Mi nueva realidad

Yo siempre había vivido en la plataforma Unimundo por lo que había hecho que estuviera acostumbrado a las diferentes razas y especies de personas que pasaban por ahí. Mi padre era nodita y mi madre era humana por lo que yo mismo era una mezcla de dos especies. Esto ocasionó que cuando llegó el momento de decidirme por mi trabajo en el futuro lo tenía claro. Quería ser un facilitador emergente.

No sabía mucho del tema pero sabía que era viajar por los diferentes mundos que todavía no estuvieran subscritos a Unimundo y ayudarles a emerger o ayudarles a avanzar tanto a nivel social como político. Les asesoraríamos con avances pero sin cambiar su forma de vida.

Así que fui a la zona de asignación para que me dijesen a que mundo debería de ir. Nos iban a asignar a todos un tutor ya que éramos novatos. Nunca había estado en la sala de Asignación. Era bastante grande, más de lo que parecía desde fuera. Nosotros los aspirantes estábamos en la parte del centro y los tutores estaban en las gradas. Había también un comité que estaba en una grada separada del resto.

– Buenos días y antes de nada bienvenidos al entrenamiento de facilitador emergente. Soy Makeart la directora del comité. Se ha asignado a todos un mundo para que con ayuda de un tutor ayudéis a los nativos a evolucionar. Como sabéis no todos vais a poder ser facilitadores. Solamente los que consigáis emerger el mundo o los que no lo consigáis pero vuestro tutor os de una valoración positiva os convertiréis en facilitadores emergentes oficiales. Además, este año debido a la gran afluencia de solicitudes para ser facilitadores nos hemos visto en la obligación de poner un límite de plazas. Por ello 7 de vosotros quedaréis fuera de este trabajo. Si todos tenéis valoraciones positivas el comité recogerá los informes de las personas de cada mundo para tomar la decisión.

Justo el año que me tocaba a mi decidir mi trabajo había límite de plazas. Tendría que causar una buena impresión.

Después de esto fueron diciendo nuestros nombres uno por uno y nos fueron asignando un tutor y un mundo. A mi me tocó con Partis e iríamos al mundo Xeload. Nadie sabía mucho de este mundo solamente que era un mundo que estaba completamente cubierto de nieve por lo que la vida allí era bastante difícil. Partis me dijo que debido a que nos había tocado un mundo complicado si conseguía emergerlo tendría una plaza asegurada como facilitador. No se como me las arreglaba pero a mí siempre me tocaba lo peor o sino me tocaba algo que a simple vista era fácil pero luego tenía que dar mil vueltas hasta que conseguía el resultado esperado.

Hubo un par de horas de presentaciones y preparativos y luego ya nos dejaron que nos despidiéramos de nuestras familias para poder emprender el viaje hasta nuestros nuevos hogares, o por lo menos hasta nuestro hogar para los próximos dos años.

Cogimos el transporte y nos materializados en Xeload justo en mitad de la nada. Partis me comentó que lo habitual era materializarnos lejos de los poblados ya que aunque los dirigentes del mundo sabían de nuestra llegada los habitantes no solían estar informados. Así nos ahorrábamos de problemas y disputas con los nativos nada más llegar.

Lo primero que haríamos era dirigirnos al sitio que nos habían indicado de presentación. Normalmente solía estar en las proximidades del lugar de residencia del dirigente que había solicitado emerger. Yo nunca había visto a un nativo de Xeload o por lo menos que yo recordase. Cuando estábamos aproximándonos a la zona de presentación sentí como si alguien o algo me estuviera observando así que me giré, pero allí no parecía que hubiese nadie. Llegamos al lugar indicado y allí nos recibió el dirigente de Xeload. Este era algo más alto y fuerte que yo. Estaba cubierto de pieles por todo el cuerpo seguramente para soportar el frío invernal del mundo. Su pelo era oscuro y se iba degradando hasta que en las puntas se podía apreciar como acababan en una zona blanca asemejándose a un copo de nieve. Sus ojos eran pequeños y recubiertos de pelo alrededor de ellos, también con el degradado del pelo. Por el resto a simple vista se parecía a un humano. O por lo menos lo que se podía apreciar con toda esa ropa cubriendo su pelo.

El dirigente no era más que un chico que acababa de llegar al poder. Su tío había sido el anterior dirigente pero debido a un accidente tanto él como su padre habían muerto por lo que le tocaba a él dirigir Xeload. Por eso había solicitado emerger, quería que su pueblo evolucionase y le había llegado a sus oídos que en Unimundo podíamos ayudar. A pesar de su corta edad tenía las ideas muy claras y parecía que estaba dispuesto a colaborar por lo que a priori no debería de ser muy complicado ayudarles. Sin embargo, no solo bastaba con que él quisiese, sino que también tenían que poner de su parte los propios nativos del mundo.

Nos instalaron directamente en el mismo edificio que el dirigente para así estar lo más cerca posible si surgía alguna duda. Lo primero que se hacía al llegar al nuevo mundo era pasar una temporada con el dirigente yendo con él a todos los sitios y después tendríamos que involucrarnos en la vida de Xeload. Las primeras semanas con el dirigente, Cartis pasaron rápido, era un chico muy ocupado y se pasaba mucho tiempo viajando por lo que vimos gran parte de Xeload.

Después de conocer Xeload y los métodos de Cartis para dirigir el mundo tocaba adentrarse en la vida de los nativos para que nos enseñaran sus costumbres. Como ya llevaba un tiempo mi tutor ya me había explicado los siguientes pasos a llevar a cabo por lo que tendría que ser yo el que emergiese el mundo. Él sería solo un mero espectador. Por eso nos mudaríamos a la aldea más próxima. Aunque estábamos cerca nos habían asignado casas en zonas diferentes. Así que me encontraba solo y sin conocer a nadie. Tenía que hacer amigos o involucrarme en sus vidas, tenía que estudiarlos. Lo primero que me llamó la atención fue cuando fui a las afueras de la aldea. Estaba a 5 minutos caminando y aunque a simple vista podría parecer que no había nada encontré una señal que ponía Laguna. Escuché a gente hablar y seguí sus voces. Me metí por debajo de una roca cubierta entera de nieve cuando de repente escuché un estruendo y me golpeó. Me había quedado atrapado debajo de esa roca. Aunque no me había golpeado con la roca en la cabeza, me había caído encima de las piernas. Intenté moverla pero era demasiado pesada así que grité pidiendo ayuda. Alguien me había oído porque escuché unos pasos detrás mío. Me giré y ahí estaba mi gran salvador. Quién me iba a decir a mi que ese chico menudo sería el culpable de que abandonase mi idea de ser facilitador emergente para empezar una vida con él en Xeload.

El almacén

Nunca antes había escrito nada o por lo menos no algo como para tomármelo en serio. No sabía muy bien como empezar ni que historia contar. Se me venían muchas a la cabeza, pero no me decidía por ninguna. Eso me pasaba muy a menudo no es que me costara decidirme, es que si ninguna opción me gustaba no era capaz de tomar una decisión rápidamente. Si en cambio una de las opciones era claramente mejor, bajo mi punto de vista, me decidía rápido y sin dudar. Por eso como ninguna de las historias se diferenciaba de las otras decidí que lo mejor sería contaros una historia que me había pasado directamente a mí.

Todo ocurrió hace un par de años en mi jornada laboral. Recuerdo que había estado trabajando toda la mañana, pero tenía un sueño que me moría. No había dormido bien el día anterior o me había quedado despierta hasta tarde, da igual, lo importante es que tenía sueño así que decidí ir a hacerme un café. A mí no me gusta el café, pero en ese momento necesitaba algo para despertarme o me dormiría encima de la mesa. Así que fui al final del pasillo, que era donde se encontraba la cafetería, y busqué la cafetera. Por suerte alguien había hecho café así que no tendría que hacerlo. Me eché el café en una taza. La gente solía llevar su propia taza, pero como yo nunca tomaba café no la tenía así que cogí una de gatitos que había por ahí y la lavé. Busqué en la nevera el litro de leche, pero no había. Alguien lo había acabado y no había ido al almacén a por más. En fin… que poco civilizados. Para una vez que quería un café tendría que ir a buscar la leche. Toda la comida la guardábamos en un almacén en la parte de arriba del edificio ya que la cafetería era pequeña y no cabían muchas cosas. No sabía qué hacer con mi taza y el café. No quería dejarlo en la cafetería porque o me lo tiraban o eran capaces de beberse mi propio café. Así que me llevé la taza y me dirigí hacia el ascensor.

En el ascensor me encontré con un chico. Era la primera vez que lo veía o eso me parecía porque yo siempre he sido muy mala para las caras y para los nombres.

– Hola ¿eres nuevo? – pregunté directamente

– No, no trabajo aquí. Hoy tengo una reunión con Irene Fernández para hablar sobre un proyecto que tenemos en común. Abajo en recepción me dijeron que estaba en la sala del último piso que es a donde voy.

Parecía que esto se iba a quedar aquí. Que había sido una conversación casual en el ascensor pero nada más lejos de la realidad. Me fui tranquilamente a por el litro de leche al almacén pero cuando estaba agachada intentando encontrar la leche sentí un fuerte golpe en la nuca.

Debí de estar unos minutos inconsciente porque al despertarme ya no había nadie en el lugar. Me levanté del suelo todavía algo aturdida por el fuerte golpe y me dispuse a salir del almacén para alertar a todo el mundo. Pero la puerta estaba atrancada, seguramente me había encerrado para que no avisara. Busqué mi móvil pero recordé que me lo había dejado cargando en mi sitio de trabajo y como solo iba a tardar un minuto en hacer un café no lo había cogido.

Me senté en el suelo cerca de la puerta y grité pidiendo ayuda para ver si alguien me oía. Entonces me di cuenta que me faltaba la tarjeta identificadora de la empresa. Con esa tarjeta podría entrar en cualquier sala del edificio. ¡Nos estaban robando!

Tenía que avisar a alguien pero no se me ocurría ninguna forma. Ya me estaba dando por vencida cuando escuché un ruido fuera, eran mis compañeros. Grité pidiendo ayuda y después de varios intentos me escucharon.

– ¿Patricia? ¿Eres tú? – dijo una voz acercándose a la puerta.

– Sí, sí, soy yo. ¡Nos están robando!- tenía ganas de salir de allí pero era más importante que el que me agredió no pudiera hacer nada en el edificio o al resto de mis compañeros.

– ¿Pero qué dices? ¿Robando el qué?

– Déjalo, sácame de aquí. Os lo cuento ahora. – Era mejor que saliese porque no se iban a enterar.

Después de un par de minutos pudieron abrir la puerta a base de empujones. Les conté todo lo que me había pasado y ambos llamaron al jefe de seguridad para contarle sobre el agresor. Yo no me enteré de mucho más porque mi compañera me llevó al hospital para que me viesen la herida de la cabeza.

Ese mismo día por la tarde me enteré de todo lo que había ocurrido. Aunque avisé lo antes que pude no fue lo suficientemente rápido porque el agresor había entrado en la sala de servidores. Por lo visto hicieron copias de todos los datos de la empresa y de nuestros clientes. Era un error muy grande.

La policía ahora estaba al cargo del caso, a nosotros nos enviaron a casa a espera de que se cerrara la investigación. Nos pasaron muchas preguntas por la cabeza ¿quién sería ese chico? ¿cómo sabía donde estaba la sala de servidores? ¿cómo conocía el nombre de Irene?

Todas esas dudas nos rondaron por la cabeza. Supimos que habían llevado a Irene a declarar ya que les conté que el agresor y ladrón la había nombrado pero parece ser que simplemente la habían buscado en redes sociales y que por lo tanto no tenía nada que ver con el caso. Pasaron los días y los policías no avanzaban o por lo menos a nosotros no nos decían nada. Así que decidimos reunirnos todos para comentar lo que sabía cada uno.

Nos reunimos en una cafetería, éramos los 9 del grupo. Había más gente en el edificio pero nosotros éramos los que pertenecíamos al mismo departamento de informática. Les volví a contar todo de nuevo para ver si sabían algo. La verdad que no habíamos avanzado nada nosotros tampoco pero al menos nos reíamos un poco, ya estaba harta de estar asustada en casa. Justo cuando nos íbamos a ir fuimos las chicas al baño.

– Madre mía Patricia, lo debiste de pasar fatal. Yo hubiera estado super nerviosa y muerta de miedo. – dijo Marta con cara pálida solo de imaginárselo.

– Ya… encima te dieron en la cabeza, debió de dolerte mucho ¿no? – me preguntó Irene preocupada.

– Bueno… el golpe sí, pero lo peor fue sin duda el susto que me llevé. Yo no me esperaba el golpe iba tan tranquila con mi café…

– Ya, es verdad que tenías la taza de gatitos, espero que no estuviera el café muy caliente porque si te cayó por encima. – me comentó Irene pero nada más decirlo hizo un gesto extraño con la cara.

Igual no me hubiera dado cuenta si no hubiera hecho ese gesto pero entonces recordé que yo no había dicho nada de como era la taza que había cogido. Ella no me había visto y por supuesto no era posible pasar a  la escena del crimen así que ¿cómo sabía que mi taza era la de gatitos? Estaba claro que ella estaba involucrada en el caso.

Me hice la loca, como que no me había dado cuenta y me fui para casa. Llamé a la policía y les dije lo de la taza. Días más tarde estaban deteniendo a Irene por ser cómplice y amante secreto del agresor.

Como veis esta es una historia que me parece que es digna de contar en mi primer relato oficial. Os aseguro que me ocurrió de verdad, tengo pruebas. Todavía tengo la cicatriz en la cabeza de aquel fatídico robo.Espero queridos lectores que os subscribáis a la revista y que leáis los próximos relatos.

Un robo del revés

Toda mi infancia la pasé entrenando. No tengo ningún recuerdo que no tuviera que ver con el tenis. Obviamente no me pasaba el día entero practicando pero sí una gran parte de él. No obstante, aunque estuviera en la playa o con amigos siempre se hablaba de lo mismo o me venía a la mente el tenis. Toda esta dedicación y sacrificio hizo que consiguiese llegar a las Juegos Olímpicos. Para mi era una de las mayores alegrías que podría tener en la vida.

Ahora ya estaba retirado pero seguía viviendo de ello. Tenía una escuela de Tenis donde entrenaba a niños. No obstante, no era muy grande. Nunca quise ser muy ambicioso ya que me gustaba trabajar con ellos personalmente y tener un trato más cercano. De hecho, ahora me pasaba todo el día con ellos y cuando llegaba a casa intentaba desconectar y descansar para poder dar lo mejor de mi al día siguiente.

Estaba tumbado como siempre en el sofá leyendo un libro cuando alguien hizo que sonase el timbre. Me levanté de mala gana ya que no me gustaba que me cortasen la lectura a la mitad y fui a ver quien estaba llamando. Miré por la mirilla y vi a un chico no muy mayor, de unos 15 años. No era la primera vez que alguien desconocido de esa edad me llamaba a la puerta ya que mi dirección había salido en un reportaje de internet y algunos fans querían que les firmase alguna camiseta o algo parecido.

Abría la puerta sin más con las mejores de mis sonrisas. Al fin y al cabo, yo también tuve algún ídolo de pequeño y sabía que esos momentos no había que desaprovecharlos ya que se podía conseguir que se motivasen o se decepcionasen en cuestión de segundos.

– Buenas tardes, perdón que le moleste.

– Buenas tardes, ¿qué desea? – le pregunté para ayudarle, ya que la voz delataba su nerviosismo.

– Me gustaría que me firmase la camiseta de España. Son un gran fan suyo, llevo toda la vida siguiendo sus pasos. – Su mirada era algo desesperada. Debía de llevar tiempo intentado reunir el valor para venir a pedírmelo.

– Claro, ¿tienes un rotulador? – El chico me trataba de “usted” así que decidí que si le trataba de “tu” haría que se relajase un poco. Mis sospechas eran ciertas. Como muchos otros quería un autógrafo.

– Mierda, no, no lo he traído.

– No te preocupes, debo de tener alguno aquí dentro. Ahora vengo. – En fin… no era la primera vez. Cuando alguien te pide autógrafos se supone que debes ir con un rotulador o algo. Está claro que no se va ir por ahí con uno por si alguien te pide firmar.

Allegué un poco la puerta y fui rápidamente a mi despacho a por un rotulador. Cuando ya estaba volviendo escuché un fuerte ruido. Fue como un cristal roto. Acto seguido escuché la puerta. Fui corriendo a la entrada y entonces lo vi. El chico estaba en el suelo. Tenía bastante sangre en la cabeza y estaba inconsciente. Al lado de la sangre había cristales. Tenía pinta de que algo de cristal le había golpeado. ¿Pero como podía haber ocurrido?

Al momento la pregunta se contestó por si sola. Había alguien en casa. Escuchaba pasos. Me giré y vi a un hombre alto con pasamontañas limpiándose las manos con uno de mis trapos.

– Buenas tardes, siento haberle roto el jarrón pero pensé que tampoco tendría mucho valor. – Hasta ese momento no me había dado cuenta que lo que había golpeado al chico era uno de mis jarrones.

– ¿Qué quiere? Por favor déjenos en paz. Coja lo que quiera y váyase. – Estaba bastante asustado. Solo quería que se marchase y no nos hiciera daño. El chico no paraba de sangrar.

– Claro, no se preocupe. Vaya al salón y siéntese en el sofá. No haga ninguna tontería o lo lamentará. Me apuntó a la cintura. Mis ojos miraron y vieron una pistola. Nunca había visto una en persona. Me impactó bastante.

Me senté sin rechistar en el sofá esperando a que esta pesadilla acabase. No veía mucho al hombre, subía y bajaba las escaleras con cosas y las sacaba a la calle. Posiblemente tendría una furgoneta o algo que iba llenando. No podía ver la entrada desde mi posición.

– Vale, muy bien. Ya tengo todo. Ahora lo mejor será que no se mueva de aquí. Deme el móvil. – Se lo di sin pensarlo dos veces. – Vale, ahora se quedará aquí sentado, sin moverse por lo menos una hora. Voy a poder ver si sale a la calle o si hace alguna señal para pedir ayuda, así que ni se le ocurra. Sino volveré y acabaré con los dos.

– No haré nada. – Mi voz cada vez sonaba más débil. Estaba aterrado.

El ladrón salió por la puerta y se fue. Al principio no me pude mover pero al cabo de unos minutos fui a ver como estaba el chico. La herida había parado de sangrar. No obstante fui a por el botiquín y le curé la herida como buenamente pude. También conseguí subirle al sofá y tumbarle. No sabía que hacer. Si no iba a pedir ayuda el ladrón escaparía y el chico podría ir a peor, pero si lo hacía nos sentenciaría al salir a la calle. Miré a ver si el chico tenía el móvil en algún bolsillo pero nada. Posiblemente el ladrón se lo había quitado también.

Mientras me debatía interiormente el chico empezó a moverse y a abrir los ojos. Como un acto reflejo se hecho las manos a la cabeza. Debía de dolerle un montón.

– Para, para. No te toques. No pasa nada. Tranquilo. – me miró extrañado pero pude ver en su mirada que a los pocos segundos me había reconocido. Debía de estar algo desubicado.

– ¿Qué ha pasado? ¿Ya se ha ido?

Le conté todo lo que había pasado. Entonces para mi sorpresa él también me contó su parte. Por lo visto, este ladrón le había pillado por la calle y amenazado con la pistola. Fue él el que le dijo que se hiciera pasar por un fan para que le firmase la camiseta. En el momento que iba a por el rotulador aprovechó para atacarle. Estaba claro que supondría que al no tener nada para firmar iba a tener que ir a por ello dentro y bajar la guardia.

– ¿Pudiste verle la cara o alguna marca? – Cuando pase la hora vamos a llamar a la policía y habrá que contar todo. El chico parecía estar bien así que no debía de necesitar ayuda inmediata por lo que haríamos lo que quería el ladrón. No merecía la pena.

– No, no pude verle nada. Pero creo que le conocía. Cuando me amenazó y me ordenó lo que tenía que hacer me dijo: Voy a darle el mayor susto de su vida a ese cabrón. Para que sepa lo que sus actos tienen consecuencias.

– Está claro que me conoce. No se… no recuerdo a nadie que pudiese estar tan enfadado conmigo para hacerme esto.

Cuando pasó la hora decidí salir a la calle. Fui corriendo a la casa de al lado a avisar a los vecinos. Ellos llamaron a la policía y a los pocos minutos ya estaban todos allí. Al chico se lo llevaron al hospital para que le analizasen el golpe de la cabeza. Le conté todo lo que había pasado al policía y abrieron el caso.

Los días habían pasado y no tenía noticias de la policía. Pero al 4º día se personaron en mi casa. Ahora siempre que sonaba el timbre un escalofrío recorría mi cuerpo. Los policías se sentaron en el sofá y me contaron lo que habían descubierto.

– Esta mañana hemos detenido al ladrón. Le hemos descubierto por la furgoneta. Obviamente la matrícula no nos había dado ninguna pista pero pudimos seguir a la furgoneta gracias a una cámara de la casa del final de la calle. Suponemos que pensó que ya estaba lo suficientemente lejos así que se quitó el pasamontañas. – Nada más decirme esto me enseñó una foto.

– Le conozco, fue alumno mío. Recuerdo que tenía mucho potencial pero al cabo de los años ese potencial había quedado en nada. Le había contado, como siempre hacía, mis observaciones a sus padres y estos habían decidido no seguir pagando las clases.

– Sí, por lo que hemos podido averiguar, sus padres no quisieron que siguiese practicando el tenis después de aquello. Supongo que de alguna manera le echa la culpa de todo ello. – En ese momento mi mundo se vino abajo. Yo siempre había pensado que estaba dando oportunidades a algunos de los chicos pero nunca había pensado en los que no les daba esas oportunidades. Como decía el ladrón, todo tiene sus consecuencias.

Lluvia mortal

No me gustaba nada el verano yo siempre había sido más de invierno. Tampoco me gustaba la primavera ni el otoño porque nunca sabía que ponerme en esas estaciones. En cuanto veía que llovía o que el día estaba nublado, una sonrisa invadía mi cara sin yo querer.

Era julio por lo que el verano no había hecho nada más que empezar. Todavía quedaba lo peor y yo ya tenía unas ganas locas de ir a esquiar. Porque sí, también me encantaban los deportes de invierno.

Ese día me había acostado bastante pronto porque me dolía algo la cabeza y tampoco ponían nada en la televisión así que aproveché para descansar después de la semana ajetreada que había tenido. Sin embargo, sobre las 4 de la mañana me desperté. Al principio pensé que había sido por haberme acostado antes pero entonces escuché un fuerte estruendo. Era la lluvia y el viento que golpeaban mi ventana sin descanso.

Al principio no le di importancia seguramente era una de las típicas tormentas de verano. Sin embargo, unos minutos después se oyó otro estruendo. Ese ya no había sido normal así que subí un poco la persiana para mirar lo que había pasado. No quería subirla mucho porque siempre me había dado la sensación que en mi habitación había un remolino que hacía que el viento azotara mi persiana y no quería que me la rompiera. Subí la persiana y vi cómo había todo tipo de objetos en mitad de la calle. Seguramente habían volado pero ninguno de ellos había generado ese golpe. Cogí mi bata y mis zapatillas y fui a mirar por la ventana de la cocina para verlo todo desde otra perspectiva. En esta ocasión si que pude ver lo que había golpeado fuertemente, era un árbol. Había caído encima de la casa de al lado. La había dejado completamente destruida o por lo menos la parte de delante. Por eso cogí la chaqueta para abrigarme y así poder salir para ver si mis vecinos estaban bien. Abrí la puerta pero era tan fuerte el viento que se abrió de golpe. Caminé un par de metros haciendo que el viento me llevase hacia atrás y apenas podía ver ni avanzar nada. Me pareció que no era buena idea seguir intentando avanzar ¿y si por ir a ayudar me pasaba a mí algo? Así que regresé a casa y cerré la puerta que me había quedado abierta después de varios intentos. Subí a mi habitación a por el móvil para llamar a emergencias. No había contestación alguna, no tenía ni señal. Con todo este temporal se habría cortado todo. Pasaron las horas y ya era la hora de levantarse. Apenas había dormido pero parece que cuando se hace de día se ven las cosas de otra forma así que miraría por la ventana de nuevo para ver cómo estaba todo. Subí la persiana de nuevo y cual fue mi sorpresa cuando vi que aunque mis relojes marcaban que era las 8 de la mañana el día no había despertado todavía. ¡No había amanecido!

No era normal, algo estaba pasando. Seguía haciendo malo, muy malo. Ya había pasado otras veces que el día estuviera oscuro pero no es que hubiera poca luz, es que no se veía nada. Además no se a que hora fue porque yo después de mi pequeño acto valiente para ir a ver a mis vecinos no volví a subir la persiana ni a mirar hacia fuera, pero las farolas y todas las luces habían dejado de funcionar.

No sabía que hacer. No se veía a nadie en la calle y no podía comunicarme por teléfono. Los medios de comunicación tampoco funcionaban. Entonces se me ocurrió una idea. Tenía que llamar la atención de algunos de mis vecinos para así estar todos juntos y ayudarnos pero ¿cómo? Quizá podía utilizar una linterna y apuntar a sus ventanas. Tendría que cruzar los dedos para que sus persianas estuvieran abiertas. Cogí la linterna dándome muchos golpes para encontrarla dentro del cajón de la salita y me dirigí a mi habitación. Desde ahí podía ver a los vecinos de en frente. Apunté con la linterna a la ventana y esperé. Ya se me estaba cansando la mano de sujetar y mover la linterna cuando apareció una luz en la ventana de mis vecinos. ¡Me habían visto! Menos mal, no estaba sola. Volví a mirar si el tiempo había mejorado y no lo parecía pero tenía que ir con mis vecinos. Intenté salir de nuevo pero cuando estaba justo delante de mí puerta vi una luz cada vez más cerca mío. ¡Era mi vecino! Estaba intentando llegar a mi casa pero el viento lo tiraba hacia atrás. Así que subí corriendo a mi habitación y cogí una comba que tenía para jugar con mis primas. Volví a bajar y le lancé uno de los extremos mientras ataba el otro a la barandilla esperando que fuese lo suficientemente resistente como para que aguantara su peso y la ventisca. Consiguió coger el extremo y con mucho esfuerzo pudo llegar a donde yo. Él estaba con la cara roja del esfuerzo y totalmente empapado de la lluvia de la tormenta. Cogí una toalla del baño para que se secara. Él tampoco sabía que hacer y estaba también solo en casa como yo.

Pasaron un par de semanas y tanto él como yo no parábamos de mirar a fuera para ver si paraba la tormenta pero no lo parecía. No estábamos mal juntos, nos hacíamos compañía. Sin embargo, nos estábamos quedando sin comida. Él se había ofrecido a volver a su casa a por comida pero al poco de llegar a la mía había empezado a encontrarse realmente mal. No paraba de vomitar así que no podía dejarle salir a por comida. Cogí la comba y até sábanas para poder ir hasta la casa de enfrente sujetada. Nunca lo había pasado tan mal me costó muchísimo llegar a la casa de mi vecino pero volver fue lo peor. Había cargado varias cosas en mi mochila y con el peso hacía que me fuera prácticamente imposible avanzar. Menos mal que estaba el bueno de mi vecino tirando como podía de la cuerda para traerme cerca suyo.

La comida que había conseguido nos valdría para una semana si nos la racionábamos bien. Sin embargo, nos duraría más. Tanto él como yo no teníamos ganas de comer. Solo vomitábamos y dormíamos. Nos encontrábamos realmente mal. ¿Sería por algo que habíamos comido? ¿Una gastroenteritis? No lo sabíamos. Estábamos los dos tumbados en el sofá sin ganas de movernos cuando llamaron a la puerta trasera. Me levanté con mucho esfuerzo pero conseguí abrirla. Al abrir vi a dos personas con trajes especiales. Nos venían a ayudar. Nos contaron todo lo que había pasado, la bomba, la lluvia ácida, la maldita tormenta, todo. Nos llevaron a un hospital de campaña para ayudarnos. Yo conseguí recuperarme pero mi vecino… no pudo ponerse bueno. Se que es una historia muy triste y por eso he esperado a que seas mayor para contártelo, hijo mío, pero tu padre luchó hasta el final y lo más importante me salvó la vida. Jamás podré agradecérselo lo suficiente.

La vida en la nave

Llevaba más de dos meses viviendo en la nave. Ya nadie se acordaba de nosotros. Al principio todo había ido muy bien. Contactaban con nosotros todos los días, nos informaban de nuestras familias, he incluso hablábamos con ellas. Sin embargo todo cambió con la pandemia. Lo último que se nos había comunicado es que se había desarrollado un virus mortal que mataba a todas las personas que respiraban el aire contaminado. Por ello tuvieron que refugiarse en los búnkeres que hubiese. Millones habrían fallecido a estas alturas ya que dudaba mucho que hubiera sitio para todos. Seguramente los más ricos habrían conseguido su sitio pero para los pobres no creo que hubiera sido igual.

Toda esta información se nos había comunicado cuando hacíamos un mes que habíamos llegado. Nuestra misión era sencilla. Pasaríamos 6 meses en el espacio recogiendo todos los datos que pudiésemos sobre las órbitas de los planetas enanos que existiesen o que pudiésemos localizar. No obstante, la llegada de la pandemia hizo que no pudiésemos contactar con la base. En la última comunicación se nos contó lo que ocurría y nos dieron vía libre para decidir por nosotros mismos. Esto hizo que se generaran dos bandos. Unos querían volver a la Tierra cuanto antes para intentar salvar a sus familia, aunque lo más probable era que si seguían vivos fuese porque estaban en un búnker. Sino ya hubieran muerto por el virus del aire. El otro bando preferimos esperar ya que ir ahora a la Tierra sería prácticamente un suicidio. Nuestros trajes nos permitirían respirar un tiempo pero el oxígeno se acabaría y no sería tan fácil encontrar algún sitio que no estuviera ocupado ya con las condiciones adecuadas para sobrevivir.
Nuestro grupo preferimos esperar e intentar sobrevivir con lo que disponíamos ante la nave. Por suerte podíamos ser auto-suficientes generando el oxígeno, agua y comida que deseásemos. El problema era que la división en bandos había hecho muchos estragos tanto psicológicos como físicos. Había habido peleas e incluso habían  volado partes de la nave donde se refugiaba el bando contrario. Nosotros siempre intentábamos deshacernos del otro grupo y causar el mayor número de bajas posible en el otro bando. Sin embargo ellos se centraban más en dañar a la nave. Con esto intentaban obligarnos a volver a la Tierra si la nave ya no era adecuada para la vida.
Se que si lo piensas a priori nuestro punto de vista puede ser más cruel pero solo era supervivencia. Ellos en cambio si conseguían lo que tanto anhelaban nos matarían a todos al malgastar la pequeña oportunidad que teníamos.
Todos contábamos con que los científicos de la Tierra estuvieran desarrollando algún antídoto o vacuna para el virus y que acabasen contactando con nosotros para que volviésemos. Por ello siempre había alguien en la sala de comunicación.
El tiempo pasaba y no recibíamos noticias nuevas. Ahora ya desde la nave se podía ver perfectamente nuestro mundo. Antes había una especie de neblina que hacía que no fuese visible algunas partes de los países, posiblemente por la contaminación. Ahora está contaminación se había reducido y la madre naturaleza había tomado el control. Al menos habría algo positivo de todo esto.
Yo había intentado mantener mi misma rutina. Me levantaba, y lo primero que hacia eran mis tareas diarias que consistían en chequear el estado de gran parte de los aparatos electrónicos. Era ingeniera informática. Antes mi trabajo iba bastante más allá de chequear aparatos pero nuestra misión ahora había cambiado. Ya no recogíamos los datos ni los analizábamos sino que intentábamos sobrevivir y buscar nuevas alternativas. No obstante, no era todo trabajar ya que sino nos volveríamos locos por lo que habíamos desarrollado concursos y juegos para mantenerlos ocupados. Sin embargo, solo entre los de nuestro grupo. Del resto no tenía ni idea a que dedicaban el tiempo. Habíamos dividido la nave en dos. Más bien habíamos tomado nuestras partes. Por suerte nosotros teníamos la mayor parte de la nave aunque solamente podíamos alimentarnos de unos pocos vegetales. El resto del huerto estaba en su parte. Nuestro grupo estaba formado por 6 personas. Cada uno de un país diferente. En el otro eran solamente 4 aunque habían comenzado siendo 7. Las otras tres personas habían muerto por alguno de nuestros ataques.
Cuando ya llevábamos 4 meses en la nave, 3 pos-pandemia, se escuchó una gran explosión. Obviamente aunque se detonasen explosivos ambos grupos los controlamos para que la nave no se deteriorase tanto como para no poder volver a la Tierra. Todos fuimos corriendo a donde procedía la gran explosión. Había sido en el huerto. En lo poco que nos quedaba. Ya no teníamos comida, nada de nada. Se había quemado todo. Al verlo nos quedamos sin habla. Había sido un acto muy ruin por parte del otro grupo pero estaba claro que nosotros tampoco nos cortábamos. No teníamos que comer así que estaba claro cual sería nuestro siguiente acto. Tendríamos que hacernos con comida o con su huerto para poder sobrevivir.
Ideamos un plan para ir a robárselo. Tendríamos que deshacernos de nuestros compañeros. Al menos de los que opusieran resistencia. No obstante esta vez no valía con detonar un par de explosivos sino que tendríamos que matarlos a sangre fría ya que los explosivos podían dañar la cosecha y era lo único que quedaba. A mí no me gustaba mucho la idea pero no teníamos otra opción, queríamos vivir a toda costa. Habíamos decidido reducirlos y no matarlos. Ya que si les quitábamos la comida les haríamos entrar en razón o al menos obligarlos a que dejasen de atacarnos.
Cogimos todas las armas que disponíamos. Incluidos objetos de la nave y comenzamos nuestro ataque.  Conseguimos reducir a todos ellos. Nuestra ventaja en el número y la sorpresa había hecho que el ataque fuera un éxito.
Una vez reducidos esperamos a que despertasen. Los habíamos atado y encerrado en una de las salas. Poco a poco se fueron despertado.
Cuando se despertaron todos cogimos las armas y fuimos a verles. Les explicamos que teníamos tomada la nave y que tendrían que rendirse y asumir que ahora su vida estaba en la nave. Ninguno decía nada hasta que uno de ellos se empezó a reír. Al momento se rieron el resto. No entendíamos nada. Entonces el que primero se había reído nos lo dijo. Habían destrozado también su huerto. Ya nadie tenía comida. No nos lo podíamos creer así que fuimos a verlo con nuestros propios ojos. Tenían razón, ya no había nada.
Algunos se enfadaron mucho y fueron a darles palizas a nuestros retenidos. Otros nos desesperamos y nos quedamos callados o llorando en alguna esquina. Ya no podíamos vivir en la nave. Nos habían matado al quitarnos la comida. Ahora solamente habría una opción. Teníamos que volver a la Tierra. ¿Seguiría el virus allí? ¿Nos mataría en cuanto quedásemos sin oxígeno? ¿Habría algún superviviente? Todos teníamos cientos de preguntas y hasta que no fuésemos a la Tierra no tendríamos las respuestas.
Todos nos pusimos manos a la obra, ambos bandos, ya que el tiempo era crucial. El viaje nos llevaría días y  llegaríamos muy débiles a casa al no poder alimentarnos.
Por suerte éramos de lo mejor cada uno en su campo así que al unirnos todos como estábamos antes conseguimos idear el mejor plan y llevarlo a cabo. Por suerte no estábamos muy lejos por lo que habíamos conseguido volver a la Tierra a tiempo sin morir antes de inanición.
Aterrizamos como pudimos y aunque habían muerto dos personas, el resto estábamos vivos. Investigamos lo que era ahora nuestro mundo. No había nadie vivo a nuestra vista, todo estaba parado. Había muchísimas personas en el suelo pero todas muertas. Seguramente había sido un caos.
Nos dirigimos a la base por nuestros medios lo más rápido que pudimos ya que el oxígeno no era infinito y teníamos hambre. Al no poder quitarnos el casco no podríamos comer nada hasta que no encontrásemos algún lugar habitable.
No encontramos ninguno. Habíamos llegado a alguna puerta que estaba cerrada a cal y canto pero lo más probable es que hubiera gente dentro. Si las abríamos estaríamos matando a los de dentro y encima infectaríamos el ambiente del virus lo que lo haría no habitable para nadie.
No podíamos hacer más. Algunos de mis compañeros se habían peleado echando la culpa unos a otros. Las rencillas de los dos bandos anteriores habían salido a la luz. Se habían incluso matado entre ellos pero eso ya daba igual. O moríamos de hambre, por el virus o por falta de aire. Nuestro final estaba claro. Ahora solo podíamos esperar.

Mojada

Llevaba años sintiéndome rara, nunca se lo había dicho a nadie. No tenía ningún inconveniente en contar cualquier cosa pero el problema es que realmente no sabía que era lo que me me hacía sentir tan rara. Si intentaba explicar esta sensación a alguien seguro que me pedían explicaciones y de verdad que no era capaz de darlas. Solamente sabía que no era como el resto de chicas. No me apetecía estar con ningún chico, ni con ninguna chica. De hecho no tenía muchos amigos, ni los quería, solo los justos. De vez en cuando quedaba con uno o dos para dar una vuelta y ya está. Para mi era suficiente. Sin embargo todo esto cobró sentido un día lluvioso de verano.

Como todos los días volvía a casa del instituto por el bosque. No era un bosque muy grande ni daba miedo como en algunas películas sino que tenía un camino bastante señalizado para que todos los chavales pudiéramos volver al pueblo sin problema. De hecho desde que tenía 10 años volvía sola a casa, a veces con algún compañero, pero otras veces sola. Siempre había bastante gente por ahí por lo que aunque estuvieras sola si te pasaba algo estarías siempre acompañada.

Ese día volvía sola a casa cuando me di cuenta que me había dejado en el instituto el libro de Física. Volví corriendo pero al llegar ya había cerrado el instituto. Me hubiera dado un poco igual olvidarme un día el libro allí pero el problema es que tenía examen al día siguiente y claro necesitaba estudiar. No sabía que hacer, en la libreta no tenía mucha materia. Algunos ejercicios sí, pero ni siquiera el enunciado. Entonces decidí escribirle a alguno de mis amigos pero seguramente no me lo darían ya que ellos también tendrían el examen y lo necesitarían.

Les había escrito pero, lo que suponía, no podían dejármelo. Mary me había invitado a ir a su casa y estudiar con ella pero no serviría de nada. Solamente para molestarnos, o al menos a mi. No era capaz a concentrarme si tenía a otra persona al lado. Cuando le comenté esto a ella, no se enfadó porque ya me conoce y sabe que soy un poco rarita. También me sugirió que podía ser buena idea preguntar a alguien de la clase de al lado ya que ellos no tendrían el examen y posiblemente no lo necesitasen.

Miré mis contactos y como no, no tenía ninguno de la otra clase. Recordé que se había creado algún que otro grupo de WhatsApp para fiestas de cumpleaños y demás cosas por lo que me puse a mirarlos. Después de mucho indagar conseguí adivinar de quien era uno de los números. Era Jonny. No había hablado mucho con él pero no creía que tuviese problema en dejarme el libro ya que era bastante extrovertido y majo. Le escribí y enseguida me contestó mandándome su dirección para que fuera a por el libro.

Fui a paso ligero hasta la casa donde vivía Jonny. Aunque él no me había dicho nada yo intenté llegar lo más rápido que pude por si cambiaba de idea. Nunca se sabía, no sería la primera vez que me dejan plantada. Al llegar allí me abrió la puerta un hombre mayor, su padre adiviné. Me invitó a pasar y entre una cosa y otra acabaron invitándome también a comer. Sus padres eran realmente majos y Jonny también era muy simpático. Era bastante pronto cuando acabamos de comer y aunque yo tenía que estudiar no me apetecía lo más mínimo. Me lo estaba pasando bastante bien. De todas formas siempre me concentraba mejor por la noche así que ya me pondría a ello. Quisieron ver algo en la tele todos juntos. Me preguntaron que me gustaba ver. Les dije que me gustaba todo. Nunca le hacía ascos a ningún tipo de película, serie o documental. Cuando les contesté esto se miraron los tres. No sabía si había metido ya la pata en algo. No era muy buena comunicadora. Por lo visto no era nada de eso, todo lo contrario. Ellos tenían unos gustos un poco raros, no a mucha gente le gustaban esas sesiones divertidas, como lo llamaban ellos. Les dije la verdad, que yo también era un poco rara y que no veía nada malo en ver si me gustaba o no. Siempre mente abierta.

Al final les convencí. No quisieron decirme de que se trataba ya que otras veces había hecho que la otra persona se asustase antes de empezar. Comenzaron a preparar la sesión. Bajaron todas las persianas para quedar a oscuras, solamente bañados por la luz de la televisión. También trajeron una caja con un montón de cacharros, para dar ambiente. Yo no le di mayor importancia y ni siquiera miré para ellos. Cada vez más se parecía más a un juego de rol. Igual se referían a este tipo de juegos. Posiblemente se habían inventado algún juego de rol con alguna película o algo así. Sonaba divertido.

Pusieron el CD y la película empezó. Era bastante mala. Los actores eran malísimos, además aunque se suponía que eran adolescentes estaba claro que eran bastante mayores. No obstante me iba a dejar llevar. Trataba de una chica a la que le habían suspendido un examen y la llamaban al despacho del director del instituto. Como no esto hizo que me acordase del examen. Intenté que saliese de mi cabeza. Aunque no tuve que intentarlo mucho ya que al llegar la chica al despacho del director, en una escena subrealista acabaron acostándose. En fin… La escenita duraba mucho, de hecho demasiado. Lo estaban haciendo en todas las posturas que debía de haber. Además era sexo muy explícito. Entonces un pensamiento apareció en mi cabeza. ¿Y si lo que les gustaba ver era porno? Miré rápidamente a Jonny y vi como su mano acariciaba su miembro de arriba a abajo. Miré a sus padres estupefacta y ellos estaban igual, dándose placer , pero ellos lo hacía el uno al otro.

Jonny me pilló mirando y me sonrió. Yo no supe que decir, no podía ni moverme. Sin embargo, él si que se pudo mover para coger mi mano y ponérsela en su miembro. Quería que le masturbase. ¿Pero que clase de familia era esta? Yo la verdad que nunca había hecho nada parecido así que me dio curiosidad como sería sentir los genitales masculinos. Empecé a masturbarle. Al principio poco a poco pero luego ya iba más rápido. Me estaba gustando. La cara de placer de Jonny me estaba poniendo cachonda. Al poco Jonny se corrió y gimiendo tan alto que los vecinos debieron de escucharlo. Sus padres llevaban un rato follando en muchas de las posiciones de la película. De hecho hacían lo mismo que aparecía ahí.

Cuando Jonny se recompuso un poco se me acercó un poco más y me dijo que ahora me tocaba a mi. Ahora mismo estaba muy cachonda pero me daba muchísima vergüenza. Entonces él agarró mi mano e introdujo las dos por mis bragas. Pude sentir lo mojada que estaba. Hasta ese momento no lo había sentido.  Empezó a mover las manos en círculos apretando lo justo para hacer que me diesen escalofríos de placer. Yo acabé sacando la mano y le deje que él se encargara de todo como lo había hecho yo con él. No solo se limitaba al exterior ya que en un momento de gran intensidad metió uno de los dedos, el corazón para ser exactos. A mi me hizo gemir de placer. Obviamente lo notó así que metió también el índice. Me bajó los pantalones y las bragas hasta el suelo para tener más espacio y me comenzó a follar con los dedos. Notaba como se introducían cada vez más y más. Instintivamente comencé a moverme haciendo que el placer fuera mucho mayor. Estaba apunto de llegar al climax, cuando Jonny se tiró encima mío sacando los dedos de dentro de mi. No podía creerme que me hubiera dejado así, sin llegar al final. Pero entonces lo comprendí. Cogió de la caja un consolador. Era enorme. ¿Cómo me iba a entrar eso? Pero vaya si me entró. Gracias a eso llegué al climax gritando y retorciéndome todo lo que pude. Cuando acabé miré a Jonny y vi su sonrisa. Ambos estábamos eufóricos por lo que nos unimos a sus padres e hicimos exactamente lo mismo que hacían en la película porno.

Aquella tarde había besado por primera vez a un chico, me había masturbado, había masturbado un chico y había perdido la virginidad con ese chico. Una tarde completita. No me gustaba nada de nada Jonny, osea, no quería salir con él ni nada pero no quería parar de hacer lo que fuese eso. Me divertía mucho y me relajaba. Siempre me había visto como una rarita pero esa familia había hecho que estuviera a gusto conmigo misma y descubriese que era lo que de verdad me gustaba.

Represa

Llevábamos años viviendo en este pueblo, sin embargo yo no era de allí. Había nacido en la ciudad pero a los pocos meses mi familia se mudó al pueblo para estar más cerca de mi abuelo. Él estaba bastante mayor por lo que a los pocos años se murió. Ya habían pasado 16 años y yo no lo recordaba. Solamente si veía fotos y si me contaban alguna historia, pero lo más probable es que le recordase debido a que lo que realmente me sonaba era la propia historia. Al no tener estos recuerdos propios siempre me apropiada de las historias en mi mente para así recordarle.

Aunque ahora ya no había nada que nos atase en este pueblo, ya nos habíamos hecho a él. Allí teníamos una vida tranquila y a la vez ajetreada. Los niños se pasaban el día entero jugando en la calle, solamente haciendo las pausas para comer y para hacer los deberes.

Yo en cambio ya había pasado la fase de juegos y ahora estaba en la de salir a hablar con mis amigas. Había tenido un par de novios pero ninguno digno de mención. Siempre íbamos toda la pandilla al monte. Allí podíamos caminar lo que quisiéramos y estar solos cuando lo necesitábamos. De hecho, allí había sido mi primera vez con uno de mis ex novios.

Desde ese monte se podían ver todas las casas. El pueblo estaba encajado en un valle entre dos montes y al final de él se podía ver la presa. Estaba pegada a él. De hecho todo el personal que trabajaba en la presa era del pueblo. La presa estaba bastante apartada del resto de la civilización y se tardaba 2 horas a causa de las montañas en llegar al pueblo más próximo. Esto había hecho que al crearse la presa los propios trabajadores construyesen casas y se mudasen a ellas formando el pueblo tal y como estaba ahora. En mi caso había sido mi abuelo el que había ido a vivir allí al surgirle la oportunidad de trabajar como vigilante de seguridad en la propia presa.

Nos pasábamos horas en el monte hablando e incluso tomando el sol. Sin embargo, un día todo cambió. Como siempre sobre las 3 de la tarde quedamos en la esquina de Pepita. Siempre quedábamos allí para ir todos juntos al monte ya que al ser tan extenso sería difícil que te encontraras luego con el resto si no hacías uso de los móviles. Ese día allí estábamos todos, los 5: Joel, Harry, Nisa, Estela y yo.

Subimos en un momento al monte comentando lo más remarcable del día que sin duda había sido la clase de educación física de Ginna. Todos íbamos a la misma clase ya que teníamos la misma edad y además no había alumnos suficientes para formar dos grupos. Ese día Ginna estaba explicándonos como saltar el potro. Nunca nadie lo había hecho ya que las clases de educación física consistían en correr y practicar deportes en grupo. Joel un día había sugerido a Ginna que nos enseñase a saltarlo para así poder decir que sabíamos saltar el potro. Ella no solía hacer caso de las sugerencias ni de las quejas pero esta vez había accedido. Por eso mismo ese día nos estuvo enseñando como saltarlo. Primero nos explicó la parte teórica donde nos decía que músculos se fortalecían y como tendríamos que hacer para impulsarnos. Luego hizo un salto de prueba y lo realizó sin problema. No obstante, quiso volver a repetirlo otra vez antes de dejarnos saltar al resto cuando esta vez justo antes de saltar le fallaron las piernas y se tropezó haciendo que se cayese en plancha encima de la colchoneta. No se había hecho daño pero obviamente había sido objeto de risas durante el resto del día.

Al llegar arriba estuvimos un par de horas más comentando cosas nuestras, las típicas de adolescentes. Nisa y Harry no habían aguantado mucho y ya se habían ido solos a dar una vuelta. No hacía falta decirlo porque todos ya sabíamos a lo que iban, al fin y al cabo eran novios y sabíamos que la madre de Harry no dejaba que metiese ninguna chica en su casa.

Joel, Estela y yo nos tumbamos a tomar el sol con música de fondo. Nos relajaba muchísimo. No era verano todavía pero hacía el suficiente calor allí arriba entre los árboles como para que no corriese nada de viento. Estuvimos bastante tiempo. No se cuanto la verdad ya que al menos yo me había quedado dormida. Sin embargo esta tranquilidad se rompió cuando Estela me despertó a toda prisa. Al abrir los ojos me cegué con el sol pero poco a poco fui viendo lo que pasaba. Joel tiraba de mi levantándome y arrastrándome. No entendía nada, hasta que por fin pude ver lo que pasaba. En la presa había una grieta muy grande. Cada vez iba a más. Podíamos ver como estaban intentado vaciar la presa para que se saliese lo menos posible pero no era suficiente. Se iba a romper y el agua iba a cubrir todo. Nosotros estábamos en el monte bastante altos pero también había mucha agua así que igual nos llegaba. Lo primero que pensé fue que mi familia estaba allí pero no serviría de nada que bajase a por ellos. Solamente me pondría más en peligro. No se oía nada pero seguramente estaba sonando la alarma de emergencia. En el colegio nos enseñaban desde bien pequeños que si sonaba la alarma todos tendríamos que salir del pueblo lo antes posible e irnos al monte.

Al poco la grieta se hizo más grande hasta que se convirtió en un hueco. Ahora la presa era en una cascada, la fuerza del agua a su vez hacía que el agujero se ampliase y que el agua saliese disparada. El agua estaba inundando todo el pueblo. Ya no se veían ni las casas , estaba todo cubierto. Aún así todavía quedaba agua por lo que nos entró más miedo si es que era posible. ¿Y si llegaba el agua hasta nosotros y nos arrastraba?. Teníamos que salir de allí. Decidimos seguir subiendo por la montaña para asegurarnos que no nos pillaba el agua.

El agua ya nos estaba pisando los talones, por lo que cada vez estábamos más nerviosos. No obstante, unos minutos después dejó de subir el nivel. Por fin se había vaciado la presa. Miramos para atrás y no quedaba rastro del pueblo. Era como si la presa se hubiera movido de sitio y ahora estuviese encima del pueblo. Intentamos llamar por teléfono a Nisa y Harry pero no había cobertura, al fin y al cabo estábamos entre montañas.

Nos quedamos lo más cerca posible del agua pero sin tocarla ya que podía pasar que algún cable tocase el agua y nos electrocutase. Tampoco queríamos adentrarnos mucho más en la montaña ya que necesitábamos que nos encontrasen. Y así lo hicieron. Unos minutos después pasó un helicóptero. Al cabo de unas horas ya estábamos sanos y salvos en el hospital más cercano. Allí pudimos ver a Harry y a Nisa. Ellos también había podido salvarse al estar en el monte. De hecho no éramos los únicos. En total hubo 21 supervivientes del pueblo inundado. Sin duda fue una tragedia. El pueblo inundado, apodado por la prensa como la Atlántida, había salido en todos lo medios de comunicación y se había hecho muy famoso. Todo el mundo conocía la historia y la razón por lo que habíamos perdimos nuestras casas, amigos y familia pero para nosotros no sería fácil se superar. De hecho aunque fuera una tragedia famosa, esta es la primera vez que hablo de ello.

La maldita guerra

Estábamos en guerra o eso era lo que nos habían dicho desde pequeños. Hacía un par de años que mis dos hermanos mayores ya habían cumplido la edad legal para ir al frente y nada más cumplir los años no dudaron en alistarse. Esto no nos sorprendió a nadie. Siempre tenían la palabra guerra en la boca y desde que eran unos niños dijeron que algún día iban a alistarse para ayudar a su pueblo en la lucha tan injusta que se estaba librando.

Yo en cambio no había querido saber nada de la guerra y aunque el año pasado ya podía haber ido a luchar con ellos desde mi punto de vista era un riesgo innecesario. Además yo siempre había sido más bien un chico estudioso. No se me daban muy bien los deportes porque no era muy ágil, así que para la guerra quizá no era la persona adecuada. Aunque mis hermanos y yo nos llevábamos bien no teníamos muchos temas para hablar que no fuera la guerra, por eso siempre había pasado más tiempo con mis hermanas. Debido a mi nula coordinación y fuerza había decidido quedarme en casa con mi madre y mis hermanas viviendo como podíamos y esperando que mis hermanos regresasen de la guerra sanos y salvos. Habían pasado meses e incluso años pero no habíamos recibido noticias de mis hermanos. Queríamos saber de ellos pero que no se recibiera la noticia de sus muertes nos dejaba dormir un poco por las noches. Tanto mi padre como varios de nuestros vecinos habían caído en combate así que habíamos aprendido a vivir con miedo y con una angustia constante.

Normalmente solía pasar todas las tardes ayudando en la granja, dando de comer a los animales o arreglando alguna chapuza de casa. Sin embargo, ese día habían avisado de que a media tarde iba a haber una reunión importante y se requería máxima asistencia. Mi familia y yo no dudamos ni un momento en ir ya que quizá nos darían por fin noticias de mis hermanos o incluso igual nos podían dar la noticia que todo el mundo ansiábamos: El fin de la guerra.

Nos reunimos todo el pueblo en la iglesia a la espera de las nuevas noticias. Estábamos todos con los nervios a flor de piel pero fue aún peor cuando nos dijeron la noticia tan importante. Habían llamado al frente a todos los hombres con edad legal para luchar.

Esa noticia me cayó como un jarro de agua fría. Tenía que ir al frente. Tenía que luchar. Tenía que ir a la maldita guerra que desde hacía unos años intentaba evitar.

Empaqueté todas mis cosas o al menos las que yo creía que me iban a ser útiles allí y me despedí de mi familia. Ese día mis hermanas y mi madre lloraron desconsoladas. Cuando mis hermanos se despidieron para tomar rumbo al frente no hubo tanto problema. Además de que ellos querían ir, ellos estaban hechos para la guerra. Nadie dijo nada pero yo sabía que ellas pensaban que yo en cuanto pisara suelo bélico sería hombre muerto.

No éramos muchos los hombres del pueblo que no habíamos ido a la guerra, seríamos unos 15. Nos llevaron a todos hacia la zona de conflicto. Nada más llegar nos trasladaron de nuevo a un barracón para dejar nuestras cosas y nos dieron las armas. Nos dijeron que cogiésemos solo lo necesario, lo que entrase dentro de una mochila. Y eso hicimos cogimos poca cosa y las armas y nos fuimos a la zona de conflicto. Nada más llegar escuchamos un fuerte estruendo. Miramos a todos lados y vimos que los que iban justo detrás en otro vehículo habían desaparecido y solo quedaba una bola de fuego y humo. Nos gritaron que nos bajáramos de los vehículos y que disparásemos a todos los que viésemos que fueran el enemigo. Y allí nos dejaron. No tuvimos tiempo de pensar, por tener no tuvimos ni tiempo de asustarnos. Corrimos cada uno a una dirección mientras las balas volaban encima y alrededor nuestro. Empezaron a morir algunos de los compañeros con los que había viajado. Yo no quería estar ahí, no quería morir. Así que me escondí detrás de unos arbustos y me quedé agachado tapándome la cabeza con lo que podía, con el arma, con la mochila, incluso con mis propios brazos. Cayeron un par de bombas al lado, ya había tenido mucha suerte así que no podía quedarme más tiempo escondido. O al menos allí no. Cogí mis cosas y corrí todo lo que pude hacia el bosque. Cuando estábamos llegando a la zona de guerra vi que había un bosque no muy lejos. Quizá lo podría utilizar para esconderme. Ese bosque lo tendrían que atravesar si o si nuestros enemigos para seguir avanzando pero quizá bien escondido no podrían descubrirme.

Corrí como pude hasta el bosque pero justo cuando estaba llegando una bala me alcanzó el brazo haciendo que cayese al suelo justo en la entrada, donde ya había árboles cubriendo la zona. Estuve un buen rato tirado en el suelo haciéndome el muerto. Nunca me habían disparado y por lo tanto nunca había sufrido ese dolor tan intenso. No aguantaba más, quería que pasase ya todo, era una pesadilla. Pero estaba claro que esto no se solucionaba solamente con despertar, sino que tenía que hacer algo. Así que me levanté como pude y sin soltar mi brazo herido me sumergí en la arboleda. Di un par de vueltas por él hasta que ya me había adentrado lo suficiente y me escondí en una cueva.

Justo cuando me acababa de sentar en la cueva oí un ruido detrás de mi cabeza y al girarme vi que alguno de mis compañeros también habían decidido escapar de aquella matanza sin sentido. Después de unos minutos ya nos habíamos presentado los 6. Ellos ya llevaban varias horas escondidos por lo que no habían podido ver mucho más de la batalla. Yo les comenté todo lo que había visto y les dije que ya estaban muy cerca del bosque. Que estaban viniendo en esta dirección, nos tendríamos que esconder mejor que en estas cuevas.

Algunos estaban de acuerdo, otros no, pero como no se llegaba a un acuerdo decidí decir una de mis ideas locas. ¿Y si les poníamos trampas en el propio bosque? Quizá de esta forma podíamos debilitarles aunque no pudiéramos luchar.

Me hicieron un torniquete y cogimos nuestras armas y mochilas. Nos dividimos para hacer trampas por parejas. Mi compañero y yo nos dirigimos a la entrada del bosque. Después de mucho pensar decidimos crear una zanja en el suelo con pinchos y taparla con hojas para cuando entrasen en el bosque en medio de la carrera para salvar su vida, cayesen en ella y muriesen o al menos se hiriesen. Otra pareja creó trampas con troncos y la otra con piedras. Al cabo de una hora ya teníamos todo listo. Así que ahora solo nos quedaba escondernos y esperar. Caminamos un poco más y vimos que en medio del bosque había un tronco gigante donde podíamos entrar y escondernos sin problema. Nos metimos todos dentro y esperaríamos hasta que esa maldita guerra acabase. ¿Habrían funcionado nuestras trampas? ¿Ya habrían pasado nuestros enemigos? Quizá sí, quien sabe, quizá al día siguiente saliese la noticia del fin de guerra y mis hermanos podrían volver a casa. Mi herida del brazo no me dejó aguantar lo suficiente como para verlo con mis propios ojos, quizá los de ellos todavía siguiesen abiertos para saber el final.

El Internado

La habitación de Silvia no era muy grande, pero tenía todo lo imprescindible, o al menos lo que necesita una adolescente de 16 años. Compartía habitación con Gemma, otra adolescente de su misma edad. Cuando llegó al internado se le hizo un poco raro compartir un sitio tan pequeño con una persona y siempre intentaba rellenar los silencios incómodos. Sin embargo, con el paso del tiempo ya no le molestaban y solo se hablaba cuando era necesario o cuando se quería decir algo importante. Este curso sería el último ya que no permitían estar a chicas de más de 16 años en el internado. Allí solamente pasaban 6 meses al año, desde octubre hasta abril. Durante ese tiempo esquiaban por las mañanas y por las tardes las aprovechaban para las clases. Esta experiencia era sin duda buena para que un adolescente supiera vivir lejos sin ser tan dependiente de su familia, pero era muy dura. Se trabajaba mucho ya que si no se aprobaban todos los exámenes te echaban del internado y tu plaza pasaba al siguiente en la lista. Por ello Silvia se pasaba la mayoría de las noches estudiando en la biblioteca. En su habitación no podía ya que estaba Gemma y si intentaba dormir la despertaría. No obstante, esa noche Gemma decidió irse a la biblioteca para estudiar en grupo con unas amigas por lo que Silvia pudo quedarse en su propia habitación para darle un último repaso a las matemáticas.

Sacó su termo con el café con el fin de mantenerse despierta. De hecho, se tomaba el café como medicina ya que no le gustaba nada y además le ponía muy nerviosa, aunque a las tantas de la mañana se agradecía para estar alerta y así conseguir memorizar más los conceptos o coger con más ganas los ejercicios.

Las primeras 3 horas pasaron rápidamente, pero a las 2 de la mañana ya se le estaban cayendo los párpados, haciendo incluso que a veces soñase despierta. Una de estas veces en las que el sueño venció a su cabeza se durmió encima de los libros. Al cabo de un rato un fuerte golpe la despertó. No había sido en su habitación por lo que debía de haber sido en alguna de sus habitaciones vecinas. Silvia no le dio la más mínima importancia ya que la gran mayoría de sus compañeras estarían estudiando en sus habitaciones lo que hacía que los golpes fuesen lo más normal del mundo. Para que estos golpes no la distrajesen decidió ponerse música con los cascos.

Siguió estudiando y ya estaba dándole el último repaso para dejarlo cuanto antes, cuando otra vez el sueño pudo con ella. Estaba vez se había dormido más tiempo, mucho más. La despertó una alarma, no se oía mucho debido a la música, pero su sonido constante y repetitivo debió de metérsele en la cabeza lo que le hizo despertarse. Poco a poco fue ubicándose, no sabía de donde provenía. Parecía que era del pasillo así que abrió la puerta. Al abrirla vio como los aspersores del techo estaban echando agua. También una luz roja, la cual hasta ese momento no había cobrado importancia, estaba parpadeando.

No sabía que hacer así que fue corriendo a la habitación de al lado y llamó a la puerta. No había nadie. Al igual que en su habitación, no llovía el agua de los aspersores. Lo intentó con otras 4 más, pero nada. No quedaba rastro de nadie. ¿Habrían ido a la biblioteca?, pensó Silva. Era el sitio de reencuentro y donde se juntaban para las comunicaciones del centro. Fue hasta allí, pero nada. Pensó en que igual había algún incendio ya que el agua no paraba de salir como se podía ver por lo calada que estaba. Recordó que el punto de encuentro en caso de incendio estaba en el jardín, ahora cubierto de nieve, así que salió para allí. Sin embargo, no pudo llegar ya que se quedó a oscuras. Alguien o algo había hecho que se apagasen todas las luces del internado. Tanto las de dentro como las de fuera. No se veía nada.

Con las prisas se le había olvidado el móvil así que no tenía con qué comunicarse. Por ello decidió que la mejor opción sería intentar ir otra vez a su habitación y cogerlo. No podía quedarse allí más tiempo. Hacía tanto frío que iba a pillar una pulmonía. Al fin y al cabo, estaba todo nevado y el agua de los aspersores tampoco ayuda.

Por suerte Silvia llevaba muchos años yendo al internado por lo que era capaz de caminar por él a oscuras. Iba tocando las paredes con la mano y bastante despacio ya que, aunque sabía dónde estaban las esquinas y los armarios, podían haber puesto algún objeto con el que no contase. Además, el suelo estaba completamente empapado, aunque ahora ya no caía más agua de los aspersores. Al llegar a su habitación intentó buscar el móvil, pero no se acordaba exactamente dónde estaba. Seguramente encima del escritorio, pero había demasiadas cosas. Decidió que lo mejor que podía hacer era ir poniendo los objetos que no fueran el móvil en el suelo para ir despejando un poco la mesa. Gracias a esto pudo comprobar que su móvil no estaba en el escritorio, pero ahora se preguntaba dónde estaba. Se le ocurrió mirar encima de la cama, pero por más que palpaba las sábanas no daba con ello. Por supuesto que no ayudaba que no estuviera echa. Silvia cada vez estaba más cansada, ya que no había dormido casi nada, y más nerviosa. Esto hizo que en un arrebato de estrés decidiese coger las sábanas y sacudirlas. De esta manera podría sentir si el móvil caía al suelo o no. Así lo hizo, y al poco algo había caído al suelo. Rápidamente lo cogió, teniendo en cuenta que estaba a oscuras y pudo encender la linterna del móvil.

Ahora ya podía ver algo. Por lo menos ya no estaría a oscuras. Lo primero que hizo fue llamar a su tutora del internado. No le cogió. También llamó a su compañera de cuarto, pero tampoco. No sabía que hacer así que decidió llamar a sus padres. Al menos podría escuchar una voz conocida.

– ¿Hola?

– Hola mamá. – dijo llorando de la emoción. Necesitaba escucharla.

– ¿Qué pasa cielo? ¿Estás bien? – hasta ese momento Silvia no había caído que no era una hora muy normal para llamar, lo que había hecho que se alarmase.

– Sí sí, estoy bien, pero es que tengo un problema. Estaba estudiando en mi cuarto y me quedé dormida, pero ahora al despertarme estoy sola. No hay nadie en el edificio. He intentado llamar a la tutora y a mi compañera de cuarto, pero no me cogen.

– Madre mía cariño. No sé, sigue intentado llamar o sino llama a la policía. Ellos sabrán que hacer. No puedes quedarte ahí sola.

– Vale, voy a colgar y a llamar a la policía ¿vale? Cuando sepa algo te vuelvo a llamar. No te preocupes más.

Con las mismas Silvia llamó a la policía. Se iba a acercar una patrulla para ver qué había pasado y hacerse cargo de ella. En sus sistemas pudieron comprobar que habían saltado las alarmas de incendios, pero al poco se habían apagado lo que asumieron que había sido un error. Al fin y al cabo, era un internado donde había niños que hacían fechorías. No era ni la primera ni la última vez que alguien la armaba.

Silvia salió del internado, esta vez ayudada por la linterna del móvil y se sentó en uno de los bancos de la entrada. Pocos minutos después llegó la patrulla. Cuando la vio se pudo relajar al fin. La taparon para que no cogiera frío y se subió en el vehículo. No era un coche normal, sino que estaba preparado para este tipo de ambientes, donde la nieve se instauraba casi todo el año. Mientras tanto los policías darían una vuelta para ver qué había pasado. Iban con linternas para poder ver algo.

Poco tiempo después un policía llamó para pedir refuerzos y ambulancias. Silvia no entendía nada, los policías lo hablaban todo con códigos. Cuando llegaron el resto de patrullas las luces de los vehículos hicieron que por fin viese con claridad. Había cuerpos, muchos cuerpos. Estaban todos tirados en la nieve en el punto de encuentro al que Silvia no había podido llegar.

No había sido un accidente ni nada parecido, sino que una antigua alumna a la que habían echado por sus notas, había decidido matarlos a todos. Para ello activó la alarma de incendios para que fueran al punto de encuentro y allí acabó con la vida de todos a balazos. Silvia había perdido su mundo y esa escena estaría en su mente para siempre, pero al menos estaba viva.

Curso de informática

Hoy era mi primer día en el curso de informática y estaba un poco nervioso. Era algo nuevo para mí por lo que no había podido dormir mucho el día anterior. Me levanté temprano y me vestí sin prisa, luego cogí el autobús hasta que cuatro paradas más adelante me bajé de él porque ya había llegado a mi destino. Ya había ido la semana anterior para ver donde era y así llegar hoy sin problemas.

Entré por la puerta y una chica me guió hasta mi nueva clase. Al llegar escuché bastante jaleo seguramente serían mis nuevos compañeros que ya estaban conociéndose unos a los otros antes de empezar las clases. Yo quería caer bien porque no tenía muchos amigos, algún conocido sí y de vez en cuando quedábamos, pero no tenía amigos como para poder contar con ellos para cualquier cosa.

– ¡Hola! Soy Manuel. ¿Y tú? – Me lo dijo tan alto y justo detrás mío que me dio un susto tremendo.

– Hola, ¡qué susto me has dado! Eeeh… yo soy Carlos.

– Tú también estás en el curso de informática ¿no?

– Sí sí, yo también.

– Y una pregunta, no quiero sonar grosero, pero… ¿tú puedes estar con un ordenador, aunque seas ciego?

– Jajajaja, sí, tranquilo. Hay opciones en el ordenador que me lee en voz alta todo para que sepa donde tengo que ir para cada opción. Por eso no te preocupes.

Y así comenzó mi andadura por el mundo digital. El primer día del curso fue bastante bien, el profesor era agradable y explicaba muy bien. Además, había aprendido muchas cosas que no conocía. Al acabar las clases otro chico más aparte de Manuel me dio su número de teléfono. Me invitaron a tomar unas cervezas por la tarde con ellos dos. Yo iba a ir al gimnasio, pero prefería quedar con ellos, me habían parecido simpáticos y quería conocerlos más. Quién sabe igual nos podíamos hacer amigos.

Pasaron los días y el curso fue mejorando mucho. Cada vez me gustaban más los ordenadores y la informática en general. Además, me había hecho amigo de Manuel y Jonás por lo que quedábamos casi todas las tardes para tomar algo, estudiar o simplemente para dar una vuelta los 3 juntos.

Todo iba bien hasta que un día decidimos salir de fiesta. Era viernes y ya habíamos acabado los exámenes del curso. El sábado íbamos a salir todos los compañeros, pero habíamos decidido salir solos nosotros 3, queríamos celebrarlo a nuestra manera. La verdad que ninguno de los 3 éramos de salir de discoteca, nos gustaba quedar para tomar algo, pero tranquilos o para jugar a algún juego. No obstante, la hermana de Manuel tocaba en un grupo y nos había invitado así que iríamos al pub a verla tocar.

Un par de horas después, el concierto estaba dando a su fin. Habían hechos muchas covers y habían tocado algunas canciones propias. No lo hacían nada mal. Por eso nada más acabar esa última canción nos acercamos los 3 a hablar y a felicitar a su hermana. Ella se puso tan contenta de que nos hubiera gustado que nos invitó a tomar unos chupitos. Yo no era mucho de beber y ellos tampoco por lo que me habían dicho por lo que unos cuantos chupitos y cubatas después estábamos bastante borrachos. Ya se estaba haciendo tarde y ya me había quedado traspuesto en uno de los sofás del pub.

– Chicos, yo me voy ya que estoy agotado. Voy a llamar a un taxi y me voy para casa. – No obtuve respuesta.

– ¿Chicos? – Nada, ni una contestación.

Les llamé un par de veces más pero allí nadie contestaba. Probé a llamarles por teléfono, pero tampoco me cogían. Me daba señal, pero nada. ¿Se habrían marchado sin avisar para casa? Me extrañaba, ellos no solían dejarme solo, de hecho a veces se preocupaban más de la cuenta. ¿Les habría pasado algo? Pregunté a la camarera y ella no se acordaba de ellos, así que nada. Intenté buscar a su hermana, pero ella seguramente ya se habría ido para casa o estaría con sus amigos.

No tenía forma de encontrarlos así que lo mejor era que les enviara un mensaje y me fuese para casa como había pensado. Al día siguiente ya hablaría con ellos. Y eso hice, me fui a mi casa en taxi y me quedé dormido. Al día siguiente me desperté tarde y con dolor de cabeza, seguramente de la resaca. Cogí mi móvil y vi que un par de horas más tarde de mi marcha de la discoteca me habían contestado que como yo estaba dormido en el sofá ellos aprovecharon para salir a dar una vuelta. Me dijeron que tenían novedades y que ya me contarían.

Podía probar a llamarles ahora, pero viendo a la hora que me contestaron estarían durmiendo todavía así que me esperaría. Comí lo primero que pillé en la nevera y me volví a la cama. Estaba durmiendo plácidamente en mi cama cuando llamaron al timbre de casa. Me levanté como pude y abrí la puerta. Eran ellos. Ya habían estado varias veces en mi casa, pero lo raro era que viniesen sin avisar. ¿Será por las noticias que querían contarme?

– Hola Carlos – dijo Jonás con tono alegre.

– ¿Hola? ¿Qué hacéis aquí? ¿Pasa algo?

– No no, no te preocupes es que queríamos explicarte lo que pasó ayer, para que no pensaras que te dejamos solo sin más.

– Ok, pasad dentro.

Fuimos los 3 a mi salón, allí se disculparon más de mil veces por haberme dejado solo. No esperaba que despertara tan pronto y se les fue el tiempo. Les pregunté qué habían estado haciendo tan importante como para que se les pasara tan rápido dos horas de su vida y cuál fue mi sorpresa cuando me dijeron que se habían liado. Por lo visto llevaban tiempo gustándose, pero no querían estropear su amistad. Ayer con la ayuda del alcohol dieron un paso más y se lanzaron a los brazos del otro. Mi cara debió de ser un poema, no me lo esperaba para nada. Pero mientras ellos siguieran siendo mis amigos y no me dejaran de lado a mí no me importaba.