muy cansados por lo que decidimos irnos a casa. Al salir me di cuenta de que estaba sonriendo y que había sido una de las mejores tardes que había tenido. De hecho, creo que estaba sintiendo algo más por Margarita, pero claro… eso solamente estaba en mi cabeza, y ahora en mi corazón.

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Mi serendipia

No era un día de playa, pero tampoco estaba lloviendo. Era un día de esos en el que el cielo estaba tapado y el viento era caliente. Esos días siempre me habían gustado. La gente decía que se ponían tristes porque el día estaba plof pero a mí me gustaba. Salía a la calle con la sensación de que el propio tiempo estaba tramando algo y por lo tanto que algo iba a pasar, una tormenta quizás. Esa mañana salí a la calle y como ya me esperaba no había nadie en ella. Quizá un par de personas paseando a los perros, pero con cara de pocos amigos, como si tuvieran que estar ahí por obligación.

Normalmente iba a la cafetería del centro. Había cafeterías más cerca, pero esa siempre me había gustado, ponían unos pinchos muy ricos. Así que en esta ocasión fui allí también, para variar…

Allí nos reuníamos unos cuantos que no teníamos mucho que hacer y jugábamos a las cartas, o el parchís. No había tanta gente como los otros días, pero sí un par de ellos con los que solía jugar.

Estuvimos jugando un buen rato, quizá una hora, cuando entró una chica por la puerta. Me resultaba conocida, pero no caía de que me sonaba así que me quedé mirándola pensando sobre quién podría ser. No debí de ser muy cuidadoso porque ella al percatarse de mi mirada se nos acercó a nuestra mesa.

– Hola- dijo con una voz alegre y amable, quizá demasiado. Estaba claro que la conocía.

– Hola- Intenté decirlo con una sonrisa para que no notara anda.

– No te acuerdas de mí, ¿verdad?

– Pues… bueno, me suenas… – ¡Qué vergüenza! Sabía que era un desastre para las caras y los nombres, pero parecía que la chica me conocía bastante como para venir a saludarme con esa gracia.

– Ya me parecía a mí, como no me habías dicho nada… y además te me quedaste mirando cuando entramos. – puso una sonrisa picarona en la cara y dijo con un tono de vacileo – ¿Sabes qué? No te voy a decir quién soy. Quiero que lo adivines tú y no vale hacerme preguntas de mi pasado que si no es muy fácil. Así que a pensar.

– Es que de verdad que lo siento, pero ahora mismo no caigo. Dame un par de días para que lo piense. – Quizá si lo hablo esta noche con la almohada…

– Sí sí, los que quieras. Yo voy a estar por el pueblo una buena temporada así que…

– ¿Qué eres de aquí? – Tenía que ir acotando e ir eliminando posibilidades.

– No, no lo soy, pero te he dicho que no me preguntes nada, así que no hagas trampas.

– Vaaaale- no había colado.

– ¿Puedo sentarme a jugar con vosotros?

– Sí, claro- dije mientras hacía hueco en el banco para que se sentara. – ¿Y cómo se supone que te tenemos que llamar? – quizá con el nombre…

– Pues… para vosotros hoy me voy a llamar Carla.

– ¿Hoy? ¿No es tu verdadero nombre?

– Bueno… de momento no lo sabrás, ¿tan fácil crees que te lo iba a poner?

La chica estuvo jugando con nosotros todo el rato, al fin y al cabo, tampoco es que hubiera mucho más que hacer en el pueblo. En verano nos bañábamos en el río y en invierno nevaba así que nos divertíamos con deportes de invierno. Pero un día nublado era para quedarse en casa o estar con los amigos pasando el rato. Y eso hicimos, después de más de una hora seguía sin saber quién era pero la verdad que era muy maja, me caía muy bien.

– Bueno, ya es hora de que me vaya al hotel. Que estoy agotada del viaje. – Dijo Carla mirando al reloj con cara de cansada. Va al hotel así que ni ella ni ningún familiar tiene casa en el pueblo.

– Ok, te acompaño que tengo que ir a comprar y me pilla de paso. – Así aprovecho para poder sonsacarle algo más.

En el camino al hotel hablamos de series y de películas. Yo siempre había sido muy cinéfilo y ella parece que también lo era, más o menos teníamos los mismos gustos. También hablamos del cine del pueblo, por lo visto ella no lo conocía así que cuando estuvo por el pueblo debía de ser bastante pequeña. La verdad es que la chica me gustaba así que la inventé a ir al cine al día siguiente. La supuesta Carla me dijo que mañana no iba a poder quedar porque tenía que ir a ver unos cuantos pisos para ver cual alquilaba. Me invitó a ir con ella y yo le dije que sí. Tampoco es que tuviese muchos más planes.

Así que fuimos a ver los pisos, al día siguiente al cine y al final estuvimos quedando durante toda la semana. Se nos notaba que estábamos a gusto juntos, pero yo seguía sin saber quién era y de qué me conocía. No recordaba a ninguna niña que hubiera estado en el pueblo y luego se hubiera ido. Tampoco podía ser que fuéramos a clase juntos porque ella dijo que no era de aquí y yo siempre había ido con los mismos niños del pueblo a clase.

Así que llegó el sábado, habíamos quedado para cenar en, para mi gusto, el mejor restaurante del mundo. Así que había reservado una mesa en la terraza para cenar.

– ¡Vaya vista más bonita! – Le brillaban hasta los ojos, eso era que de verdad le había gustado el paisaje.

– Sí, por eso yo siempre que vengo a este restaurante intento reservar la misma mesa. Por cierto… sigo sin saber quién eres…

– Jajajaja, ¿ni una pequeña idea? ¿te rindes? – Otra vez esa sonrisa picarona.

– Sí, la verdad que no, no caigo. He intentado recordar, pero no se… me resultas muy conocida y me caes muy bien así que supongo que habremos sido amigos, pero… estoy perdido completamente.

– Vaaale, a ver… bueno, vas a alucinar un poco. – De repente Carla se puso sería. – ¿Te acuerdas del verano en el que hubo fiestas en el pueblo y trajeron unos cachivaches para los niños? Pues… bueno, yo vine con mi familia y esas atracciones…

– No recuerdo de haber hablado con ninguna niña… – Estaba completamente seguro de que no podía a ver sido yo cuando entonces me di cuenta- ¡No!¡No!, no puede ser… ¡¿Eres Santi?!

– Sí, bueno… ahora Carla, que es el nombre que me puse al convertirme en chica.

Fue super fuerte, sí que no me lo esperaba, yo había empezado a sentir cosas por ella así que no iba a dejar que aquello me echase para atrás y efectivamente no lo hizo porque ahora llevamos más de 15 años casados.

Un robo más

No era mi primer robo, pero era en el primero que participaba sin haberlo ideado yo. Hacía 2 meses que ya habíamos planeado el golpe. Mi mejor amigo Juan me comentó que necesitaban a alguien con mis habilidades para robar. Yo al principio no le di mucha importancia, él siempre decía que íbamos a robar esto y lo otro, pero al final nadie robaba nada. Tenía demasiados pájaros en la cabeza. Pero en esta ocasión decidió juntarnos a todos y explicarnos cual era el plan y lo mejor, qué era lo que íbamos a robar. Después de un par de horas explicándonos todo solo nos quedó claro que lo que quería robar era un banco y que nos repartiríamos las ganancias. La verdad es que el resto no le importaba a nadie.

Estuvimos quedando durante esos 2 meses para poder definir qué haría cada uno. Yo no había podido reunirme mucho porque estaba en la época de los finales por eso esta vez me lo habían dado todo masticadito. No conocía a la mitad de los asistentes a las reuniones, o faltaban ellos o faltaba yo por lo que solamente sabía un par de nombres y lo que tenían que hacer, pero no ponía cara a ninguno de ellos.

Después de quedar esos meses solamente quedaba una semana para que llegara esa fecha señalada, el día en el que robaríamos el banco. Como siempre, aunque habíamos estado preparándolo con antelación habíamos pasado todos un poco porque al fin y al cabo quedaba todavía mucho tiempo para robarlo, pero nos habíamos dormido en los laureles y ahora teníamos que repasar el plan minuciosamente para que nada saliera mal.

La noche antes del robo no dormí apenas nada, estaba nervioso, no era mi primer robo ni el más difícil que había participado, pero con este robo tenía un mal presentimiento desde el principio, lo que me hacía sentir intranquilo.

Entonces llegó el gran día, nos pusimos las caretas a la vuelta de la esquina, tenía que ser en un sitio apartado para que nadie nos viese las caras. Los que teníamos que robar el banco entramos y los otros o se quedaron vigilando o escuchando las emisoras de la policía o preparando el plan de huida. Solamente íbamos a entrar 3 en el banco. Mi amigo Juan, un tal Pablo y yo.

-Hola señores, esto es un atraco. Poneros todos de rodillas y con las manos en alto. – Esto lo dijo Juan, en teoría dijo que lo decía él porque daba más miedo, pero lo dijo tan despacio y con tan pocas ganas que no asustaría ni a un niño. Supongo que la gente no quería arriesgarse y aun así pareció que todos le hicieron caso.

Después de esto Pablo redujo al vigilante de seguridad y le puso boca abajo en el suelo con las manos en la cabeza. Yo estaba algo nervioso porque al entrar vi que una cajera hacía un gesto raro supongo que, porque quería pulsar la alarma, pero creo que la intercepté antes. Aun así, quería asegurarme.

-Chicos, ¿podéis aseguraros de que está todo tranquilo por ahí? – Dije en bajo apartándome de los rehenes y hablándole al micro de mi camiseta.

-Aquí Vigilaman, parece que no han activado la alarma, y parece que la policía no ha dado ningún aviso por lo que de momento tenemos vía libre. Cambio y corto. – Jorge tan cachondo como siempre… es incapaz de tomarse nada en serio.

Después de reducir al guardia el siguiente paso en el plan era que yo les quitase los móviles a los rehenes y los llevase a la sala del fondo. Mientras Pablo y Juan se encargaría de ir con el director del banco a la caja de seguridad a por el dinero.

Les quité el móvil sin problema, cada uno me dio el suyo así que parecía que todo estaba saliendo bien. Yo me senté encima de la mesa y senté a los rehenes en el suelo. En total eran 8 personas. Habíamos elegido esa hora y ese día porque después de haber estado estudiando el banco nos pareció que era el momento en el que había menos gente en él y por lo tanto menos posibilidad de problemas. Pablo y Juan habían estado estudiando el plan detenidamente pero aun así echando cálculos tardarían más de 15 minutos en coger todo el dinero. Solamente eran dos y tenían que llenar 3 bolsas bien grandes.

-¡Aaaaah! Ayuda por favor… – Me giré y vi a una chica embarazada de unos 30 años sentada en el suelo.

-A ver… ¿Qué te pasa? – No sabía si fiarme o no, ¿y si era una distracción? Así que me acerqué a ella, pero sin quitar la vista de los demás.

-¡¡He roto aguas!!- Lo que me faltaba…

-Pues vas a tener que aguantarte hasta que marchemos de aquí. No tardaremos mucho más, solamente unos 10 minutos, luego ya llamas a la ambulancia, vas al hospital o lo que sea.

-No no, ya viene tengo que empujarrrrrrrr.- La chica se puso boca arriba y se levantó el vestido.

-Vamos a tener que ayudarla a dar a luz. ¿Alguno sabe cómo? –Dijo una señora que estaba al lado de la embarazada, posiblemente sería su madre.

La gente se volvió loca y se pusieron todos de pie en busca de toallas o algo así. Yo me puse nervioso así que apunté a todos con la pistola y les dije que se quedaran en su sitio que no quería que se movieran ni un pelo. No me fiaba. Mi hermana había tenido un niño hacía poco y yo había asistido al parto así que algo recordaba, pero… algo tenía que hacer. No podía llamar a nadie mientras los otros dos estuviesen ahí atrás con el dinero y si marchábamos ya el atraco no habría servido para nada, llevaban muy poco tiempo con el director. Así que me puse a avisar a los de afuera.

– Chicos, aquí hay una embarazada que parece que va a dar a luz así que voy a intentar que nazca el bebé…

– Aquí Vigilaman, lo que no te pase a ti… Suerte tío.

Por suerte el baño estaba al lado de la sala así que le dije a la supuesta madre de la embarazada que fuera a por agua y a por papel. Y cogí mi chaqueta como si de una toalla se tratase. Abrí las piernas a la chica y cuál fue mi sorpresa cuando vi que ya estaba casi la cabeza del bebé fuera.

-A ver… ¿cómo te llamas? – quería que fuera lo mejor posible si algo se complicaba y la chica o el bebé no acababan bien la culpa sería para nosotros y no solo sería un atraco, sino que sería un homicidio o peor, un asesinato.

-Ana, Ana…

-Vale, ahora tienes que empujar muy fuerte.

-Aaaaaaah, ahhhhh

La chica empujó y en menos de 5 minutos el bebé ya estaba fuera. Lo cogí y parecía que estaba todo bien, el bebé lloraba y ella parecía que estaba bien. Yo ya no podía respirar con la mierda careta… me iba a dar algo, así que después de el gran momento que acababa de vivir, quería salir de ahí ya.

– Los de la caja fuerte, ¿Cómo vais?

– Nos falta un par de minutos ¿va algo mal?

– No, estamos todos bien. Pero me estoy agobiando así que daros prisa.

– Ya lo hacemos…

La verdad es que en menos de 2 minutos Juan y Pablo se acercaron a la sala con las tres bolsas, yo cogí una de ellas. Salimos por la puerta y nos fuimos al coche con el resto. Al final todo había salido bien, pero… si alguien me hubiera dicho que asistiría a un parto alguna vez me hubiera echado a reír, pero al final… bueno, fue un gran final.

Búhos diurnos

Nunca me hubiera imaginado que mi vida se acabaría de esa forma. La semana había pasado sin mucha novedad. Iba y venía del trabajo y mi vida básicamente era ver series por la noche o dar algún paseo. Estaba claro que la vida estaba hecha para madrugadores porque yo sin duda cuando estaba más espabilada era por la tarde-noche, justo cuando la gente ya estaba ultimando los preparativos para el día siguiente y pensando en dormir.

El fin de semana había llegado y yo tenía ganas de no hacer nada. Al fin y al cabo me pasaba casi todo el día fuera de casa por trabajo y me apetecía quedarme en ella. Por eso me puse un capítulo de una de las muchas series que estaba viendo. Sin embargo, al cabo de unos 20 minutos, cuando ya estaba en la mitad del capítulo, alguien llamó por teléfono. En el móvil me aparecía como número oculto por lo que después de un rato, estando a punto de cortarse la llamada me decidí a coger. Mis pensamientos iban de si podría ser una estafa a si podría ser alguien de la policía o algún hospital. Para mi sorpresa no era nada de eso.

– ¿Diga?

– Buenas tardes, son el Capitán Sergio Fontes del escuadrón 17 del ejército. Querría hablar con Melissa Dizum. – su voz era muy grabe y su tono muy serio.

– Ehh si si, soy yo. ¿Ocurre algo? – mi cabeza ya estaba imaginando cosas, desde evacuaciones de emergencia hasta apocalipsis zombis.

– Nos ha llegado su currículum y querríamos concertar una cita con usted. – contestó muy tajante.

– Pero… yo no he enviado ninguno, de hecho, ya estoy trabajando y no me he puesto en contacto con usted.

– Sí, lo sabemos. Sabemos todo sobre su vida, por eso querríamos concertar una cita con usted ya que nos parece la persona idónea para el trabajo. No tiene nada que perder. Venga a la reunión y luego ya decide si quiere cambiar de trabajo o no. ¿Qué le parece quedar sobre las 7 en el aeropuerto? – Yo no daba crédito. La verdad que él tenía razón. No tenía nada que perder y tampoco es que estuviera en mi trabajo ideal por lo que no encontraba ningún motivo para no ir y ver que me comentaban.

– Vale, allí estaré. – Contesté con un hilillo de voz. Esa voz de ultra tumba me ponía nerviosa.

Nada más contestar cortó la llamada sin despedirse ni nada. No entendía el motivo de esta llamada. Nunca había sobresalido por nada y mucho menos en el trabajo. Tampoco sabía a qué fin me citaba en el aeropuerto y porqué sabía todo sobre mi.

Las horas siguientes me las pasé repasando mi vida completamente para ver si se me había olvidado algo o si me había registrado en alguna página rara donde aceptas todo sin ni siquiera leerlo. Pero no, no recordaba nada extraño.

Ya eran casi las siete cuando llegué al aeropuerto. No habíamos quedado en un sitio específico y no veía a nadie vestido de militar ni nada parecido así que decidí quedarme en la puerta principal a esperar. Al cabo de unos minutos vi cómo se acercaba a lo lejos un militar. Llegó a mi altura y nada más presentarse me invitó a que le siguiese. Era el chico con el que había hablado por teléfono. Estuvimos caminado un rato, pero casi no podía seguirle el paso. Rodeamos todo el aeropuerto y entramos por una puerta que no había visto nunca. Dentro había una explanada enorme y varios helicópteros. Caminamos un poco más hasta que el chico se paró en seco.

– Bueno Melissa, vas a subirte en ese helicóptero y ellos te llevarán a tu destino. – dijo mirándome de reojo.

– Pero… vamos a ver… una cosa es venir sin saber nada a una entrevista y otra que tenga que ir en helicóptero a ella. – Ya estaba cansada de tanto secretismo.

– No tengo autoridad para contar nada. No está aquí obligada. Si quiere irse puede hacerlo sin problema. Eso sí, no habrá más oportunidades. O se va o viene conmigo. Decida ya. – Me daban ganas de gritar y decirle un par de cosas que harían estremecerse a mi niña interior, sin embargo, me mordí la lengua.

– Voy. – dije con voz muy seria para que notase mi mal humor y lo que me había costado mantener la compostura.

Los dos nos subimos al helicóptero. Al principio me dio un poco de miedo, pero al cabo de unos minutos ya me había acostumbrado al ruido y al movimiento. Al cabo de media hora comenzamos a descender. Una vez en tierra firme vi a dos señores que nos estaban esperando. Nos saludaron y nos invitaron a entrar al edificio. Por lo visto habíamos aterrizado en la azotea. La verdad que ni me había dado cuenta hasta que entramos al edificio.

No parecía un edificio muy nuevo, pero dentro estaba la sorpresa. Estaba todo reformado y con la última tecnología. De hecho para poder pasar la puerta tuvieron que escanear el iris y hacer el control por voz. Nos llevaron a una sala y allí el Capitán Sergio se despidió y me deseó suerte. No es que hubiéramos hablado mucho pero era el más conocido entre los desconocidos. Ahora tendría que esperar sola a que llegase alguien más. Unos minutos después llegó una chica. Me hizo un montón de preguntas, incluso preguntas que se podrían ver como confidenciales, pero… ya que había estado tanto tiempo esperando la entrevista tendría que aprovechar la oportunidad.

Le debí de gustar porque me dijo que era la candidata perfecta. Lo único que tendría que hacer era esperar. Ahí estuve esperando hasta que de repente sentí un pinchazo en mi cuello. Me giré rápidamente y vi a un señor muy corpulento con bata blanca. Intenté pedirle explicaciones pero no salió sonido de mi boca. Estaba completamente paralizada. No podía moverme pero podía ver y escuchar todo a mi alrededor. Me subieron a una camilla y me llevaron hasta una sala que me recordó a un quirófano. Vi como me cogían el brazo izquierdo y como me inyectaban algo.

Unos minutos después se habían ido todos o al menos no estaban en mi campo visual ni hacían ruido. No se cuanto tiempo estuve así pero de repente escuché una voz que decía:

-Nada, el experimento a fracasado de nuevo con el actual sujeto. Pensé que estaba vez lo teníamos, el fármaco debería de haber funcionado mejor en personas acostumbradas a vivir en la noche. Esperad a que muera y deshaceros del cuerpo cuanto antes.

El cuento

Érase una vez una niña que le gustaba mucho mucho salir a recoger flores. Todas las tardes iba al bosque que tenía al lado de casa a recoger un ramillete de flores. Era muy habitual para ella, pero un día decidió ir un poco más lejos. Era el cumpleaños de su madre y quería recoger las flores más bonitas del bosque. Su mejor amiga le dijo que estas se encontraban cerca del lago así que Carla como todos los días, cogió su chaqueta y fue a por flores al bosque. Pero como en esa ocasión quería que fueran las mejores fue a recogerlas cerca del lago. Allí había unas flores preciosas, Carla estaba muy contenta, a su madre le encantarían. Ya estaba volviendo a casa cantando de felicidad cuando escuchó un ruido detrás suyo. Se giró y vio que era un perrito. Se acercó a él para ver de dónde había salido, quizá en el collar pusiera como se llamaba o su dirección. Nada más acercarse al perro este hecho a correr. Carla lo siguió a través del bosque, pasó por delante del lago y atravesó un par de claros. Con la emoción del momento se le cayó el ramillete tan preciado al suelo. Carla se dio cuenta cuando ya llevaba un rato corriendo y aunque seguir el perro era una nueva aventura para ella no quería ir con las manos vacías a su madre. Con lo contenta que estaba ella con ese ramillete…

Carla estuvo dando vueltas por el bosque durante 10 minutos más, pero seguía sin encontrarlo. Entonces volvió a ver al perro a lo lejos y fue hacia él. Si en vez de llevarle el ramillete a su madre le llevaba el perro quizá esta se pondría igual de contenta. Al acercarse, algo le destelleó en los ojos. Miró hacia el lugar de dónde provenía la luz y vio que había una caja enterrada en la ladera del río. Solamente sobresalía una esquina, pero fue suficiente para Carla por lo que empezó a desenterrarla. La caja no era muy grande, aproximadamente del tamaño de una caja de zapatos. Tenía un relieve trenzado por toda la caja simulando las cadenas de los barcos. Aunque la caja era de metal no tenía ningún candado ni nada para cerrarlo. Así que fue muy fácil para Carla abrirlo. Dentro de la caja había un mapa dibujado a mano:

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Carla no lo dudó ni un segundo. Quería seguir el mapa y descubrir cuál era el tesoro. Así que cogió al perrito en cuello y fue caminando siguiendo el mapa. Ya estaba un poco cansada y ya estaba pensando en dejarlo por imposible cuando vio a lo lejos un árbol con una cruz tallada en el tronco, por lo que corrió hacia él. Lo que no se esperaba Carla es que al acercarse al árbol el suelo cedería provocando que se cayera por una especie de túnel. Estuvo cayendo más de 5 minutos o eso fue lo que le pareció a Carla, se le hizo eterno. Al llegar abajo no se hizo daño porque cayó en algo blando. No podía ver que era porque estaba todo oscuro. El perro consiguió zafarse de las manos de Carla y este se marchó corriendo y ladrando. Ella no podía ver nada así que decidió seguir al perro gracias a sus ladridos. Carla tenía mucho miedo, estaba todo a oscuras, no podía ver nada, no sabía dónde estaba y lo peor, no sabía cómo podría salir de ahí y volver a su casa con su madre.

Entonces apareció a lo lejos una luz, ella fue corriendo hacía esa salida. Pero cuál fue su sorpresa cuando vio que esa luz no llevaba a la salida de ese túnel, sino que acababa en una habitación. Era una especie de salón, en la parte de la derecha había una cocina y luego al fondo se podía ver cómo había una cama. Mientras Carla estaba buscando una llave para poder salir por la puerta apareció un chico. Al principio ella no se dio cuenta y le parecío que el chico era como cualquier otro chico hasta que se fijó que enrollado al cuello tenía una bufanda con pinchos. Carla le preguntó sobre esa bufanda tan rara y él le explicó que todo lo que había leído en cuentos era verdad y que él vivía en un mundo subterráneo donde antiguamente la magia estaba por todas partes, pero ahora con el reino de la bruja todo era oscuro y malvado.  Carla se quedó muda y se puso a llorar desconsoladamente. Ella no entendía nada, solo sabía que quería salir de allí y volver a casa. El chico intentó consolarla, pero nada la calmaba. Él llevaba años queriendo salir de allí y no había podido así que ella iba a ser muy complicado que saliese.

Se había hecho tarde así que el chico le preparó la cena y estuvieron hablando, ideando un plan para salir de allí. Carla empezó por contarle como había llegado allí, como había seguido el mapa y como con la ayuda del perrito había conseguido salir. Entonces ella se dio cuenta. ¿¡Qué había pasado con el perrito!? El chico y ella fueron con una antorcha por los túneles para encontrar al perro, pero no se le veía por ningún lado. Escucharon un ladrido al fondo y fueron corriendo hacia él. ¡Era el perrito! Estaban tan absortos con el perrito no se dieron cuenta que detrás suyo habían aparecido los esbirros de la bruja malvada. Estos los apresaron y los llevaron ante la bruja. Allí, estaba la bruja. Carla no sabía si la bruja estaba de buen humor o si en el fondo no era tan mala como parecía, pero al ver que habían sido ellos los que habían conseguido encontrar a su perrito les dejó hacer una petición. Ambos pidieron poder salir de allí, pero la bruja les dijo que solo uno podría salir. El chico no lo dudó, dijo que se llevaran a Carla con su madre, al fin y al cabo, ese había sido siempre su hogar y no tenía familia, pero ella era una niña que solamente quería ir con su madre. La bruja aceptó e hizo dormir a Carla para poder llevársela a casa. Ella despertó en mitad del bosque al lado del lago por lo que corrió y se fue a su casa a reencontrase con su madre. Todo ya había pasado y todo había acabado bien así que Paula, si Carla siendo también una niña pudo aguantar sola en ese nuevo mundo con lo asustada que estaba, tú también puedes aguantar en ese armario hasta que los bomberos puedan sacarte de ahí.

 

Una buena historia para contar

Hace mucho, mucho tiempo estaba jugando al baloncesto con mis amigos cuando oímos un ruido atronador venir de cerca de una casa. Al principio no le dimos importancia, pero cada vez sonaba más y más alto así que decidimos ir a mirar que era aquello que sonaba tanto. Al acercarnos allí descubrimos que no era ni una persona, ni un objeto golpeando algo, sino que era un pobre gatito que se había enganchado con una cuerda y no era capaz de librarse de ella así que estaba dando golpes a la pared. Intentamos desenganchar al gatito, pero no había manera por lo que fuimos a la casa de al lado a por un par de tijeras o alicates para cortar esa cuerda, pero ni con esas pudimos. Romper, rompimos la cuerda, pero estaba tan enrollada en la pata que no pudimos desengancharle. Una anciana que estaba en la casa nos dijo que llamáramos a la policía o a los bomberos para que vinieran a rescatarle. Nosotros éramos pequeños y no teníamos móviles así que la anciana nos mandó entrar para que pudiéramos llamar desde su teléfono fijo. Nos dijo que ella no podía llamar por teléfono porque no oía bien y no iba a escuchar nada. Con las mismas, entramos todos en la casa para hacer la llamada.

Al entrar vimos que la casa estaba a oscuraa y que había plásticos encima de todos los muebles. Después descubrimos que la anciana era ciega y era su hijo el que se encargaba de cuidar la casa, pero vamos… muy cuidada no estaba. El teléfono estaba en su habitación por lo que tuvimos que subir las escaleras hacía el primer piso.

La señora nos dijo que su habitación era la segunda a la derecha. Estábamos yendo hacía ella cuando vi a alguien sentado en una silla en la primera habitación. Ella nos había dicho que estaba sola así que, aunque no debería de haber entrado para cotillear, entré y vi que lo que me había parecido una persona era solamente un maniquí que estaba allí con un vestido. Quizá su hijo era diseñador, no lo sé, pero había hecho que me llevara un buen susto. Me fui corriendo hacia la segunda habitación con mis amigos. Obviamente no les iba decir nada de eso, no quería que se rieran de mi o que ellos mismos se asustaran.

Después de llamar estuvimos esperando con el gatito un buen rato hasta que llegó la ayuda. Con mucho cuidado y unas tenazas pudieron soltarlo. Iban a llevarlo al veterinario para que miraran si estaba bien. Todo había salido bien por lo que después de esa aventura estuvimos jugando un rato más al baloncesto ya más tranquilos.

Después de algo más de media hora volvimos a escuchar otro golpe, pero en esta ocasión parecía como que se había caído algo. De nuevo corrimos hacia el ruido y otra vez nos llevó a la misma casa. Lo primero que pensamos fue que la anciana se había caído y que quizá estuviera en apuros. La pobre estaba ya muy mayor y no era muy ágil por lo que llamé al timbre. Estuve llamando durante más de 2 minutos, pero allí no aparecía nadie. Miramos por la ventana y parecía que había movimiento dentro, quizá la anciana no podía abrir la puerta. No se nos ocurría que hacer hasta que a uno de mis amigos se le ocurrió la genialidad de entrar por una de las ventanas de la casa. No estaba muy alta y había un árbol al lado de ella así que podíamos subirnos y entrar a la casa por ahí. Aunque la idea fue de mi amigo él dijo que le dolía algo la rodilla, vamos, una excusa para no entrar, así que me tocó a mí primero subir por el árbol y entrar por la ventana. Tenía bastante experiencia en subirme a las cosas, yo siempre había sido un niño muy travieso e inquieto.

Entré a la casa y vi que esa ventana daba a la habitación del maniquí. Y como no, otra vez me volví a asustar del maniquí. Justo estaba entrando otro de mis amigos por la ventana cuando me asusté y le di un pequeño empujón al retroceder. Él se agarró como pudo al árbol, pero acabó cayendo por él hasta el suelo. Yo rápidamente me puse a bajar por el árbol para ayudarle, pero el resto de mis amigos me dijeron que yo me quedara ahí dentro y que llamara a la ambulancia, que ellos se quedarían con el accidentado. Fui a la habitación de al lado para poder llamar por teléfono. Entonces fue cuando lo vi, vi a la anciana a medio vestir encima de una chica en la cama. La anciana me miró con cara de enfado y entonces fue cuando me di cuenta de que ella no era una anciana, sino que era un hombre. Yo me quedé en shock, tenía que hacer algo, la chica estaba malherida y solamente lloraba. Corrí como pude hacía la ventana para bajar por allí, pero al entrar a la habitación del maniquí me tropecé con una caja, rompiendo un par de fotos que había en la mesita.

Lo siguiente que recuerdo es despertar en el hospital. Los policías me dijeron que me había golpeado la cabeza y que gracias a nosotros la anciana se había salvado. Yo no daba crédito a lo que me decían. Les conté todo lo que había pasado dentro de aquella casa, pero no encontraron ni a la chica, ni nada que pudiera verificar mi historia. No me creyeron nada, solo comentaban que la anciana no podía haber hecho nada de eso que era muy vieja, que apenas se podía mover que cómo podía ella haber hecho eso… Solo les pedí que le quitaran la peluca a la anciana para que descubrieran que en realidad era un señor de unos 40 años el que se encontraba debajo del disfraz de la anciana invidente. Llamaron a la anciana para pedirle que se quitara la peluca. Entonces lo entendí todo, entró una anciana sí, pero no era la anciana que yo había visto dentro de la casa ni fuera con el gatito. ¿Quién era ella? Les volví a explicar todo de nuevo, pero en esta ocasión la anciana verdadera estaba escuchando y se puso a llorar desconsoladamente. Los policías la atendieron y le preguntaron la razón por la que lloraba. Nos quedamos todos blancos cuando descubrimos la verdad. La anciana que yo había visto y la que me había atacado era en realizad su hijo. Él se hacía pasar por su madre para poder acechar a sus víctimas y raptarlas con el fin de violarlas.

Esta experiencia se me quedó grabada en la mente durante años, de hecho, así es como comenzó todo, fue como descubrí mi vocación para ser detective, resolviendo mi primer caso en primera persona.

 

No tengas miedo

No tengas miedo, no te va a pasar nada, esta es una ciudad muy segura. Eso es lo primero que me dijeron al llegar aquí. Sé que no es buena idea asustar a la gente para que no vengan y quizá algunos estén contentos de estar aquí, pero yo no y por eso os voy a contar mi experiencia.

Llegué aquí con la esperanza de poder encontrar algún trabajo decente. Yo soy de un pueblecito pequeño y venir a la gran ciudad me abriría muchas puertas por eso cuando me dieron la oportunidad de mudarme con uno de mis mejores amigos de la infancia no me lo pensé dos veces. Cogí lo imprescindible y pillé el primer tren hasta la ciudad. Al principio me pareció todo enorme y con muchísima gente. Pero después de un par de días te habitúas muy rápido. El pisito no estaba mal y la zona tampoco.

Empecé a echar currículums en diferentes sitios, pero pasados ya tres meses nadie me había llamado, lo cual me hacía sentir que no servía para esto o que estaba perdiendo el tiempo. Pero no podía hacer otra cosa. Mis ahorros ya se estaban acabando por lo que decidí buscarme un trabajo, aunque no fuera de lo mío o por lo menos no para lo que había estado formándome.

Estuve trabajando de repartidor de pizzas, de vendedor de seguros e incluso limpiando unas oficinas. Todos estos trabajos habían sido temporales, mal pagados y por supuesto trabajando muchas horas sin descanso. Por eso cuando mi compañero de piso me dijo que había quedado una vacante libre de camarero no me lo pensé dos veces y fui a hacer la entrevista. La verdad es que, aunque no había trabajado oficialmente de camarero mi familia tenía un bar en el pueblo, de hecho, el único bar que había en el pueblo era de ellos. Por eso, cuando fui a la entrevista estaba tranquilo, sabía apañármelas con la bandeja y con los clientes.

– Bueno… parece que sabes cómo manejártelas solo y además Juan me ha dado buenas referencias así que, por mí, es tuyo el trabajo.

– Ok, perfecto. Yo encantado.

El trabajo estaba bastante bien, eran muchas horas, pero estaba bien pagado y el jefe parecía una persona razonable o por lo menos normal. Así que me dijo que si quería podía empezar ese mismo día. Me dio un uniforme de mi talla y me fui a casa a ducharme y a descansar un poco antes de volver al bar. La verdad es que no estaba lejos de casa y podía ir andando. Juan tenía el mismo turno que yo así que podíamos ir los dos juntos. Mi nuevo jefe me dijo que podía cambiarme allí o sino ir ya cambiado. En esta ocasión decidí ir con mi ropa de calle y cambiarme allí, pero quería probarme el uniforme porque no sería la primera vez que me confundo de talla, nunca se me había dado bien ir de compras.

Cogí la bolsa donde en teoría debería de estar el uniforme y efectivamente estaba el uniforme, pero enredado entre la camiseta había una pistola. ¡Una pistola! Entonces empezaron a aparecer por mi cabeza todas las escenas de película donde un inocente tocaba una pistola y ya iba a ser condenado por esas huellas. Pero si cogía la pistola y la limpiaba podía borrar alguna prueba que hubiera en el arma.

Me senté un rato en el sofá con la pistola enfrente mío, encima de la mesa. Y estuve dándole vueltas para saber cuál sería mi siguiente paso. Después de un buen rato ya sabía que era lo que tenía que hacer o por lo menos lo que a mí me pareció mejor. Iría a la policía y contaría lo que me había pasado. Con un poco de suerte verían que no tengo pinta de criminal y me creerán o indagarán un poco más en aquel bar.

Me estaba poniendo la chaqueta y cogiendo las llaves de casa con la bolsa del uniforme y la pistola cuando llamaron a la puerta. ¿Sería Juan o sería el del bar que se había dado cuenta del fatal error que acababa de cometer?

Volvieron a llamar y al ver que no abría la puerta, empezaron a abrirla con una llave. Así que seguramente era Juan que había venido a casa a por algo en vez de quedarse en el bar.

– Hola, como no abrías pensé que no estabas en casa. ¿No vienes al bar? Vas a llegar tarde el primer día.

– Hola… eh… sí, es que… – no sabía si decírselo o no pero no quería mentirle, nunca se me había dado bien. – Mira lo que he encontrado dentro de la bolsa del uniforme.

– Ah, el jefe ya te dio un primer recado nada más llegar, eso es que le impresionaste.

– ¿Cómo? ¿tú sabías esto? – dije todavía con el mio en el cuerpo.

– Pues claro, trabajo de camarero, pero ¿cómo crees que me puedo permitirme tener este piso aquí, la casa del pueblo, el coche…? De vez en cuando hay que hacer algún trabajillo extra para sacarnos un sobresueldo.

– Ya… pues yo no tenía ni idea… y por supuesto que no voy a trabajar en eso. Yo no quiero meterme en nada ilegal.

– Bueno… pues entonces…. No se… – Juan estaba dudoso.

– Esto no está bien. Vamos los dos a la policía para que lo meten preso y a nosotros no nos pase nada. – argumenté.

– Vale, vamos a la policía.

Justo cuando estaba saliendo por la puerta noté un golpe muy fuerte en la cabeza.

– ¿Y ahora qué hacemos con él? – preguntó Juan.

– Habrá que matarlo, si como dices nos iba a denunciar hay que hacer algo. – respondió una voz.

– Ya… pero es mi amigo…

– Tú lo trajiste aquí, quiero este lío solucionado hoy.

Sentí una puerta cerrarse y abrí los ojos, me había estado haciendo el desmayado para escuchar sus planes. Ahora ya sabía que Juan me tenía que matar así que yo tenía que salir de allí como fuese. No había nada en la habitación y no tenía mucho tiempo, seguramente Juan había ido a buscar alguna pistola para matarme. Así que miré si me habían quitado mi móvil y efectivamente no lo tenía, pero recordé que tenía mi reloj y si mi móvil no estaba muy lejos podría enviar un mensaje al alguien sin que ellos se dieran cuenta desde mi propio smartwatch. Por suerte, mi reloj todavía estaba conectado así que envié un mensaje a mi madre. No sabía a quién enviárselo, pero ella sabría que yo no hago bromas y llamaría a la policía:

Mamá, estoy secuestrado, Juan me quiere matar,

estoy en la Avenida Grande, número 4.

Llama a la policía.

Estuve sentado y mirando por la ventana esperando ver a algún coche de policía, pero nadie venía. De repente escuché un ruido, así que me volví a echar en el suelo como si estuviera inconsciente.

– Despierta, despierta- me tiró un vaso de agua fría por la cabeza.

– Juan… ¿qué pasa?

– Pues que te tengo que matar tío, ¿a que fin dices que nos vas a delatar? ¿cómo me haces esto?

– ¿Yo?, pero si eres tú el que me quieres matar, podíamos haber ido a la policía y los dos estaríamos a salvo.

– No te enteras de nada… yo no quiero que esto acabe, el jefe me trata muy bien y gano mucho dinero, podíamos haber sido socios y haber ganado mucho dinero juntos, pero no, tenías que meter las narices y hacerte el héroe.

Juan me apuntó con la pistola cuando la puerta se abrió de par en par, era la policía. Si hubieran llegado un poco antes Juan no me hubiera disparado y si hubieran llegado un poco más tarde yo estaría muerto pero el destino quiso que la bala me diera en la columna y yo me quedara en silla de ruedas.

Así que queridos lectores, tened cuidado en quien confiáis. Cuando menos os lo esperéis os pueden dar una puñalada por la espalda o en mi caso un balazo.

Mis memorias

Ser escritor no es nada fácil. Haces lo que te gusta, pero nadie te lo recompensa. Ya no digo con dinero, ya que para muchos es un hobby como en mi caso, pero ni siquiera nadie lee lo que escribes. Hoy en día ¿quién va a pararse a leer algo en este mundo tan frenético? A lo mejor en un futuro las máquinas podrán hacer el trabajo por nosotros y podremos dedicar más tiempo a la lectura, pero ahora mismo, con todo el ajetreo de la vida cotidiana no es posible. O eso es lo que me decía mi padre. Nunca le gustó que escribiese. Para él era una pérdida de tiempo. Yo siempre le explicaba que para mí escribir era necesario ya que era la única manera en la que me podía expresar, ya sea para otros o para mí mismo. Esta siempre había sido la gran discusión de mi familia. Todo el mundo sabía que si alguien sacaba este tema se estropearía el día y se podría notar la tensión en el ambiente.

Recuerdo un cumpleaños en el que mi tío me regaló un cuaderno y una pluma para que escribiese. La escena se volvió dantesca ya que mi padre se puso como una fiera e insultó a todos. Cogió mi regalo y lo tiró al pozo que había en el jardín. Mi padre siempre ha sido de prontos, pero en esta ocasión se había pasado. Estuvimos sin hablarle durante semanas hasta que se calmaron las aguas. Aunque hablando de agua… La que montó al tirar la pluma y el cuaderno al pozo. Gracias a eso, la tinta se mezcló con el agua y estuvimos sin poder utilizar el agua durante meses.

Mi padre podía ser la persona más maja y agradable del mundo mientras no hablases de la escritura. Recuerdo un momento en el que estaba muy feliz. Fue cuando arreglé el tractor. Estaba tan orgulloso de mi y de lo que había hecho que se puso hasta a llorar. Por supuesto no lo admitió y nunca lo haría, pero los ojos no mienten. Yo no tendría mucha edad, igual unos 10 años, pero todavía me acuerdo de esa escena. La cabeza es demasiado complicada como para entender cómo seleccionamos los recuerdos que almacenamos.

Mi madre y mis abuelos siempre me contaban que antes mi padre no era así. Siempre tenía una sonrisa en la cara y por supuesto nunca se enfadaba tanto. Ni ellos ni mi madre entienden ese odio a lo que rodease la escritura. Nunca le vi leer un libro, ni siquiera el periódico, pero claro, esto no era del todo verdad. Hace unos años descubrí su motivo y entonces no pude culparle por nada.

Mi padre era un chaval joven en un pueblo pequeño, y para que nos vamos a engañar, bastante chapado a la antigua. Allí todos se conocían y todos sabían a que se iban a dedicar en un futuro. Exactamente a lo mismo que se dedicaban sus padres ya que el oficio se transmitía generación a generación. Por un lado, esto hacía que la vida fuera más fácil porque no hacía falta tomar decisiones difíciles y muy posiblemente al haber estado en contacto con este oficio desde la cuna te acabaría gustando. Sin embargo, por otro lado, si tenías la mala suerte de que te gustase otra cosa lo tenías crudo.

Mi padre siempre había sido muy inquieto y revoltoso por lo que la vida de granjero le pegaba totalmente. Ordeñaba a las vacas, recogía los establos, daba de comer a los animales e incluso se encargaba de las chapuzas de la casa. Sus padres y hermanos también se dedicaban a ello por lo que nunca se le ocurrió pensar en su futuro de otra manera.

Muchos días iba a la tienda del pueblo a llevar la leche recién preparada para que se la comprasen. La tienda no era muy grande, pero al igual que su granja era un negocio familiar. Unos se encargaban de ir a por los productos y otros se encargaban de la venta al público. Las personas que compraban allí eran del pueblo. Casi nunca había extraños, salvo un verano. El alcalde por aquel entonces, por supuesto hijo del alcalde anterior, quería ampliar horizontes y presentar el pueblo a todo el mundo. Por ello había llegado a un acuerdo con una productora para que se grabase allí un episodio de una serie que nunca ha visto nadie ya que ni siquiera se llegó a estrenar.

Durante ese verano se grabó la serie y la vida en el pueblo se alteró completamente. El hostal ya no servía solamente para salidas clandestinas de los jóvenes y no tan jóvenes, sino que todas las habitaciones estaban llenas. Nadie habló sobre lo que les molestase que no hubiera alguna habitación libre porque nadie quería reconocer que iba allí a desahogarse. Sin embargo, el tener gente nueva en el pueblo también daba mucho juego.

Mi padre en una de esas visitas a la tienda para entregar la leche conoció a una chica del rodaje. Era una de las asistentes por lo que se encargaba de la compra y de los recados que le mandasen. Al principio mi padre coqueteaba con ella y ella con él, pero al cabo de unas semanas se fueron haciendo más inseparables. Al cabo de un mes ya eran novios, o por lo menos era en lo que habían quedado entre ellos porque nadie sabía nada. El romance fue totalmente secreto. Si alguien se enteraba de que ella había estado con un chico antes de casarse la tacharían de guarra. No obstante, no quedaría solamente ahí, sino que su jefe seguramente se lo diría a sus padres y estos no la permitirían volver a trabajar en la televisión que era realmente lo que le gustaba. Al ser una chica en esa época solamente le permitían trabajar allí si se encargaba de los recados, pero no la dejaban participar en nada más. Era muy tímida para ser actriz, pero sí que se veía de guionista ya que su imaginación era desbordante. De hecho, era una de las cosas que más le gustaban a mi padre de ella.

Durante esos tres meses mi padre la animó a que escribiera un guion para presentárselo a su jefe. Ella al principio no le gustó la idea, pero luego se animó ya que no perdía nada por intentarlo.

Tres meses duró la relación y durante ese tiempo escribió un guion de uno de los capítulos de la serie. Le había dado una vuelta que hacía que la serie cogiera más ritmo ya que ahora era demasiado lenta para su gusto.

No se atrevía a llevárselo al director. Ella lo había hecho para que mi padre estuviese contento y para pasar el rato, pero realmente no iba a enseñárselo a nadie. Le daba vergüenza y no quería tener más rechazos. Mi padre al principio se enfadó un poco pero luego le dijo que iba a respetar su decisión. Nada más lejos de la realidad ya que al día siguiente cogió el guion que había escrito su novia y fue a entregárselo a su jefe. Al principio se lo tomó a cachondeo, sin embargo, al ver a mi padre tan serio decidió aceptarlo y prometió leerlo.

Pasaron unos días y mi padre no había tenido noticias de la chica así que decidió ir a verla al set de rodaje para explicarle porqué lo había hecho. Al llegar allí le hizo señas para que fuera a verle a una zona más apartada para que pudiesen hablar tranquilamente. Al llegar allí, solamente recibió una bofetada. Su ya exnovia se marchó corriendo muy enfadada de vuelta a sus tareas cuando tropezó con un bordillo. Se cayó al suelo con tan mala suerte que solo se pudo certificar su muerte debido a un gran golpe en la cabeza. Mi padre quedó devastado. Desde entonces todo lo que tenga que ver con la escritura o la literatura le recuerdan a esa chica de quien estaba tan enamorado.

Yo este hecho lo descubrí preguntando aquí y allá por el pueblo y leyendo los periódicos antiguos. Cuando me enteré del motivo de su odio decidí ir a hablarlo con él, pero solamente recibí negativas. Por este motivo he escrito este texto a modo de memorias sobre mi padre, aunque estoy seguro de que él no las leerá.

Vacaciones solitarias

Nunca me había sentido tan bien. Estaba super relajada y disfrutando como hacía mucho que no lo hacía. La verdad es que necesitaba vacaciones ya y estas habían llegado justo a tiempo. Me levantaba de la cama cuando quería, iba a la piscina o a la playa del hotel con mi desayuno en mano, leía un rato o me ponía música y después volvía al hotel para prepararme para cenar. Durante todo el día comía por ahí, pero para la cena iba al hotel. Así que me arreglaba un poco y bajaba a mi mesa.

En esta ocasión había ido sola de vacaciones. Mis amigas me habían dejado colgada a última hora y como ya había reservado los vuelos y el hotel no me daba la gana perderlo. Así que hice la maleta y me vine tranquilamente a esta preciosa zona. En el avión de ida iba preguntándome si no me sentiría sola pero la verdad es que el viaje se me pasó muy rápido. Luego al llegar allí ya era de noche y entraba con la cena así que bajé al comedor y aunque hubiera ido sola me pusieron en la misma mesa que otras 7 personas por lo que nos pasamos toda la noche hablando sobre nuestros sitios de procedencia, de nuestros trabajos, en fin, nos empezamos a conocer unos a otros.

En esa mesa yo era la única que había dio sola. Había una familia de 4. Esta familia estaba compuesta por unos padres no muy mayores y unos niños monísimos de unos 5 años. La verdad es que daba gusto encontrarte con niños que estaban bien educados. Las otras 3 personas eran amigos de la infancia que iban siempre de vacaciones juntos. En esta ocasión se habían estirado un poco más y en vez de ir al mismo sitio de siempre decidieron coger un avión y acercarse a esta preciosa playa.

Durante la cena comentamos las diferentes actividades que había para hacer. Al principio no me llamaron mucho la atención. Me lo estaba pasando tan bien estando tirada descansando que ponerme a hacer algo de deporte me atormentaba. Todos los de la mesa querían apuntarse a la visita de la zona. La verdad es que solo había conocido el hotel y la playa así que igual era bueno ir a hacer una pequeña visita de la zona. Me convencieron y al final me acabé apuntando a esa excursión. Iba a ser al día siguiente por lo que me apunté en la lista esa misma noche y me fui a la cama temprano.

Por la mañana me preparé, esta vez con ropa más de deporte y bajé las escaleras hacía el hall que era de donde salían las excursiones. Para mi sorpresa solo nos habíamos apuntado nosotros 8 a la visita así que tendríamos al guía para nosotros solos. Por suerte nos tocó un guía muy majo y bastante guapete, de esos que te hacen parecer tonta de lo nerviosa que te pones.

Durante la primera mitad del día de la excursión no hacía más que tropezar y de decir chorradas. De hecho, en una ocasión les dije que me había olvidado el sombrero en el bus y al final lo tenía en la cabeza. A ese punto de idiotez había llegado. Durante la comida nos repartieron un picnic a cada uno y, como no, al ir a coger mi picnic me retorcí un pie. El guía me cogió como pudo y me llevó a una piedra mientras él iba a por el botiquín al bus. Los niños, aunque no habían dado nada de guerra, al fin y al cabo eran niños y ya se estaban impacientando. Así que el guía les dijo una zona donde podían ir a bañarse un rato. Estaba a 5 minutos caminando por lo que se fueron todos para allí y yo mientras me quedé sentada en la piedra esperando a que acabara de vendarme el pie.

Intenté levantarme para que pudiésemos ir con el resto de gente, pero me dolía demasiado y no me quedó más remedio que quedarme allí con el guía un rato. A medida que fue pasando el tiempo ya no me sentía tan estúpida hablando, me relajé y ya pude tener una conversación normal con él. Estuvimos hablando de varias cosas, por no decir de muchas y la verdad es que no sé cómo, pero acabamos besándonos. Nos estuvimos besando un buen rato, nos tocamos por encima de la ropa y poco a poco nos fuimos metiendo mano por debajo de ella. Se notaba que había mucha tensión sexual entre nosotros así que al final acabamos haciéndolo allí mismo, en mitad de la arboleda. Grité hasta casi quedarme afónica. Por suerte no había ninguna persona por allí y no nos vio ni nos oyó nadie.

Después de aquello recogimos nuestra ropa y nos vestimos rápidamente. El guía, que por cierto se llamaba Borja, decidió que tal y como estaba yo con el pie lo mejor era recoger y volver al hotel todos. Fue a buscar al resto a la zona en la que se encontraban y recogimos todo para irnos al hotel.

El viaje de vuelta me lo pasé sin hablar nada de nada, pensando todo el rato en lo que acababa de suceder. ¿Cómo podía haberme liado con uno así, sin más? Nunca me había pasado que a la primera de cambio hubiera acabado en la cama, bueno en este caso en el césped, con alguien que apenas conocía. Pero en esta ocasión me había sentido a gusto y me pareció buena idea. La verdad es que el chico era muy majo y quizá podíamos seguir manteniendo el contacto para seguir conociéndonos y para quien sabe si en un futuro ser algo más.

Así que al llegar al hotel cogimos nuestras cosas y yo hice que estaba hablando por el móvil hasta que ya no hubo nadie más en el aparcamiento del hotel. Me acerqué a él con intención de hablar de aquello.

– Eeeeh, hola.

– Hola… ¿ocurre algo? ¿quieres que te ayude a llegar a la entrada?

– No no, no te preocupes con la crema ya me duele menos el tobillo, pero es que… bueno… quería hablar de lo que acaba de pasar.

– Sí, bueno… no hay nada de lo que hablar ¿no? Ósea… fue un polvo y punto.

– Ya ya… ósea… ¿no quieres seguir manteniendo el contacto ni nada? – no sé cómo me atreví a preguntárselo.

– No, para nada, si mi mujer se entera me mata.

– ¡¿Tu mujer?! ¿estás casado?

– Sí, claro, la que está en recepción es mi mujer. Pensé que lo sabías… Trabajamos aquí durante los meses de verano y luego nos vamos a la capital.

 – No, claro que no, pero vale… bueno, pues encantada de conocerte…- En ese momento me quise morir, pero estaba claro que él no quería saber nada de mí así que yo tampoco nada de él.

Fue decir eso y me fui  para dentro del hotel con intención de irme a la habitación y no salir de allí, cuando alguien me agarró del brazo. ¡Era la recepcionista!

– ¡Así que te has liado con mi marido!, ¿no?

– Pero… ¿cómo?..

– Os oí hablar en el aparcamiento y luego te vi caminado hacía aquí coja, muy enfadada. No tienes ningún derecho de estar enfadada. La que debería de estarlo soy yo. ¡Podíamos haber hecho un trío!

Isla Fantasma

Tábita había ido a comer y me había dejado sola con el marrón de la limpieza de la casa. En fin… como si yo no tuviera que comer… Ya había recogido todos los trastos que estaban en el suelo, pero ahora había que quitar la suciedad que estaba pegada tanto en el suelo como en las paredes.

Después de un tiempo terminé de recoger y limpiar todo así que decidí ir a comer al restaurante de la esquina. Al llegar enfrente de la puerta, escuché como anunciaban un viaje.

Viaje a la Isla Fantasma. Esta isla muy poco conocida es la gran novedad. Todos quieren ir allí. No te quedes sin nadar en su costa o sin probar su sabroso pescado autóctono.

Me habían comentado que estos viajes de última hora salían muy bien de precio y que eran bastante aventureros, por lo que fui a pedir más información.

– Hola, buenas. Estaría interesada en el viaje. ¿Cuándo se saldría?

– Hola, genial. Saldríamos mañana y serían 4 días. Como verás da tiempo a todo así que habrá tiempo para relajarse, pero también para conocer el sitio.

– Ok, y ¿cuánto valdría?

– Serían 200 por cada uno.

– Está muy bien. Estaba pensando en ir con mi hermana por lo que todavía no voy a cogerlo, pero ¿podrías reservarme dos plazas por si acaso?

– Si, pero solamente puedo reservarlo hasta esta noche.

Me dio su contacto para poder avisarle con lo que me dijera mi hermana y nos despedimos.

Después de comer volví a casa a esperar a mi hermana. Todavía no había llegado, por lo que me puse a buscar información sobre la isla. Minutos después:

– Hola, ¿qué tal? – dijo una voz detrás de mí. Casi me da algo, aunque había reconocido la voz de mi hermana.

– Por fin… llevo bastante tiempo esperándote. Me dejaste con el marrón de la limpieza y encima me dejas aquí sola y aburrida.

– Lo siento…

– Como estaba cansada cuando acabé de limpiar pensé en que me merecía un premio, así que me fui al restaurante de la esquina. Allí anunciaban un viaje. Tiene muy buena pinta.

Le expliqué toda la información que me había dado y al final se apuntó al viajecillo. Con las mismas me puse en contacto con el informante y reservé las plazas. Teníamos solamente unas horas para preparar la maleta y conociendo a Tábita iba a tardar muuucho en decidir que modelito llevarse.

Al día siguiente estábamos agotadas. No si era por el tiempo que estuvimos preparando la maleta o porque habíamos tenido que madrugar más de la cuenta, pero casi no podíamos mantener los ojos abiertos. Nos subimos al transporte que nos llevaría a la isla y durante el viaje dormimos un poco.

Cuando llegamos lo primero que me sorprendió fue la diversidad de colores y su intensidad, tanto de la fauna como de la flora. Posiblemente sería por el color del agua y el reflejo con el cielo. Nos dijeron que por las noches no saliésemos del complejo turístico ya que había animales muy peligrosos que nos atacarían.

Pasamos los 3 primeros días descansando y bebiendo y comiendo. Lo estábamos pasando genial y aunque mi hermana era un poco complicada me lo estaba tomando todo con calma así que cuando me exasperaba me iba a dar una vuelta sola para tranquilizarme.

Había llegado el último día y Tábita estaba nerviosa porque no sabía cómo iba a meter todo lo que había comprado en la maleta. Llevaba ya una hora hablando del tema, sin embargo, ni siquiera se ponía manos a la obra para intentar solucionarlo. Seguramente me lo decía para que lo solucionase yo, pero esta vez no iba a ceder. Decidí ir a dar uno de esos paseos relajantes yo sola.

Como ya era el último día en la zona de la isla Fantasma decidí salirme de la zona turística y adentrarme en la zona más aislada. Caminé rodeando la isla por la costa. Llevaba ya un tiempo pensando en mis cosas y quedando maravillada con esa zona cuando algo se me enredó en la cabeza. Era una planta que jamás había visto. Tenía como cuerdas verdes en vez de hojas. De hecho, una de esas cuerdas estaba enganchada en mi cabeza. Intenté quitarla con todas mis fuerzas, pero no era capaz. Cada vez que tiraba de ella se me enredaba más. Me estaba haciendo daño, tanto que llegué incluso a arrancarme piel. No sabía qué hacer. No tenía nada para cortar y ni siquiera había piedras cerca. Tampoco podía avisar a nadie así que solamente me quedaba esperar e intentar poco a poco quitar ese enredo.

Pasaron los minutos y seguía igual, me estaba poniendo ya muy nerviosa. Con suerte mi hermana se daría cuenta y trataría de buscarme, pero claro… tenía el problema de la maleta así que pensaría solamente en eso.

Ya se estaba poniendo el sol por lo que nuestro transporte se marcharía en breve. Nadie había aparecido por esa zona. Hacía un cacho que me había puesto a pedir ayuda pero sin ningún éxito. Cuando se pusiese el sol aparecerían las grandes bestias que aprovecharían que estaba indefensa y paralizada para tratar de comerme.

Al poco rato se oscureció todo a mi alrededor. Ya se había puesto el sol. Me puse a gritar como una loca, pero nadie apareció. ¿Quién me mandaría a mi investigar por mi cuenta? Para una vez que me voy de vacaciones y resulta que muero durante ellas. Parecía un chiste.

Estaba ensimismada en mi agonía y pesimismo que no me había dado cuenta de que las piedras de mi alrededor estaban brillando. No era muy intenso, seguramente pasaría desapercibido durante el día, pero al estar tan oscuro resaltaban. Miré a lo lejos para ver hasta donde llegaban esas piedras y entonces mi di cuenta. LA ISLA HABÍA DESAPARECIDO. ¿Cómo era posible? ¿Dónde se había ido? Miré al complejo para ver si podía visualizar sus luces y ahí estaba. No entendía nada. Había desaparecido la porción de tierra de la isla, pero el complejo de la costa seguía ahí.

Pasó la noche. Me despertó la luz del amanecer. En algún momento de la noche me habría dormido. Lo importante es que seguía entera. Nadie había intentado comerme. Abrí los ojos como pude y entonces la vi. Era la isla. Estaba donde tenía que estar. Parecía que nada había pasado, pero estaba segura de que lo había visto. No había sido un sueño. Comencé a gritar de nuevo para ver si alguien me oía.

Por suerte al cabo de un tiempo se me acercó una pareja. Me ayudaron a cortar la cuerda y me rescataron. Me acompañaron al complejo turístico. Al llegar me encontré con mi hermana. Se había quedado para buscarme. Lo había pasado fatal, pensaba que ya estaría devorada por alguna de esas bestias, pero nada más lejos de la realidad. No había visto ninguna bestia, sino que la isla desapareció por las noches. Exigí hablar con el director del complejo y le dije lo que me había pasado.

Al principio me trató de loca y lo achacaba a los nervios por estar privada de mi libertad para moverme, pero al cabo de un rato de discusión se quedó en silencio.

– ¿Qué, no dices nada más? – dije muy enfadada. – Estoy segura de lo que vi. No soy idiota y no me lo he imaginado.

– Bueno, se lo voy a contar, pero no puede salir de aquí ¿de acuerdo?

– Si, dime. – Había mentido. Por supuesto que lo iba a contar.

– La isla desaparece por las noches porque realmente es una ilusión. Al anochecer no es posible mostrarla porque el reflejo de donde sale la imagen se notaría. Mire, puede verlo en este esquema. – Me dio una piedra con un dibujo tallado.

esquema

– Esto lo explica todo, pero como comprenderás tengo que contarlo a la prensa. No pueden estafar así a las personas. – dije después de examinar el dibujo.

– Lo sé, y como comprenderás yo no puedo permitirlo. – me amenazó apuntando a los guardias.

Estos me secuestraron y me taparon la cabeza. Yo intentaba gritar y moverme, pero ellos eran más grandes que yo y no era capaz de zafarme. Tampoco nadie venía en mi rescate por lo que debía de estar alejada del resto de turistas.

Un rato después, me quitaron el saco de la cabeza y pude ver que estaba en la costa de una isla. No era la isla Fantasma, eso estaba seguro. ¿Qué me iban a hacer? Al momento como si me leyeran la mente me respondieron a la pregunta. Me sacaron del agua, me lanzaron atada a la superficie y me dejaron tumbada en la arena. No podía respirar me estaba ahogando. Pensé en mi hermana y en lo que le contarían de mí. Me puse muy triste pero al menos estaba aliviada de que fuera yo la que muriese en vez de ella.